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Límites y desafíos del peronismo en la oposición Un Terminator de metal líquido

En sus siete décadas de historia, el peronismo demostró una capacidad mimética que le permitió acomodarse a los tiempos. Y, en este sentido, la posibilidad de desdoblarse y volver a articularse es una de sus grandes ventajas. El peronismo mostró que puede asumir diferentes formas, dividirse en manchas viscosas y volver a unirse para seguir caminando. Hoy, tras la derrota de 2015 y no sin desconcierto, oscila entre la oposición dura (el kirchnerismo) y la cooperación crítica (gobernadores e intendentes), mientras busca un nuevo liderazgo que reoriente al movimiento y le permita adecuarse al nuevo tiempo histórico.

Límites y desafíos del peronismo en la oposición / Un Terminator de metal líquido

La victoria del candidato centroderechista Mauricio Macri en las elecciones presidenciales de octubre de 2015 obligó al peronismo a encarar un proceso de introspección inédito desde la recuperación de la democracia. Tras 12 años de gobierno kirchnerista, la derrota –la tercera desde la normalización institucional de 1983– fue tan contundente que se produjo tanto a escala nacional como en los dos distritos más importantes del país: la capital argentina y, sobre todo, la provincia de Buenos Aires. Esto llevó a un estado de desconcierto solo comparable al que había generado la inesperada caída en el inicio del ciclo democrático (la otra derrota peronista en comicios presidenciales, la de 1999, produjo un shock menor porque el peronismo conservó el gobierno de la mayoría de las provincias y porque sus dos liderazgos, el de Carlos Menem y el de Eduardo Duhalde, se mantuvieron en pie, pese a todo).

Construido alrededor de la figura de Juan Domingo Perón a mediados de la década de 1940, el peronismo nació como un «partido de poder» que logró sobrevivir a siete décadas de historia y sigue siendo la identidad política más potente de Argentina. Ahora, ubicado por decisión popular en la oposición, un lugar que le resulta siempre incómodo, se divide entre un sector que ensaya una oposición tibia (o, según cómo se mire, una cooperación crítica) con el nuevo gobierno; otra fracción, liderada por el kirchnerismo, que apuesta a la crítica frontal; y un tercer grupo que oscila, titubea y duda. En las líneas siguientes ensayaremos un análisis de la situación actual del peronismo y sus desafíos hacia el futuro. Pero antes es necesario entender cómo llegó hasta ahí.

Derrota

¿Por qué perdió el peronismo? El primer motivo es económico. El deslumbrante crecimiento registrado desde la llegada de Néstor Kirchner al poder en mayo de 2003 y la mejora sostenida de los indicadores sociales comenzaron a acompasarse a partir de 2008, cuando la economía argentina sufrió el impacto del primer shock de la crisis financiera global y el gobierno experimentó su primera gran derrota política, en el conflicto que lo enfrentó con los productores agropecuarios en torno de la apropiación de la renta de los cultivos de soja. Los factores que explicaban el despegue en la primera etapa –la capacidad de combinar mejoras de bienestar de los sectores más vulnerables y las clases medias con una alta rentabilidad de las empresas y del sector financiero, gracias a los altos precios de los commodities y el aprovechamiento de la capacidad ociosa– ya no empujaban como en el pasado, a medida que el viento de cola comenzaba a girar a proa y los stocks (de energía, reservas internacionales, bienes de capital) se iban agotando. La inflación, que a partir de 2008 se mantuvo por arriba de 25% anual, fue el emergente de estas tensiones.

Como tantas veces en la historia argentina, luego de un cierto periodo de crecimiento, el superávit comercial se convierte en déficit: la creciente demanda de importaciones por parte de la industria, el desequilibrio de la balanza energética e incluso el rojo de la balanza turística (nunca antes los argentinos habían viajado tanto al exterior) reintrodujeron la temida «restricción externa», lo que el economista Aldo Ferrer definió como el «pecado original» de la economía nacional1: el hecho de que, llegado a cierto punto, los superávits del sector agroexportador no alcanzan para cubrir las necesidades del resto de las ramas de la economía.

La respuesta del gobierno kirchnerista a este escenario de tensiones fue una política de «administración de la escasez» mediante una serie de iniciativas de regulación económica (control de importaciones, virtual desdoblamiento del tipo de cambio) e intervencionismo estatal (estatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, la empresa hidrocarburífera nacional), con el objetivo de sostener los indicadores sociales alcanzados hasta el momento y evitar un estallido antes de las elecciones de octubre de 2015. En palabras del ex-secretario de Política Económica Matías Kulfas, se pasó de «profundizar el modelo» a «aguantar el modelo»2. Aunque modesta, la estrategia dio resultado: a diferencia de lo que había ocurrido muchas veces en la historia argentina, cuando los ciclos económicos largos concluían con estallidos sociales, crisis financieras y conflicto político, el kirchnerismo logró evitar la crisis total de la economía, pero al costo de dejar como herencia un panorama poco prometedor, una especie de normalidad decepcionante.

Los datos son elocuentes: la tasa de crecimiento anual del pib, que había alcanzado a 8,8% durante el mandato de Néstor Kirchner (2003-2007) y a 6,2% en el primero de Cristina Fernández (2007-2011), fue de apenas 1,1% en el segundo mandato de la ex-presidenta (2011-2015). El resto de las variables se alinearon en el mismo sentido: el crecimiento de la producción industrial pasó, en los mismos periodos, de 10,4% a 8,6%, y de ahí a 0,8%; el de la construcción, de 15,6% a 5,7%, y de ahí a 2,1%; el empleo privado formal, dato clave del mercado laboral, había crecido un impresionante 10,6% durante el primer periodo de gobierno del kirchnerismo, 1,9% en el segundo y solo 0,4% en el tercero; las exportaciones, que habían aumentado 21,2% en el primer mandato, crecieron 5,2% en el segundo y cayeron un 4,2% en el tercero. La inflación pasó de 11,4% a 22%, y de ahí a 28,2%. En términos generales, si desde 2003 la economía argentina había crecido más que el promedio regional, a partir de 2012 su crecimiento se situó por debajo3.Junto con este declive de los indicadores económicos, la segunda razón que ayuda a entender la derrota electoral del peronismo es la crisis, lenta pero decidida, de la coalición social que hasta el momento había sostenido al gobierno. Policlasista como todo populismo, el kirchnerismo supo desplegar una estrategia específica para los diferentes grupos que conformaban su base electoral. Así, estableció con los sectores más pobres una clásica relación peronista, que incluyó casi pleno empleo y aumentos de salarios por encima de la inflación, inclusión vía la Asignación Universal por Hijo (auh) y jubilaciones, acceso a bienes de consumo durables y la probada eficacia del aparato clientelar, junto con la más fantasmagórica «inclusión simbólica» expresada en el manejo dosificado de la iconografía peronista.

  • 1.

    A. Ferrer: «El pecado original de la economía argentina» en Le Monde diplomatique Edición Cono Sur No 177, 3/2014.

  • 2.

    M. Kulfas: Los tres kirchnerismos, Siglo xxi, Buenos Aires, 2016.

  • 3.

    Datos tomados de ibíd., pp. 48-49.