Tema central

La trampa del «Nada que ocultar» Democracia, capitalismo y privacidad

En busca de la metáfora literaria: estalinismo, neoliberalismo y ciberpunk

Si bien el «Nothing to hide» constituía ya un género de contraargumentos que desordenadamente se expandían en distintas páginas web aun antes de las revelaciones de Snowden en 2013, quien observó su relevancia desde el ámbito académico fue Daniel Solove12. Solove realizó un minucioso trabajo en el que rastreó la presencia del «Nada que ocultar» en la arena pública estadounidense y británica. Contra esto, ha realizado un análisis similar de estos contraargumentos, y su propio proyecto consiste en desarrollar una teoría sobre la privacidad para su protección legal. De esta manera, Solove es uno de los que de manera más decidida marcan la importancia de revalorizar socialmente la noción de privacidad. Para lo cual, de hecho, además de su rol como académico, fundó una empresa de seguridad digital, cuya tarea principal es brindar cursos sobre cómo resguardar información personal y corporativa. Pero su caso como referente del tema se vuelve especialmente claro en la metáfora literaria que escoge pare pensar los problemas alrededor del «Nada que ocultar». Gran parte de los trabajos sobre privacidad no dejan de proponer alguna metáfora literaria para pensar el asunto, en un tema en el que por momentos se torna difícil escribir en formato académico, mientras que la ciencia ficción permitió plantear conspiranoias sin necesidad de mayores justificaciones. La metáfora del Gran Hermano no va más, sostiene Solove: la opresión no es tan explícitamente cruenta. En su lugar, propone tomar como referencia el tipo de dominación presente en El proceso de Franz Kafka. Allí el protagonista se mueve bajo la fuerza de un poder abstracto e ininteligible contra el que se encuentra desorientado. Lo destacable es que la militancia liberal-libertaria que mueve las intervenciones de Solove hace que deje de lado la necesidad de comprender mejor este nuevo tipo de relación entre individuo y sociedad, para lo cual tiene que dejar de lado también la metáfora literaria más actual sobre el tema, brindada por el ciberpunk.

La batalla cultural de la Guerra Fría tuvo su inicio simbólico en las continuas reediciones de la novela filotrotskista 1984 de George Orwell, publicada en 1949. Al menos desde allí, los totalitarismos han dado lugar a pensar la posibilidad de un engaño sistemático e incluso de una realidad paralela. Así por ejemplo, en su paso postorwelliano en El hombre en el castillo (The Man in the High Castle, 1962), Philip K. Dick lleva esto a un grado espectacular: qué tal si para asentar definitivamente la dominación, el Reich ganó la Segunda Guerra Mundial pero el modo más efectivo de ejercer el control consiste en hacer creer a todos los estadounidenses que viven libres y felices en sus hogares... Sin alejarse mucho de estas preguntas, el ciberpunk nació como un subgénero de la ciencia ficción a principios de la década de 1980, con sus propias marcas estéticas y políticas. A través de los mirrorshades de protagonistas en un combate quijotesco contra gigantescas corporaciones rivales de ambivalente existencia, vemos ambientes ecológicamente devastados y socialmente decadentes. La distopía funciona en un orden político determinado por distintos poderes económicos indescifrables, escondidos unos tras otros de manera tal que se vuelven insondables detrás de la mercancía y herramienta de dominio que ellos mismos controlan: la información. Los trabajadores informáticos, aquellos capaces de manipularla y robarla, bajo la ansiedad punk de destruirlo todo, no encuentran vías posibles para ello y viven bajo la paradoja del hacker: el último héroe romántico con la capacidad potencial de implosionar el sistema, pero cuya vida se encuentra disminuida tras su propia herramienta de combate.

La metáfora política del ciberpunk que aquí nos interesa remarcar es la constante e imposible determinación de la respuesta final sobre quiénes son los actores corporativos y políticos en juego. Esta literatura avanza a través de falsas certidumbres y revelaciones para descubrir que el horizonte se movió: había otros elementos por tener en cuenta, una dimensión nueva que cambia todo, un actor social mayor y más poderoso que parece aunar al resto y unificar intereses aparentemente contradictorios. Del ciberpunk al cypherpunk, el libro citado de Assange mantiene ciertos rasgos de este subgénero de la ciencia ficción: el miedo a la distopía, el combate quijotesco, la ambigüedad potencial de las herramientas de emancipación y control de la información.

Donde no se puede reponer quiénes son los dueños de tales compañías, quiénes son sus inversores, cuáles sus intereses y sus relaciones, donde no se puede reponer la cadena de producción de un bien de consumo y las tercerizaciones de compañías que involucra, no se puede mejorar nuestro conocimiento sobre el mundo. De manera que frente a un neoliberalismo múltiple dentro del cual se vuelve imposible determinar actores y flujos de capitales, se dibuja la figura de un Leviatán acelerado que deviene único Gran Hermano respecto a la inexistencia de otros leviatanes. Entonces: ¿es posible que se trate solo de empresas en libre competencia por la información? ¿Se trata de punks en lucha contra el Gran Hermano? ¿O de un único Gran-Gran-Hermano-Leviatán acelerado? ¿No hay intereses geopolíticos atrás de la financiación de estas empresas?

El estallido mediático de las revelaciones de Snowden no trajo mayores consecuencias. Dentro de Estados Unidos, la disputa se abrió a partir de un debate acerca de si Snowden debía ser considerado un héroe o un traidor. Celosos de las libertades individuales frente al Estado, los llamados liberal-libertarios (una suerte de anarquistas de derecha) fueron los que más levantaron su voz. En el exterior, una de las razones por las que la Universidad de Rostock (Alemania) reconoció académicamente a Snowden fue porque «nos ayudó a pensar nuevamente la democracia», en el marco del gran conjunto de cambios que involucran las reformulaciones del liberalismo como neoliberalismo y las relaciones entre sociedad, Estado, individuos, empresas y corporaciones, y en el momento mismo en que los marcos legales de internet están comenzando a discutirse.

  • 12.

    Sus últimos trabajos al respecto son: «I’ve Got Nothing to Hide and Other Misunderstandings of Privacy» en San Diego Law Review No 44, 2007; Nothing To Hide: The False Tradeoff Between Privacy and Security, Yale University Press, New Haven, 2011.