Ensayo

Memoria del futuro Sobre la melancolía de izquierda

Después de la Segunda Guerra Mundial, el imaginario soviético seguía poblado de fábricas y naves espaciales cuya velocidad supersónica había reemplazado la temporalidad febril y repentina del asalto revolucionario. El avance hacia el socialismo se medía en toneladas de acero, decenas de miles de tractores, aviones y misiles fabricados por la industria soviética, en vez de por los millones de votos ganados por la socialdemocracia en elecciones, pero el telos de la historia seguía inalterado. Al igual que la vanguardia, «la cultura estalinista seguía orientada hacia el futuro», tratando de modelar la vida cotidiana y magnificar los logros materiales del socialismo. Fue recién en los años 70, en la época del estancamiento brezhneviano, cuando el crecimiento económico se detuvo y el futuro se volvió incierto. Fue entonces cuando apareció en la Unión Soviética un arte «post-utópico», del que Horizonte, cuadro de Erik Bulatov, resulta emblemático. Allí se observa a un grupo de ciudadanos soviéticos paseando por una playa y avanzando hacia el mar, pero el horizonte frente a ellos es invisible, cortado por una franja que recuerda la Orden de Lenin, la principal distinción honorífica de la urss. Esta estética desmitificadora, sin embargo, era más percibida como una crítica al socialismo real que como un rechazo al proyecto socialista (figura 9).

Incluso en América Latina, donde la utopía socialista se entremezclaba con las temporalidades cíclicas de las comunidades indígenas, las representaciones socialistas de la historia no podían sustraerse a la mitología de un camino ascendente hacia el futuro. Así, las pinturas murales de Diego Rivera que decoran las escaleras del patio interno del Palacio Nacional de México (figura 10) muestran, en una suntuosa perspectiva diacrónica, el camino de las clases trabajadoras entre un pasado de opresión y un futuro emancipado. El recuerdo de las luchas anticoloniales y la revolución campesina convergen naturalmente allí hacia la organización del movimiento obrero moderno, multinacional y multirracial, dominado por la figura tutelar de Marx.

La teleología marxista no estaba necesariamente formulada en términos de causalidad determinista; podía también adquirir la forma de utopía, lo que Ernst Bloch llamaba una filosofía de la «anticipación» (Vorschein). Bloch consideraba el marxismo como una «conciencia anticipatoria» que daba forma al sueño emancipador presente desde la Antigüedad en las sociedades humanas. Por eso dedicó a Marx el último capítulo de su Principio esperanza, en el cual se analizan las «imágenes-deseos del instante satisfecho». En vez de una «utopía fría» que describe el socialismo como inscripto en las leyes de la historia, el marxismo era, a los ojos de Bloch, un proyecto social arraigado en un optimismo antropológico heredado de la Ilustración: el largo proceso por el cual la humanidad aprende a «caminar parada». En términos similares, Herbert Marcuse explicaba el vínculo dialéctico entre la memoria y la utopía socialista basándose en la noción de inconsciente. La función de la memoria, según puede leerse en Eros y civilización (1955), consiste en «preservar las promesas y las potencialidades que fueron traicionadas e incluso prohibidas por el individuo maduro y civilizado». Los deseos a la vez insatisfechos y no olvidados pueden proyectarse en el futuro como utopías de la felicidad universal. En este camino, Marcel Proust se une a Marx: «La recherche du temps perdu [búsqueda del tiempo perdido] llega a ser el vehículo de una futura liberación».

Esta memoria orientada hacia el futuro debe forjarse contra la memoria alienada de la sociedad de clases: la civilización represiva está hecha de disciplina y sumisión; siembra la duda en lugar de cosechar el placer. Se trata de una «memoria ligada a la mala conciencia, al sentimiento de culpa y de pecado», en la cual las imágenes de libertad «se vuelven tabúes». La contramemoria marxista debía pues orientarse hacia la felicidad reprimida de los seres humanos y hacer de la utopía una promesa de libertad. Esta utopía salvada e inscripta en la memoria tenía una dimensión romántica: unía el futuro liberado a un pasado ancestral. A semejanza de la conservación de las estructuras y las tendencias de la psicología infantil en el adulto, «la imaginación preserva el ‘recuerdo’ de un pasado subhistórico» ofreciendo a la lucha por la emancipación «la imagen de la unidad inmediata entre lo particular y lo universal bajo el signo del principio del placer». Siguiendo los pasos de Bloch, Marcuse proponía un marxismo dialéctico despojado de toda forma de determinismo histórico para el cual el camino al socialismo no iba, según la definición canónica, de la utopía a la ciencia, sino más bien «de la ciencia a la utopía». La ciencia no anunciaba el advenimiento del socialismo, pero este último podía basarse en sus resultados con el fin de satisfacer un sueño ancestral de felicidad. Incluso reinterpretado como utopía –o como una alternativa posible a la barbarie–, el socialismo seguía siendo el telos histórico, es decir, el objetivo fijado por la acción y alimentado por un conjunto de deseos que la memoria había cultivado. Si hubiera que resumir en una fórmula la concepción marxista de la memoria, podríamos adoptar la definición sugerida por Vincent Geoghegan: «Recordar el futuro».

Todos estos textos e imágenes muestran que la teleología marxista hacía de la memoria un elemento clave de su imaginación utópica. No podía pues confundirse con el futurismo de izquierda, es decir, un movimiento vanguardista fascinado por la velocidad, la tecnología y la modernidad que pretendía conquistar el futuro «aboliendo» la historia, según la prescripción de los futuristas italianos. A lo largo de los primeros años del poder soviético, Trotski criticaba el nihilismo mnemónico reivindicado por los futuristas rusos y señalaba la parte de la anamnesis incorporada en la acción revolucionaria. En Literatura y revolución (1924), precisa:

En el rechazo futurista del pasado, extremado, no se esconde un punto de vista revolucionario proletario, sino el nihilismo de la bohemia. Nosotros, marxistas, vivimos con las tradiciones y no por ello dejamos de ser revolucionarios. Hemos estudiado y guardado vivas las tradiciones de la Comuna de París desde antes de nuestra primera revolución. Luego se les han añadido las tradiciones de 1905, con las cuales nos hemos nutrido para preparar la segunda revolución. Remontándonos más lejos, hemos vinculado la Comuna a los días de junio de 1848 y a la gran Revolución Francesa.