Tema central

La trampa del «Nada que ocultar» Democracia, capitalismo y privacidad

Al igual que muchos textos sobre esta temática, el análisis y la propuesta de Solove dejan en claro que su objetivo es solamente problematizar de manera general «los peligros de la vigilancia estatal» y reducir el papel político de las empresas de contenidos digitales a que solo cumplan los contratos acordados con sus usuarios. Frente a esto, la mirada ciberpunk permite mantener abierta la pregunta sobre los vínculos de empresas de una misma bandera y su gobierno. Mientras tanto, el lema cypherpunk –«transparencia para los poderosos, privacidad para los débiles»– deja en claro que ciertas empresas transnacionales manejan un capital mayor que el pib de muchos países. Aunque esta tarea parezca difícil, contra Solove, se trata de identificar a los actores responsables de la infraestructura y los contenidos detrás de internet.

Prácticas conscientes en torno de una nueva agenda política

Desde un principio, el «Nada que ocultar» plantea el problema como una trampa. Al intentar desactivarlo en sus propios términos, el conjunto de los contraargumentos busca generar cierto temor por potenciales inconvenientes personales para mostrar la importancia de reactualizar la privacidad como un valor social.

Por el contrario, otra vía de análisis aún poco explorada requiere una interpretación de la coyuntura política, que en definitiva únicamente puede consistir en un diagnóstico sobre los actores responsables de brindar servicios digitales. «¿Quién construyó Tebas?» es una pregunta que interroga a los estudios históricos, pero no extiende su poder hacia el presente, como si el panorama actual resultase transparente. Como ya señalamos, hoy en día identificar actores e intereses presenta gran dificultad, en tanto usamos plataformas y consumimos productos que, por la complejidad de sus cadenas de producción y estrategias de marketing, se nos aparecen neutros. En este contexto, identificar actores e intereses se vuelve una acción en sí política. La difusión de análisis de este tipo podría romper varios niveles de ingenuidad, o al menos corrernos de las actitudes iniciales de desestimar el carácter político de las herramientas informáticas hegemónicas.

De hecho, esta perspectiva contra el «Nada que ocultar» es la que nos ayuda a plantear mejor el problema. No se trata de pensar en algo que tengamos que ocultar, sino más bien en las implicancias de los usos que hacemos de internet y del software y en las empresas utilizadas. El desafío consiste en pensar cómo politizar estos contraargumentos para buscar elementos que interpelen, quizás no a un usuario cualquiera, sino al menos a quienes tengan ciertas convicciones político-sociales. Por ejemplo, es posible esbozar contraargumentos que apelen al consumo responsable –dentro de lo que podrían entrar los llamados a boicot que hace Stallman–. O, con un correcto diagnóstico, ampliar los contraargumentos según sus implicancias antimonopólicas. O sugerir las ventajas de utilizar servicios cooperativistas o autonomistas también en el mundo digital.

Si el big data plantea problemas políticos todavía inescrutables, los grupos activistas abren dos frentes: uno referido a sus regulaciones legales y otro que promueve herramientas como la criptografía. En cualquier caso, difundir y volver masivas estas discusiones no solo contribuye a hacer más conscientes nuestras prácticas digitales. Al mismo tiempo, permite descubrir una nueva agenda política que hasta ahora era en buena medida invisible13. Y también, por ejemplo, da lugar a considerar algunas de las discusiones en curso promovidas por los activistas: sobre el alcance político de las nuevas licencias y el software libre, sobre los modos de habitar/conformar internet, sobre la llamada gobernanza de internet y la soberanía digital.

  • 13.

    Por ejemplo, v. Eben Moglen: «Libertad en la nube, libertad del software, privacidad y seguridad para la web 2.0 y computación en la nube» en En Defensa del Software Libre No 0, 2010.