Tema central

Los populismos refundadores Promesas democratizadoras, prácticas autoritarias

Los populistas utilizan discursos maniqueos y polarizadores del pueblo en contra de la oligarquía. Chávez no se enfrentó a rivales sino a la oligarquía definida como los enemigos del pueblo, «esas elites egoístas que trabajan en contra de la patria»25. Descalificó a los políticos tradicionales como imbéciles, escuálidos y «pitiyanquis». Llamó a los dueños de los medios «los cuatro jinetes del Apocalipsis»26. Correa, por su parte, creó una larga lista de enemigos de su gobierno, del pueblo y de la patria. La lista incluye a los políticos tradicionales, a los dueños de los medios de comunicación, a los líderes de los movimientos sociales críticos, a la izquierda «infantil» y a casi todos aquellos que cuestionaron sus políticas públicas. Morales definió como enemigos de la nación y del pueblo soberano a eeuu, a la Administración para el Control de Drogas (dea) y a las multinacionales. A escala nacional, los enemigos del pueblo, de lo indígena y de lo andino son la oligarquía, los blancos y la cultura occidental27.

Ahora bien, los populistas construyeron enemigos políticos pero jamás los eliminaron físicamente utilizando el terror masivo y las desapariciones para crear un pueblo homogéneo. El momento fundacional del populismo fue y es ganar elecciones, que son consideradas como el único canal para expresar la voluntad popular28. Los populistas clásicos lucharon contra el fraude electoral y expandieron el número de electores. Los populistas refundadores utilizaron las elecciones para crear nuevos bloques hegemónicos y desplazar a los partidos políticos. Gobernaron a través de campañas y de elecciones permanentes, por lo que constantemente recorrieron sus países renovando sus liderazgos carismáticos y confrontando a sus enemigos. Las elecciones fueron representadas como momentos fundacionales en los que estaban en juego los destinos de sus naciones.

El pueblo, como lo señaló Laclau, es una construcción discursiva. Esta categoría puede construirse como una población diversa y plural o como el «pueblo como uno». Por lo tanto, el pueblo puede enfrentarse a rivales políticos o a enemigos que deben eliminarse. Los liberales y los socialdemócratas construyen al pueblo como una pluralidad que comparte espacios institucionales con sus rivales políticos. Los populistas, en cambio, construyen al pueblo como una entidad sagrada cuya voluntad puede ser encarnada en un redentor. Chávez manifestó: «Esto no es sobre Hugo Chávez, es sobre todo un pueblo»29. Ya que su misión fue redimir a su pueblo, pudo decir en 2010: «Exijo lealtad absoluta a mi liderazgo. No soy un individuo, soy un pueblo». Y Chávez, además de ser el pueblo es la patria: «El chavismo ya no es Chávez, el chavismo es el patriotismo, ser chavista es ser patriota, los que quieren patria están con Chávez, no tienen otro camino»30. Correa, de manera parecida pero sin la grandilocuencia de Chávez, manifestó, luego de ganar las elecciones de 2009: «El Ecuador votó por sí mismo».

La categoría «pueblo» no tiene que ser imaginada necesariamente como unitaria. Evo Morales construyó una noción de pueblo plural y multiétnico31. La Constitución de 2009 declaró a Bolivia como un Estado plurinacional y comunitario. Pero a veces Morales pretende ser la voz única del pueblo. Cuando los indígenas de la Amazonía protestaron en contra de su política extractivista, se los acusó de ser manipulados por ong extranjeras y de no ser auténticamente indígenas. El gobierno de Morales intentó imponer una visión hegemónica de indianidad como lealtad a su gobierno. Sin embargo, debido a que se enfrenta a movimientos sociales fuertes con capacidad de protagonizar acciones colectivas perdurables en el tiempo, no ha podido imponer visiones del «pueblo como uno».

Los populistas refundadores no se vieron como líderes políticos ordinarios, elegidos por uno o dos periodos y que luego se retirarían de la política. Fueron construidos y se vieron a sí mismos como quienes liderarían la refundación de sus repúblicas y como los herederos de las misiones inconclusas de los padres de la patria. Solo la enfermedad le impidió a Chávez ser presidente cuantas veces se le antojara. Correa modificó la Constitución aprobada por la Asamblea Constituyente dominada por su partido para permitir su reelección permanente, con una cláusula que no le permitía participar a él mismo en 2017. Una vez que su sucesor maneje la severa crisis económica, podrá regresar si le apetece como redentor en 2021. Morales perdió un referéndum que le permitiría presentarse en otra elección en 2019 y prometió convocar a otro o buscar otras vías para postular en 2019.

John Keane señala que «la distinción entre estar en el poder y dejarlo es un indicador fundamental para considerar a un gobierno como democrático»32. En democracia, el rol presidencial está despersonalizado y no está encarnado en nadie. Ocupar el poder temporalmente no es sinónimo de ser dueño del poder. Para los populistas, la Presidencia es una posesión en la que deben permanecer hasta alcanzar la liberación de su pueblo. Pero a su vez, su legitimidad se asienta en ganar elecciones, por lo que nada les asegura que permanecerán en el poder33. Es así como la legitimidad del populismo se asienta en dos principios contradictorios: el principio democrático de elecciones limpias y alternancia en el poder y el precepto autoritario del poder como una posesión personal del liberador del pueblo.

Conclusiones

Los populistas refundadores de izquierda se rebelaron contra la ortodoxia neoliberal y la transformación de la economía política en un asunto técnico que debería estar en manos de expertos. Una vez en el poder, combatieron la pobreza, incrementaron el gasto social, redistribuyeron los excedentes de las rentas petroleras y movilizaron a los sectores populares a los cuales exaltaron como la esencia de la nación. ¿Qué salió mal en estas experiencias y por qué el populismo llevó al autoritarismo en Venezuela y Ecuador y, en menor grado, en Bolivia? Parte de la respuesta es estructural y se vincula a las políticas de extracción de recursos naturales. Los Estados rentistas usan los recursos fiscales generados por las rentas de la extracción de hidrocarburos y minerales discrecionalmente para asegurar clientelas políticas. La necesidad de incrementar las rentas para mantener su base de apoyo para ganar elecciones los llevó a enfrentamientos con organizaciones indígenas y ecologistas, lo que marcó los límites de sus políticas de inclusión y reconocimiento. Los populistas prometieron destruir todas las instituciones del poder constituido de las democracias en sus naciones y reemplazarlas con una nueva institucionalidad. Usaron discrecionalmente las leyes y el legalismo discriminatorio para castigar a los críticos, premiar a los incondicionales, ocupar todas las instituciones del Estado y tratar de someter y regular a la sociedad civil y la esfera pública. La lógica schmittiana del populismo manufacturó y luchó en contra de una larga serie de enemigos tales como los partidos políticos, los medios, las ong y los movimientos sociales independientes. Su lenguaje de amor al pueblo y de odio a los enemigos del pueblo creó identidades políticas fuertes y efectivas para la lucha contra los enemigos; sin embargo, estas identidades no reconocieron el derecho del otro a discrepar. Los populistas trataron de ocupar el espacio vacío de la democracia hasta liberar a su pueblo. Pero a diferencia de los fascismos, no ocuparon todos los espacios de la sociedad civil ni abolieron las elecciones. Crearon regímenes híbridos asentados en la lógica democrática electoral y regularon, pero no silenciaron totalmente, a la oposición, que utilizó los espacios institucionales existentes para resistir que se implemente la fantasía populista del «pueblo como uno».

Los resultados autocráticos de las experiencias refundadoras no deberían llevarnos a ver el liberalismo como la única opción frente al autoritarismo populista. Si bien Laclau estaba en lo correcto al señalar que el liberalismo ha sido usado para defender los privilegios, no hay que olvidar que también es indispensable para resistir al despotismo34. El constitucionalismo, la separación de poderes, las libertades de expresión y de asamblea son necesarias para la política de la democracia participativa. Estas instituciones liberales fortalecen la esfera pública y permiten que los movimientos sociales expresen y articulen sus demandas autónomas. La experiencia histórica demuestra que los proyectos de transformación basados en la fantasía del «pueblo como uno» terminan en el autoritarismo. El mito del redentor populista cautivó y terminó devorando a la izquierda. Creo que ya es hora de abandonar la idea de un pueblo homogéneo encarnado en un líder y de imaginar las rupturas populistas como la única respuesta a la administración neoliberal y como la única arma para frenar a los populismos de derecha. Como señala Andreas Kalyvas, en lugar de invocar a un pueblo mítico que surge de las profundidades históricas de la patria, «hay que partir de una pluralidad de movimientos sociales y de asociaciones políticas como la base para reconstruir la soberanía popular»35.

  • 25.

    25. José Pedro Zúquete: «The Missionary Politics of Hugo Chavez» en Latin American Politics and Society vol. 50 No 1, 2008.

  • 26.

    26. Margarita López Maya y Alexandra Panzarelli: «Populism, Rentierism, and Socialism in the Twenty-First Century» en C. de la Torre y Cynthia Arnson (eds.): Latin American Populism in the Twenty-First Century, Johns Hopkins University Press / Woodrow Wilson Center Press, Baltimore-Washington, 2013, p. 248.

  • 27.

    27. N. Postero: «Morales’s mas Government: Building Indigenous Popular Hegemony in Bolivia» en Latin American Perspectives vol. 37 No 3, 2010, p. 29.

  • 28.

    28. Enrique Peruzzotti: «Populism in Democratic Times: Populism, Representative Democracy, and the Debate on Democratic Deepening» en C. de la Torre y C. Arnson: ob. cit.

  • 29.

    29. J.P. Zúquete: ob. cit., p. 100.

  • 30.

    30. Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas: «El populismo chavista: autoritarismo electoral para amigos y enemigos» en Cuadernos del Cendes No 82, 2013, p. 20.

  • 31.

    31. Raúl Madrid: «Ethnopopulism in Bolivia» en World Politics vol. 60 No 3, 2008.

  • 32.

    32. J. Keane: «Life after Political Death: The Fate of Leaders after Leaving High Office» en J. Keane, Haig Patapan y Paul ’t Hart (eds.): Dispersed Democratic Leadership, Oxford University Press, Oxford, 2009, p. 285.

  • 33.

    33. Isidoro Cheresky: El nuevo rostro de la democracia, fce, Buenos Aires, 2015.

  • 34.

    34. Richard Wolin: «The Disoriented Left: A Critique of Left Schmittianism» en R. Wolin: The Frankfurt School Revisited, Routledge, Nueva York-Londres, 2006, p. 251.

  • 35.

    35. A. Kalyvas: Democracy and the Politics of the Extraordinary. Max Weber, Carl Schmitt, and Hannah Arendt, Cambridge University Press, Cambridge, 2008, p. 299.