Tema central

Límites y desafíos del peronismo en la oposición Un Terminator de metal líquido

La relación del kirchnerismo con los diferentes segmentos de las clases medias fue menos lineal. Mantuvo una relación tormentosa con la clase media alta o tradicional4, que durante una década valoró la estabilidad macroeconómica y el acceso al consumo y el turismo, al tiempo que cuestionó los «desvíos republicanos», la corrupción y medidas como las restricciones a la compra de dólares (para la clase media argentina, entrenada en 1.000 crisis, el dólar barato es el gran refugio de valor, casi un producto de primera necesidad). Los dos polos que durante una década expresaron los sentimientos más fuertes respecto del gobierno, la minoría intensa prokirchnerista y la minoría intensa ultracrítica, se ubican en este sector social: sus arquetipos son, de un lado, el peronista que odia a la clase media (aunque, o porque, pertenece a ella), una especie de «gorila al revés»5; y, del otro lado, el «cacerolero»6 indignado.

El otro segmento de la clase media políticamente significativo es la nueva clase media o la clase media emergente7. Con sus medidas en materia de empleo, reindustrialización y aumento de la sindicalización, los gobiernos kirchneristas contribuyeron a expandir este grupo social integrado por trabajadores formales de las ramas de la «industria moderna» (automotriz, siderurgia, metalurgia), pequeños empresarios y comerciantes, trabajadores autónomos, etc. La paradoja es que este sector social, cuyo crecimiento se verifica en otros países de América Latina y en particular en Brasil, se convirtió, a partir del segundo mandato de Cristina Fernández, en uno de los focos del malestar político con el gobierno, sobre todo en relación con dos cuestiones: el denominado «impuesto a las ganancias», que impacta sobre el 10% de los salarios más altos; y la inseguridad urbana, que afecta particularmente a este grupo social por su ubicación geográfica (en el Conurbano bonaerense), la dificultad para acceder a servicios de seguridad privada y el tipo de ocupación que realiza, que a menudo implica pasar muchas horas en la calle. Se trata del «moyanismo social», en referencia al líder sindical Hugo Moyano, representante gremial –aunque no político– de estos sectores que el kirchnerismo había reconstruido desde las cenizas de la crisis de 2001, y que a su vez remitía a los arquetipos del trabajador formal y el pequeño burgués del peronismo original. Pero que, sin embargo, se fue convirtiendo en uno de los ejes del malestar opositor con un gobierno que, de manera inexplicable, hizo poco por contenerlo. Como analizamos más adelante, una parte importante de la nueva clase media apoyó al peronismo disidente y, al hacerlo, selló la suerte del kirchnerismo en las elecciones de 2015.

El último motivo es estrictamente político. El dispositivo partidario que había funcionado como sostén institucional del kirchnerismo se había ido desagregando de manera progresiva al menos desde 2011, dejando en el camino, por así decirlo, jirones de hegemonía. El retroceso fue en esencia resultado de una lectura errada de la contundente victoria de Cristina Fernández en las elecciones presidenciales de ese año, basada en la idea de la autosuficiencia del kirchnerismo como sujeto político. Como si el 54% obtenido significara un dato permanente y no un hecho circunstancial, olvidando que en democracia las mayorías son siempre contingentes, menos un cheque en blanco que un objeto de construcción permanente, el gobierno dejó de lado la estrategia de articulación con nuevos sectores que tanto resultado le había dado luego de la derrota en el conflicto del campo y se encerró en una especie de «populismo de minorías» que condujo al alejamiento, más por vía del hartazgo o la apatía que del rechazo enfurecido, de importantes sectores sociales, sobre todo de la nueva clase media, que antes lo habían acompañado: en una reescritura invertida de Jorge Luis Borges sobre el peronismo, el kirchnerismo decidió que la clase media no era «ni buena ni mala sino incorregible» y optó por abandonarla a su suerte. Se intentó compensar la creciente debilidad del gobierno, que se hizo evidente en la derrota en las elecciones parlamentarias de 2013, con una sobrecarga ideológica que terminó resultando contraproducente. Desde sus lejanos comienzos en mayo de 2003, el kirchnerismo había cultivado una ambivalencia muy productiva entre su voluntad de transformar la economía y la política y su intención de garantizar el orden social. Como los otros dos grandes líderes partidarios peronistas, Perón y Menem, Kirchner fue, además de un transformador, el constructor de un orden. Kirchner fue un reformista, pero un reformista tenso; menos exuberante que Hugo Chávez, pero igualmente intranquilo. Esta oscilación permanente entre la administración y el cambio, entre la gestión y la gesta, se fue desequilibrando con el paso de los años y la muerte del ex-presidente en 2010. El poder, que siempre había estado compartido en el matrimonio, en el liderazgo de Cristina se volvió más ideológico, concentrado y menos pragmático que el de Néstor Kirchner. El resultado fue un discurso que terminó agotando a la sociedad.

Este desacople realidad-discurso, presente también en otros gobiernos de América Latina8, derivó en el malestar de al menos una parte de la base social que supo acompañar al gobierno y se exacerbó con la amplia difusión de denuncias de corrupción contra funcionarios del kirchnerismo. Aunque la corrupción en sí misma no define elecciones9, funciona como un factor de irritación, como un plus de dramatismo que exacerba un momento histórico determinado. Siempre está, pues ningún gobierno está a salvo de ella, pero tiene que darse un cierto clima emocional para que la sociedad se disponga a escuchar las denuncias. Hacia fines de 2015 el clima estaba creado.

Por último, la derrota del peronismo se explica por el diseño electoral, encabezado por el gobernador Daniel Scioli quien, a pesar de haber demostrado su lealtad en varias oportunidades, no era considerado, por su pasado menemista, su estilo personal y su deslucida gestión provincial, como una expresión «pura» del kirchnerismo. En los últimos años, el gobierno kirchnerista venía sufriendo la ausencia de dirigentes con potencialidad electoral y a la vez expresivos de su vibración ideológica, resultado de un modo de construcción política concentrado en sus dos grandes figuras, Néstor y Cristina Kirchner. Cuando llegó el momento de las elecciones, la presidenta optó por Scioli, que representaba al kirchnerismo solo en parte, pero lo rodeó de candidatos poco conocidos e incluso de alta imagen negativa, entre ellos nada menos que Aníbal Fernández, jefe del Gabinete de Ministros, como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires. La oferta electoral incluía entonces la apertura a un candidato presidencial ajeno al «núcleo duro» kirchnerista, pero conocido y popular, acompañado de kirchneristas leales en la vicepresidencia y buena parte de las listas legislativas, lo que fue leído más como una contradicción derivada de la debilidad y la urgencia que como un signo de astucia táctica.

  • 4.

    Según datos de Héctor Palomino y Pablo Dalle, la clase alta (empresarios grandes y medianos, directivos de nivel alto) representa 0,8% de la población, en tanto que la clase media superior (profesionales autónomos, empresarios pequeños, directivos de nivel medio y profesionales asalariados) equivale a 10,3%. H. Palomino y P. Dalle: «El impacto de los cambios ocupacionales en la estructura social argentina: 2003-2011» en Revista del Trabajo año 8 No 10, 7-10/2012.

  • 5.

    «Gorila» es el término despectivo con que históricamente se ha designado a los antiperonistas.

  • 6.

    En referencia a los «cacerolazos» contra los gobiernos kirchneristas.

  • 7.

    Siguiendo a Palomino y Dalle, la «clase media inferior» está compuesta por microempresarios (hasta cinco empleados), cuentapropistas con equipo propio, técnicos, docentes, trabajadores de la salud y empleados administrativos. A ellos se suman los segmentos más altos de los trabajadores calificados. Equivale a 36,1% de la población. H. Palomino y P. Dalle: ob. cit.

  • 8.

    Pablo Stefanoni: «¿Alba o crepúsculo? Geografías y tensiones del socialismo del siglo xxi» en Andrés Malamud, Marcelo Leiras y P. Stefanoni: ¿Por qué retrocede la izquierda?, Capital Intelectual / Le Monde diplomatique, Buenos Aires, 2016.

  • 9.

    Sebastián Pereyra: Política y transparencia. La corrupción como problema público, Siglo xxi, Buenos Aires, 2013.