Tema central

La prostitución: debates políticos y éticos

Pateman rechaza comparar la prostitución con un trabajo como cualquiera, entre otras razones porque el uso de los servicios de una prostituta no es igual a contratar a un obrero. Si bien ambos, el «prostituyente» y el capitalista, disponen del uso de la persona y del cuerpo de quienes contratan, el capitalista no tiene interés intrínseco en el cuerpo y la persona del trabajador sino que solo le interesan los bienes que produce, mientras que los varones que contratan a una prostituta tienen un único interés: la prostituta y su cuerpo41. Frente a las críticas que pueden hacerse acerca de que se pone demasiado énfasis en el cuerpo, Pateman hace referencia a Immanuel Kant, para quien la prostitución es convertirse uno mismo en propiedad. En palabras de Kant, «[nadie] es propiedad de sí mismo (…) de ser propiedad de sí mismo, sería entonces una cosa. Al ser una persona no es una cosa sobre la que se pueda tener propiedad alguna. No es posible ser al mismo tiempo cosa y persona, propiedad y propietario»42.

Contrariamente, y justificando el contrato comercial, Juliano considera que las mujeres prostituidas viven «en situación de especial desventaja y suelen padecer de un déficit de medidas de protección legal e institucional», lo que aumenta su vulnerabilidad y las deja indefensas frente a la arbitrariedad institucional. A ello se suma «la estigmatización por el hecho de que se apartan de la norma de brindar gratuitamente su tiempo y su trabajo a los hombres»43. Un tercer argumento es que en las sociedades actuales la participación en el mercado laboral es el medio principal para acceder a la ciudadanía plena. Y el reconocimiento permitiría mejorar la autoestima, demandar servicios sociales, organizarse en cooperativas, etc.

Otro argumento reiterado es que la prostitución está criminalizada y que es necesario descriminalizarla. Muchas veces los términos «descriminalización» y «legalización» son usados de forma indiscriminada, y no se aclara qué es lo que está criminalizado. No es posible descriminalizar lo que no está criminalizado. En los países abolicionistas las mujeres prostituidas no son criminalizadas y la legalización es el reclamo por el reconocimiento de la prostitución como trabajo44.

Beatriz Gimeno afirma que las posturas favorables a la legalización son mayoritarias en los ambientes más radicales, de izquierdas, alternativos o queer, y expresa su asombro frente al hecho que «uno de los ejemplos más claros de mercantilización del ser humano es defendido por personas que se dicen profundamente anticapitalistas». Agrega que resulta difícil de entender

cómo es posible que uno de los negocios más lucrativos del mundo y más explotadores, uno de los que generan más dinero a las mafias, no sea ardorosamente atacado por personas que se dicen de izquierdas. También me cuesta entender cómo una institución creada por el patriarcado como uno de sus pilares, una institución que juega un papel fundamental en determinada construcción sexual y de los géneros, ha terminado siendo defendida por feministas.45

El feminismo abolicionista remarca los cambios en las relaciones entre varones y mujeres tanto en la esfera privada como en la pública –en parte, como consecuencia del feminismo como movimiento político y como teoría crítica, y también, por supuesto, como resultado de transformaciones estructurales–, que habían generado una expectativa de cambios en dos instituciones fundamentales de las sociedades capitalistas/patriarcales: matrimonio y prostitución. Sin embargo, y a pesar de los avances en el reconocimiento y la legitimación de sexualidades que contradicen el modelo heterosexual y reproductivo, ambas persisten con pocos cambios. El matrimonio parece incluso fortalecerse con aperturas a matrimonios que reconocen la diversidad sexual, y la prostitución sigue siendo considerada imprescindible, sea por su presencia histórica, sea porque no se pone en discusión seriamente el significado de la sexualidad prostituyente, considerada aun por quienes admiten y defienden el trabajo sexual como una sexualidad genéricamente subordinada.

Sexo ¿de quién?

Una aproximación al fenómeno de la prostitución en términos políticos muestra que si algo tienen en común el matrimonio y la prostitución es una esencial disimetría –que contradice los avances igualitarios–, que asegura a los varones el acceso al cuerpo de las mujeres con fines reproductivos o de placer46. «Decir que las mujeres tienen el derecho de venderse es enmascarar que los varones tienen el derecho de comprarlas. Al pagar, el varón queda liberado de toda obligación o culpabilidad y la mujer queda avasallada», escribe Françoise Héritier47.

Sin embargo, los varones son pocas veces nombrados. El lenguaje, que suele ser un testigo implacable, presenta muchas maneras de nombrar a las mujeres prostituidas y muy pocas para los que se suele nombrar como «clientes». Recientemente comienzan a multiplicarse estudios orientados a este actor fundamental de la prostitución48 que empieza a tener nombre propio: «prostituyente» o «prostituidor». Aunque no es posible darle aquí el lugar que necesita, hablar de los varones que pagan es un tema insoslayable y que comienza a tener lugar en los debates actuales. Como ya lo expresara Albert Londres, periodista francés enviado por la Sociedad de las Naciones a investigar la trata de mujeres europeas en su más que ilustrativo libro El camino de Buenos Aires: «En el origen de la prostitución está el hambre, pero si no hubiera hambre igual habría mujeres en venta siempre que existan hombres para comprarlas, pero habría un 80% menos»49.

En el campo de las ciencias sociales, el tema comienza a ser objeto de investigaciones. Algunas sobre masculinidad, otras sobre violencia y sexualidad masculina, y otras más específicamente sobre sexualidad y prostitución. Algunas de estas últimas buscan caracterizar el tipo de varones que recurren a la prostitución, sus motivaciones, etc. Hay también estudios estadísticos para países europeos. En síntesis, todos trabajos que se inscriben en una línea que considera la prostitución como una cuestión masculina.

  • 41.

    Ibíd., p. 280.

  • 42.

    Cit. en C. Pateman: ob. cit., p. 281.

  • 43.

    D. Juliano: ob. cit.

  • 44.

    En los discursos de los sectores pro-trabajo sexual, no siempre está claro hasta dónde llega el «trabajo sexual autónomo». En algunos casos, por ejemplo, se considera que dada la existencia de peligros de todo tipo –desde las mafias, sus cómplices, hasta desbordes de quienes pagan– se necesita una «red de cuidado». Cecilia Varela, antropóloga e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina, plantea que «los proxenetas son una red de cuidado, porque son quienes van a lidiar con la policía, quienes van a suministrar seguridad (…) hay muchas chicas que prefieren trabajar con dueños porque trabajar solas supone un montón de riesgos que no quieren afrontar». Luciana Peker: «Proxenetismo de emprendedor», entrevista en suplemento «Las 12», Página/12, 19/4/2014, p. 3.

  • 45.

    B. Gimeno: «Una lectura queer de la prostitución», 12/12/2012, disponible en www.feminicidio.net/sites/default/files/Una%20lectura%20queer%20de%20la%20prostituci%C3%B3n.pdf.

  • 46.

    Las investigaciones empíricas sobre quienes pagan por sexo muestra que la mayoría son varones casados o que están en pareja.

  • 47.

    F. Héritier: ob. cit.

  • 48.

    Ver Sven-Axel Mänsson: «Prácticas masculinas en la prostitución y sus implicaciones para el trabajo social», 2005, mimeo; Martin Monto: «Female Prostitution, Customers and Violence» en Violence Against Women vol. 10 No 2, 2/2004; Said Bouamama: L’homme en question. Le processus du devenir-client de la prostitution, Mouvement du Nid, Clichy, 2004; Albert Londres: Le chemin de Buenos Aires, Le Serpent à Plumes, París, 1994 [hay edición en español: El camino de Buenos Aires, Prensa Ibérica, Barcelona, 1998]; S. Chejter: Lugar común: la prostitución, cit.; Juan Carlos Volnovich: Ir de putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución, Topía, Buenos Aires, 2006.

  • 49.

    A. Londres: ob. cit., pp. 256-257.