Tema central

Límites y desafíos del peronismo en la oposición Un Terminator de metal líquido

Es importante recordar, en este sentido, que Argentina es un país federal en el que los gobernadores conservan todos los resortes de poder, salvo aquellos que delegan expresamente en el gobierno federal. Es decir que gestionan la salud, la educación y la seguridad dentro de sus territorios, manejan a dos tercios de los empleados públicos y cuentan con atribuciones para tomar deuda y fijar impuestos. Sin embargo, son frágiles desde el punto de vista de sus recursos: el proceso de centralización fiscal de las últimas décadas ha hecho que dependan cada vez más del Estado nacional para su supervivencia. En efecto, las provincias ejecutan 60% del gasto pero recaudan apenas 30%, lo que genera una brecha por donde se cuela la hegemonía federal sobre los gobernadores. Y ese instrumento de control hoy está en manos del macrismo.Este cuadro se agrava por dos motivos. Por un lado, una parte de los recursos que se ejecutan en las provincias, sobre todo en materia de obras públicas, es distribuida de manera más o menos discrecional por el gobierno nacional. Pero incluso aquellos fondos de asignación automática a través de la coparticipación (los fondos establecidos por ley que el gobierno nacional debe transferir mensualmente a las provincias) resultan escasos: la situación crónicamente deficitaria de la mayoría de las provincias hace que requieran «adelantos de coparticipación» para pagar los salarios, lo que las pone nuevamente bajo el ala discrecional del gobierno nacional.

En términos generales, las provincias funcionan como subsistemas políticos en los que el gobernador actúa como una especie de «minipresidente», con escasos contrapesos internos y dependiendo solo del voto de los ciudadanos de su distrito y sus negociaciones con el gobierno nacional. Pese a sus esfuerzos, en sus diez años de gobierno el kirchnerismo no logró penetrar las fortalezas amuralladas de los gobernadores, con los que, a lo sumo, articuló acuerdos tácticos. Los pocos con los que había logrado establecer una sintonía ideológica más fina terminaron su mandato. El reflejo político de esta combinación de gobernadores poderosos pero fiscalmente dependientes es el voto de los diputados y senadores nacionales, que en general responden a favor de las iniciativas del gobierno de Macri, que logró así, por este mecanismo de triangulación, un éxito legislativo tras otro.

Por supuesto, nada garantiza que esta situación vaya a durar para siempre. Aunque ahora la principal preocupación de los gobernadores no es tanto resistir las políticas del gobierno federal como garantizar la gobernabilidad en sus territorios –que es donde reside su verdadero poder y el lugar al que pueden replegarse en momentos de debilidad–, tampoco pueden acompañar a un gobierno impopular ni, llegado el momento, autoexcluirse de la construcción de una alternativa nacional, en la que por otra parte muchos de ellos tienen ambiciones.

Los tres sectores que conforman la oposición peronista –el kirchnerismo, el Frente Renovador y el resto del peronismo liderado por los gobernadores– no deberían ser vistos como líneas internas ideológicamente diferenciables ni como espacios claramente separados. Su frontera experimenta un intenso tránsito en un sentido y en el otro: dirigentes, legisladores y grupos internos que van y vienen, se reúnen y calculan. A ellos se suman otros dos sectores de poder de importante gravitación dentro del peronismo: los movimientos sociales, en particular aquellos que nuclean a los desocupados, los trabajadores de la economía popular y los cooperativistas, de fuerte presencia en las periferias de las grandes ciudades. Y sobre todo el sindicalismo, que acaba de concluir un trabajoso proceso de reunificación y que, dado el giro neoliberal y desindustrializante de la política económica del macrismo, viene ganando protagonismo.

Elecciones

Desde su llegada al poder, Macri, primer presidente de derecha democráticamente elegido de la historia argentina, viene aplicando una serie de políticas macroeconómicas de ajuste (altas tasas de interés, apertura comercial, recorte acotado del gasto público, endeudamiento externo) que transformaron en recesión el cuadro de estancamiento heredado del kirchnerismo, lo que derivó en un veloz retroceso social con aumento del desempleo, que se sitúa en 9,3%, y de la pobreza, que llega a 32,2%10. Pero, al mismo tiempo, el macrismo prolongó casi sin tocar las amplias políticas de protección social creadas por el kirchnerismo, se muestra muy flexible para conversar y negociar con los representantes del peronismo –tanto con los gobernadores y legisladores como con los sindicalistas y los movimientos sociales– y conserva milagrosos –dada la situación socioeconómica– índices de aprobación en las encuestas. Frente a un gobierno que constituye toda una novedad en la política argentina, el peronismo se ha dividido. Creado hace medio siglo a partir de las políticas de inclusión social, industrialización y reivindicación soberana de Perón, el peronismo asumió siempre un carácter inorgánico y movimientista. Para algunos más una identidad política que un partido en el sentido clásico, supo sobrevivir al primer golpe de Estado que desplazó a Perón del poder en 1955, seguido por 18 años de proscripción y persecuciones, el retorno de su líder en 1973 y una guerra civil intrapartidaria que desembocó en la dictadura de 1976; a la derrota en las primeras elecciones de la recuperación de la democracia en 1983; a su reconversión al neoliberalismo con los dos gobiernos de Carlos Menem en los 90, a la crisis de 2001 y luego al kirchnerismo.

En esta historia de seis décadas, el peronismo demostró una capacidad mimética que le permitió acomodarse a los tiempos. Y, en este sentido, la posibilidad de desdoblarse y volver a articularse es una de sus grandes ventajas. El peronismo es como el t-1000, el Terminator de metal líquido de la segunda película de la saga, capaz de asumir diferentes formas, dividirse en manchas viscosas y volver a unirse para seguir caminando. Cuenta para ello con el auxilio imprescindible de la democracia. Desde 1983, el peronismo –muchas veces calificado de autoritario– resolvió sus conflictos internos mediante elecciones: la renovación liderada por Antonio Cafiero se impuso, presentándose por fuera del partido, a la ortodoxia de Herminio Iglesias; luego Menem le ganó a Cafiero la interna de 1988, Kirchner se impuso a Menem (por abandono) en las presidenciales de 2003, y finalmente Cristina Fernández derrotó al duhaldismo en las legislativas de 2005.

Por eso serán las elecciones de 2017 las que terminen de definir el futuro del peronismo, en particular el resultado de la provincia de Buenos Aires, donde la lista liderada por Massa competirá con el kirchnerismo, que sueña con la candidatura de Cristina. El resultado comenzará a inclinar la balanza de poder del partido de cara a las presidenciales de 2019, cuando el peronismo enfrente al macrismo. Hoy el sector mayoritario, integrado por gobernadores, intendentes y legisladores, se encuentra a la espera de la definición del liderazgo: cuando lo encuentre, sabremos hacia dónde se dirige el peronismo y si logra acomodarse a un nuevo tiempo histórico.

  • 10.

    Datos oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec).