Tribuna global

La policía como objeto de estudio Entrevista con Didier Fassin

¿Cómo enfrentó sus propios prejuicios o concepciones previas acerca de las fuerzas de seguridad y pudo introducirse en ese grupo social?

Mi ingreso a las fuerzas policiales fue sorprendentemente fácil. Pedí un permiso y lo obtuve. Hubo algo de suerte en esto, como luego advertí, ya que nunca más pude obtener una autorización, a pesar de que tuve buenas repercusiones de mi primera incursión en el campo y no hice públicos los resultados de este primer estudio hasta pasados tres años. Esa experiencia me hizo pensar que la dificultad del acceso no era el único motivo por el cual los criminólogos hacen poco trabajo de campo. Otras causas son la autocensura de los investigadores, la ignorancia del método etnográfico y el tedio que producen largas horas de observación en las que no pasa nada. Probablemente por esas múltiples razones es que mi estudio del trabajo de las patrullas policiales fue pionero en Francia.

Precisamente, uno de los hallazgos más importantes de mi investigación es uno de los más autoevidentes una vez que se lo formula. La mayor parte del tiempo que los oficiales dedican a patrullar los barrios se caracteriza por la falta de acción y la ausencia de actividad. Se pasan esas largas horas comentando noticias, políticas de inmigración, pases esperados, los nuevos uniformes, las armas que desean, novedades familiares o los últimos juegos electrónicos. Reciben muy pocas llamadas, y las que llegan a menudo son errores o bromas.

Debo aclarar que mi trabajo se centra en el distrito policial más grande de Francia, que no es particularmente tranquilo: de hecho, sus índices de criminalidad son significativamente superiores a los del resto del país. La escasez de intervenciones reactivas, es decir, en respuesta a llamadas del público, da lugar a un exceso de intervenciones proactivas, es decir, detener y requisar a personas en lugares públicos, basándose generalmente en la apariencia; lo que suele llamarse «caracterización racial» que, por supuesto, es ilegal pero también muy común.

Entonces, contrariamente a las representaciones que más usualmente muestran las novelas policiales, las series televisivas y películas de detectives –donde los policías realizan persecuciones en una actividad apasionante–, la experiencia más común en la patrulla policial es el aburrimiento. Esto tiene múltiples derivaciones, una de las cuales es la necesidad de producir acción; la otra es reaccionar en exceso a eventos menores. De hecho, en primer lugar, bajo la presión de la «cultura del resultado», que implica cierta cantidad de arrestos mensuales, los policías deben hallar sospechosos, cosa que hacen chequeando los permisos de los inmigrantes para encontrar personas indocumentadas requisando a los jóvenes de los complejos de viviendas sociales por tenencia de marihuana. Deteniendo a estas presas fáciles, pueden alcanzar sus objetivos cuantitativos a costa de prácticas ilegales, que difícilmente son denunciadas y nunca sancionadas: por el contrario, son alentadas por sus superiores y por el Ministerio del Interior. En segundo lugar, cuando ocurre un problema, la respuesta policial es cuantitativa y cualitativamente desproporcionada. Por una simple reyerta entre ciudadanos, varios patrulleros se apresuran a concurrir al lugar y a menudo intervienen brutalmente sin distinguir a los sospechosos de los testigos o vecinos. El castigo al azar y colectivo por parte de la policía es frecuente en los barrios pobres.

¿Es posible pensar que los territorios y sujetos estigmatizados por los policías no son otros que los que en general estigmatiza el resto del conjunto social?

Cada sociedad tiene la policía que merece o produce. Según la importancia que cada una le dé al respeto de la ley o al mantenimiento del orden, a la aplicación del principio de justicia o a la práctica de la discriminación racial, tendrá tipos de actuación policial muy distintos. En Francia, en las últimas tres décadas, las inequidades sociales aumentaron, la segregación etnorracial concentró a las minorías en c mplejos de viviendas sociales y la estigmatización de los inmigrantes y de sus hijos se volvió común en los altos niveles de gobierno. No debemos olvidar que, cuando era ministro del Interior, Nicolas Sarkozy dijo que iba a «limpiar los complejos de viviendas sociales con una hidrolavadora» y calificó a la juventud de «escoria»; dos años después, fue elegido presidente. Esto fue en el momento en que estaba llevando adelante mi investigación y entonces no parecía sorprendente que la policía se sintiese habilitada para actuar como lo hacía. Sería incorrecto considerar que los oficiales son racistas sin inscribir sus discursos y prácticas en el racismo de la institución policial y las políticas gubernamentales. El racismo de la policía no es únicamente un rasgo individual; es sobre todo un rasgo sistémico. Deberíamos pensarlo como un racismo institucional y político, respaldado por la mayoría de la población.

Uno de los factores importantes que explican la hostilidad y agresividad de la policía hacia las minorías, como los negros y los árabes, es que 80% de los agentes son hombres y mujeres blancos que provienen de áreas rurales y pequeñas ciudades de regiones desindustrializadas. Tienen escasa o nula experiencia en diversidad etnorracial y entornos urbanos. Cuando toman su primer puesto en ciudades con complejos de viviendas sociales y una gran concentración de población inmigrante, están desconcertados, impresionados e intimidados.

Los únicos oficiales que vi comportarse correctamente con los jóvenes de estos barrios de bajos recursos fueron los que habían sido criados en lugares similares. A primera vista, puede parecer paradójico que la animosidad mutua entre la policía y su público sea tan intensa cuando de hecho comparten el mismo trasfondo de clase trabajadora. Aparentemente, la principal diferencia es el color de piel; pero, si se analiza en profundidad, se vincula con el lugar donde han pasado su vida, asistido a la escuela, practicado deportes, etc. Sería entonces simplista pensar que el problema se resolvería contratando a policías negros y árabes, ya que, mucho más que por su origen, estos están presionados por los colegas para poner a prueba su lealtad hacia la institución. El factor de pacificación más importante es la reducción de la distancia social, por lo que una posible solución es el reclutamiento de policías que provengan de lugares similares a aquellos en los que tendrán que trabajar, independientemente de su color de piel.