Tema central

La prostitución: debates políticos y éticos

Este tema es sin duda un nudo problemático de carácter conceptual e ideológico. Y si bien ambas corrientes consideran que la trata es intolerable y admiten la necesidad de políticas de persecución penal, los criterios que establecen en la práctica cuándo es trata y cuándo no son tan diferentes que la propia definición común de trata queda en cuestión.

Prostitución, trata y migraciones

Muchas autoras, desde una mirada economicista, superponen trata con migraciones por razones económicas, sin desconocer que también hay factores vinculados a la discriminación contra las mujeres. Dolores Juliano considera que prostitución y trata deben diferenciarse porque «las trabajadoras sexuales tienen problemas comunes con el resto de las trabajadoras» y cita a Joe Bindam, quien admite la trata como una estrategia migratoria:

es insensato clasificar como «esclavitud» una industria entera, mundial, que incluye enormes variaciones en las condiciones de trabajo en el interior de cada país y entre diferentes países. Ello nos distrae de la tarea muy necesaria de hacer cesar la explotación en todos los sectores de actividad (…). La lógica subyacente de una restricción de la industria del sexo para impedir prácticas abusivas referentes a los inmigrantes clandestinos exigiría eliminar o restringir la industria textil y agrícola de los países más ricos de cualquier región, pues es en esas industrias donde la explotación abusiva del trabajo inmigrante clandestino está más extendida.18

Es cuantiosa la bibliografía que relaciona la prostitución con la feminización de las migraciones, sin que se establezca una clara diferenciación entre migración y trata. Son numerosas las autoras que remarcan que han resurgido los mercados de personas como un gran negocio emergente. Irene López Méndez alega que «no todas las redes de tráfico ilegal de personas son redes esclavistas»19 y coincide en que el problema principal es la vulnerabilidad que genera la condición de migrante ilegal y las dificultades para conseguir trabajos legales, lo que obliga a las mujeres a insertarse en mercados laborales no regulados, como el servicio doméstico o la prostitución.

En esta línea de pensamiento se combinan argumentos economicistas con otros de género para explicar el alto porcentaje de inmigrantes en los circuitos prostibularios europeos. Para Juliano, las mujeres migran tanto por razones económicas como de género20. Considera que la prostitución «es una consecuencia de la desigual distribución de los recursos económicos por género»21, dado que los trabajos de las mujeres reciben peor paga y que la prostitución es una estrategia para salvar la brecha económica existente entre varones y mujeres. «Las prostitutas explotan esa brecha, haciéndose pagar por servicios que otras mujeres ofrecen gratuitamente». La prostitución sería, así, un camino a la igualdad económica, ya que permitiría que «importantes cantidades de dinero cambien de mano, en una corriente de transferencia de recursos que permite a mujeres que tienen pocas posibilidades de competir con éxito en las vías consideradas legítimas, participar en las riquezas generadas socialmente»22.

La socióloga alemana Christa Wichterich descalifica la crítica centrada en la trata de mujeres porque esta «fue usada, durante décadas, para desanimar la migración autónoma femenina» y considera que lo que «no se puede aceptar es que las mujeres intervengan en el mercado mundial, buscando satisfacer sus propios intereses económicos, y su deseo de amor y felicidad», ya que ello afecta «el orgullo patriótico herido por la vergüenza de tener que reconocer que no todas las europeas se adecuaban a los modelos de conducta sexual considerados válidos»23.

La estadounidense Donna Guy, al historiar la prostitución argentina entre 1875 y 1955, comparte con Juliano que esta es más una típica respuesta consciente a la pobreza y no «el resultado de la trampa de un proxeneta perverso»24. Rechaza los análisis centrados en el poder de las organizaciones proxenetas; sostiene que en esa época (fines del siglo xix y principios del xx) se confundía migración con trata y que el fondo de la cuestión era que se desaprobaba la inmigración femenina, porque eran mujeres solas que escapaban del control de sus familias25: «La trata de blancas, más que reflejar una realidad verificable, era el resultado de un conjunto de discursos sobre la reforma de la familia, el papel laboral de las mujeres en las sociedades modernizantes y la construcción de la política desde el punto de vista del género»26.

Saskia Sassen describe la presencia creciente de mujeres en lo que llama «circuitos alternativos para la sobrevivencia», que incluyen no solo el tráfico ilegal de personas destinado a la industria del sexo, sino también el que se dirige a varios trabajos en el mercado formal e informal, circuitos que están ligados a algunas de las principales dinámicas de la globalización27. Esas dinámicas no son otras que las condiciones sistémicas de «alto desempleo, pobreza, quiebras de gran número de empresas y achicamiento de recursos del Estado para las necesidades sociales»28. Sassen muestra cómo las remesas provenientes del tráfico de mujeres para la industria del sexo y para el mercado laboral tienen una enorme rentabilidad para esos Estados. Demuestra que esta rentabilidad no queda en manos de las trabajadoras o mujeres prostituidas sino de quienes manejan el comercio, organizaciones y funcionarios locales. Incluso señala que «[s]i bien los caudales de remesas pueden ser menores comparados con los movimientos masivos diarios del capital en los mercados financieros, con frecuencia son muy significativos para las economías en desarrollo o en dificultades»29. Su visión contraría las de Juliano y Wichterich, quienes ven las migraciones como una estrategia que favorece económicamente a las mujeres de manera individual. Para las abolicionistas, la trata y las migraciones son dos problemáticas que tienen entidad y envergadura propias. Sostienen que desde el punto de vista de la investigación se necesitan acercamientos diferentes, ya que si bien las empleadas domésticas y las mujeres prostituidas pueden tener perfiles sociales similares, las lógicas del empleo doméstico y del mundo prostibulario deben diferenciarse. Adicionalmente, desde el punto de vista de la intervención, las estrategias no son las mismas, ya que las organizaciones que trafican para el servicio doméstico y la prostitución tampoco son las mismas. También difieren las formas de explotación, estigmatización y discriminación que sufren unas y otras.

  • 18.

    J. Bindman: «Les travailleurs du sexe ne vendent pas leur corps: ils vendent des services. Aperçu Sur de la prostitution en Europe», 2003, cit. por D. Juliano: ob. cit.

  • 19.

    I. López Méndez: «El derecho a tener derechos y el marco jurídico de la inmigración y el tráfico de mujeres» en Elena Bonelli Jáudenes y Marcela Ulloa Jiménez (coords.): Tráfico e inmigración de mujeres en España. Colombianas y ecuatorianas en los servicios domésticos y sexuales, acsur Las Segovias, Madrid, 2001, p. 27.

  • 20.

    Cit. en María Luisa Maqueda Abreu: «La trata sexual de mujeres: entre mitos y realidades» en Discriminación y género. Las formas de la violencia, Ministerio Público de la Defensa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2010, p. 227.

  • 21.

    D. Juliano: La prostitución: el espejo oscuro, Icaria, Barcelona, 2002, p. 143.

  • 22.

    Ibíd., pp. 145-146.

  • 23.

    Cit. ibíd., p. 126.

  • 24.

    D. Guy: El sexo peligroso. La prostitución legal en Buenos Aires 1875-1955, Sudamericana, Buenos Aires, 1991, p. 19.

  • 25.

    Ibíd.

  • 26.

    Ibíd., p. 49.

  • 27.

    S. Sassen: «Contrageografías de la globalización: la feminización de la supervivencia» en Travesías No 10, 2002, p. 11.

  • 28.

    Ibíd., p. 21.

  • 29.

    Ibíd., p. 22.