Tema central

La prostitución: debates políticos y éticos

Otros trabajos conceptualizan la prostitución como un tema de desigualdad. La prostitución es la forma de organización social más imparitaria que existe. Esta disimetría es generalmente justificada por la representación del carácter imperioso de la sexualidad masculina. «El deseo masculino es así camuflado en necesidad y la necesidad se traduce en derecho. ¿Es que la sexualidad es un ‘derecho del hombre? ¿Alguien ha visto a algún hombre morir por no poder eyacular?», se pregunta la filósofa francesa Françoise Collin50.

Reflexiones finales

Las verdaderas conclusiones son las que cada cual sacará por su cuenta. Por tanto, preferimos hablar de reflexiones finales, en las que incluiremos palabras ajenas y también afirmaciones que inevitablemente serán personales.

Muchos son los dilemas jurídicos que plantea el actual debate, que son a la vez dilemas éticos y políticos. En una primera aproximación, pareciera que lo jurídico predomina y que todo se resolvería con cambios en la legislación. Sería pecar de ingenuidad reducir una problemática tan compleja como la prostitución al ámbito jurídico y, más aún, reducirla a las alternativas legalización/despenalización o abolición (con sus variantes). Este último es un concepto ambiguo. Tiene una marca de origen, ya que la palabra «abolicionismo» proviene de la abolición de la esclavitud. Y si bien hoy se ha vuelto a hablar de la prostitución como esclavitud, cabe preguntarse si este uso no es anacrónico, ya que cuando las abolicionistas inglesas del siglo xix –que introdujeron el concepto– hablaban de abolicionismo, se referían a la abolición de las regulaciones sanitarias y policiales y no a erradicar la prostitución. Y hoy el abolicionismo tiene nuevos significados, que se plasmaron en el «modelo sueco», que puede ser visto como emblemático.

Dice Zigmunt Bauman: «es más peligroso no plantear ciertas preguntas que dejar sin respuesta algunas de las preguntas que se consideran políticamente relevantes. Plantear malas preguntas conduce a menudo a cerrar los ojos sobre los verdaderos problemas».

En este sentido, entre las preguntas que deberían responder las corrientes que proponen legalizar la prostitución como trabajo, se encuentran las siguientes: ¿cómo podría subsistir una prostitución autónoma?, ¿cómo podría enfrentar a las organizaciones proxenetas? Si la prostitución es una forma de la sexualidad, una elección ligada a la libertad sexual o una identidad sexual, ¿por qué regular comportamientos sexuales? ¿Acaso la sexualidad no debería seguir perteneciendo al ámbito de la privacidad? ¿Por qué admitir que una práctica sexual consensuada tiene que ser regulada? Convertir la sexualidad en trabajo ¿no implica un viraje que ubica la sexualidad en el campo de lo obligado, ya que lo vincula a necesidades económicas? ¿No implica subordinar la sexualidad de quien la convierte en un trabajo o servicio en una sexualidad subordinada, es decir, que se subordina al placer de otra persona? ¿Por qué hablar de consentimiento cuando se argumenta sobre el «derecho a prostituirse»? ¿Acaso se habla de consentimiento con relación a otros trabajos? El tema del consentimiento es típico de las discusiones acerca de la sexualidad para establecer los límites entre una sexualidad libre y una sexualidad coactiva.

Otras son las preguntas que deberían responderse desde las corrientes abolicionistas. En este caso, los desafíos son: ¿cómo desbaratar las organizaciones proxenetas, que no solo son poderosas y tienen vínculos transnacionales, sino que también están articuladas con negocios legales? De hecho, en las políticas de persecución penal contra estos delitos no se pueden contabilizar muchos éxitos ni antes de la Convención de 1949 ni a partir del Protocolo de Palermo de 2000. ¿Cómo cambiar la cultura de la prostitución que se asienta sobre mitos naturalizados y aceptados como verdades absolutas? ¿Cómo esperar que las mujeres prostituidas se sientan víctimas? Sentirse víctima no solo depende de haber sufrido una situación de victimización (o violencia), sino de cómo esa situación es valorada socialmente. Y, de hecho, vivimos en sociedades que no solo toleran, sino que ven la prostitución como una estrategia válida, como una forma de resistencia y que permite a las mujeres «ganar más que en otros trabajos» (generalmente se compara con lo que ganarían limpiando baños o lavando pisos).

Ambas corrientes tienen respuestas y sin duda no hay una única respuesta a cada una de las preguntas. Probablemente no sea casual que la lucha pase por propuestas legales, dado el peso simbólico que tiene lo jurídico. Por lo tanto, un cambio legal tiene efectos que no pueden subestimarse. Pero, como hemos señalado, hay también cuestiones éticas y políticas. No se trata de valores abstractos. La prostitución no es una abstracción ni tan solo un conjunto de discursos. Están en juego el estatus del cuerpo, el valor que tiene para las personas y para el derecho, y los límites entre lo digno y lo indigno. Como sostiene Tamar Pitch, la «eficacia de las normas se mide en el plano del imaginario colectivo y también por la eficacia de los modelos de relación que propone, de los principios y los bienes que legitima y protege»51. Pitch reconoce cambios en los modelos de sexualidad, señala su preocupación acerca de posibles intentos de establecer límites entre lo lícito e ilícito –no solo en el sentido de lo que es justo o injusto, sino también acerca de lo que es normal, «natural»–. Siguiendo a Foucault, alerta sobre los discursos de la sexualidad que en el momento en que la producen, la reglamentan52.

Regresando a las preguntas fundamentales, estas pasan por cómo se entiende la instrumentalización –mercantilización– del cuerpo para un fin que no es propio, si acordamos con la máxima kantiana según la cual ningún ser humano puede ser tratado como cosa. Coincido con Françoise Collin cuando afirma:

La cuestión no es saber si el contrato comercial que canjea un servicio sexual a cambio de dinero está consentido libremente o no. La cuestión es saber si nosotros queremos la generalización de la forma prostitucional de las relaciones humanas. La cuestión es saber si nosotros queremos un mundo donde todo se pague –unilateralmente– o bien un mundo en que el término de intercambio guarde un sentido fuera de su equivalente general. Afirmo que la mercantilización generalizada de las relaciones humanas y de los cuerpos parecería coincidir con el fracaso de lo mejor de la ambición democrática. El contrato social no es un contrato comercial.53

  • 50.

    F. Collin: «Approche politique de la prostitution», 2004, inédito.

  • 51.

    T. Pitch: Un derecho para dos. La construcción jurídica de género, sexo y sexualidad, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, 2003.

  • 52.

    Ibíd.

  • 53.

    F. Collin: ob. cit.