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Límites y desafíos del peronismo en la oposición Un Terminator de metal líquido

En la oposición

El peronismo quedó profundamente debilitado tras los resultados de las elecciones de 2015. Aunque la conducción del gobierno y el diseño de la estrategia electoral habían estado en manos del kirchnerismo como facción interna del peronismo, la crisis se extendió por todo el partido. Como señalamos, por primera vez en 30 años el peronismo había perdido simultáneamente el control del gobierno nacional, el de la provincia de Buenos Aires y el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, es decir los tres estados más importantes del país, con todo lo que ello implica en términos de presupuesto, recursos organizacionales, aparato, etc. Pero además fue derrotado en provincias que venía gobernando desde hacía dos décadas –como Jujuy–, perdió media docena de municipios del Conurbano bonaerense, que equivalen en población a verdaderas provincias, y cayó en todos, absolutamente todos los centros urbanos importantes. Las divisiones posteriores a la derrota le arrebataron la mayoría en la Cámara de Diputados, aunque logró mantener su bloque unido y ejercer su peso en el Senado.

No es de extrañar que, en este contexto, el peronismo se divida. En Argentina, como en buena parte de las democracias presidencialistas, el gran organizador del campo político es el gobierno, en torno del cual se estructura y posiciona el resto de los actores. Por eso, el primer motivo de división del peronismo es la relación con el gobierno de Macri. Casi desde el momento en que se conoció la derrota se hicieron visibles dos posiciones. De un lado, el peronismo disidente del Frente Renovador, que había derrotado al kirchnerismo en las elecciones parlamentarias de 2013 y había obtenido un más que decente tercer lugar en las presidenciales de 2015. Liderado por Sergio Massa, un joven ex-intendente (alcalde) y ex-alto funcionario kirchnerista, este sector partidario cuenta con el apoyo de un grupo de intendentes de la provincia de Buenos Aires, del gobernador de Córdoba –la segunda provincia en importancia– y de varias figuras de alta visibilidad mediática, muchas de las cuales ocuparon cargos importantes en algún momento del largo ciclo kirchnerista. Su proclamada intención, en línea con su propuesta de campaña, es construir una tercera vía (una «ancha avenida del medio») entre kirchnerismo y macrismo. Esto ha hecho que los bloques legislativos del Frente Renovador apoyaran la mayoría de los proyectos de ley enviados por el gobierno, incluyendo los más controvertidos, como el blanqueo de capitales, y al mismo tiempo impulsaran, junto con el bloque peronista, iniciativas propias, como la ley que elevaba el monto de las indemnizaciones por despido, luego vetada por el presidente Macri.

¿Qué es el Frente Renovador? Resulta difícil encontrar una definición político-ideológica para esta línea disidente del peronismo porque sus planteos están motivados básicamente por las necesidades tácticas y las intuiciones de su líder. En los discursos, el Frente Renovador se presenta como una opción frente al «populismo» del gobierno anterior y al «neoliberalismo» del actual. Sin embargo, se trata más bien de una articulación precaria y fluctuante –las deserciones e incorporaciones son frecuentes– en torno del liderazgo de Massa. El hecho de que las encuestas coincidan en que Massa tiene buenas chances de imponerse en las elecciones legislativas del año que viene en la provincia de Buenos Aires contribuye a mantener unido lo que de otro modo seguramente se hubiera dispersado hace rato.

Frente a la línea de cooperación negociada del peronismo disidente liderado por Massa, el kirchnerismo se presenta como una oposición dura. No rompió formalmente con el peronismo y se mantiene dentro de los bloques legislativos. Sus representantes en el Congreso –unos 30 diputados y 15 senadores– votaron en contra de casi todas las iniciativas del oficialismo, incluso de aquellas que fueron acompañadas por el resto de los representantes del peronismo. El discurso que sostiene esta posición es, por supuesto, la crítica al neoliberalismo macrista en contraste con la política económica anterior. Y su condición de posibilidad, lo que explica que el sector kirchnerista del peronismo pueda ejercer cómodamente este rol, es la distribución institucional del poder: tras su salida del gobierno, el kirchnerismo cuenta con pocos espacios en los ejecutivos locales. Salvo su bastión en la provincia de Santa Cruz y un puñado de intendencias, no controla gobernaciones o municipios y, por lo tanto, no está obligado a negociar con el gobierno nacional recursos, obras y presupuestos. Goza, en este sentido, de una autonomía importante que le permite actuar con las «manos libres» en relación con el gobierno.

Pero esta aparente ventaja puede resultar peligrosa: desprovisto de responsabilidades de gestión, el kirchnerismo corre el riesgo de caer en la tentación de negarse a sí mismo la posibilidad de explorar escenarios de coalición con el resto de los sectores del peronismo, a los que, por primera vez en una década, ya no conduce. El problema se agrava por el hecho de que –salvo Cristina Kirchner– sus dirigentes tienen un escaso potencial electoral. En este marco, el kirchnerismo puede equivocar su lectura de los humores sociales y encerrarse en un discurso autocelebratorio y orientado exclusivamente a defender las conquistas del pasado, sin ofrecer nada nuevo a la sociedad de cara al futuro: una especie de corriente político-cultural de clase media, con mucho predicamento mediático, mucha militancia –sobre todo juvenil en los centros urbanos–, pero escasa inserción territorial y limitadas chances electorales. La misma Cristina Kirchner parece haber reparado en ello al plantear, un poco nebulosamente, la conformación de un «frente ciudadano», propuesta que parecía aludir a una cierta apertura pero que hasta el momento no fue transformada en algo concreto por los diversos grupos que integran el kirchnerismo, quizás porque no saben cómo hacerlo. Entre un polo y otro, entre la estrategia de cooperación negociada del massismo y la posición opositora del kirchnerismo, se ubica la mayoría del peronismo. Se trata de un conjunto heterogéneo, ideológicamente englobable bajo la categoría de «conservadurismo popular», de gobernadores (16 sobre 24), intendentes, legisladores nacionales y provinciales, etc. Es, por lejos, la principal fuerza política del país, la de mayor despliegue territorial y legislativo, que hoy carece de un liderazgo aceptado por todos y en la que gravitan especialmente los jefes provinciales.