Tribuna global

La Gran Marcha china hacia el oeste El megaproyecto de la nueva Ruta de la Seda

Si bien el discurso oficial chino presenta la ifr de la manera más abierta y acogedora posible, no se puede pasar por alto que el engranaje de la iniciativa consiste en acuerdos bilaterales entre China y países individuales o grupos de países y algunos organismos multilaterales. No existe ni está previsto un mecanismo de coordinación para tratar los aspectos que se escapan del ámbito bilateral. No hay duda de que la ifr es una iniciativa china, motorizada, financiada y controlada por China. Mientras no se la multilateralice por lo menos en parte, la insistencia de Beijing referente a la situación win-win será vista con desconfianza. Los comentaristas en muchos países se preguntan si win-win no se refiere más bien a que China quiere ganar dos veces. Hasta que no se aclare esto, será prematuro festejar la ifr como metodología novedosa de integración y cooperación internacional, capaz de reemplazar instrumentos como los acuerdos regionales comerciales.

El tercer aspecto de la propuesta china que causa sorpresa es el concepto de desarrollo en el cual se basa. Este concepto parece tan simplista que obliga a sospechar que los propagandistas esconden elementos importantes. En una conferencia internacional en Beijing en 2015, el director de un think tank oficial nos resumía la esencia del concepto chino de desarrollo que se exporta a través de la ifr en la fórmula: «Si quieres desarrollo, tienes que construir una carretera». Sin embargo, los dirigentes chinos, al igual que los del resto del mundo, saben que los proyectos de infraestructura no son automáticamente rentables; que no necesariamente generan crecimiento económico y que no incentivan inevitablemente la formación e integración de cadenas de valor. Es por eso que en sus programas de desarrollo interno China no solo invierte en infraestructura (150.000 millones de dólares por mes, o sea más de un año de inversión en la ifr6), sino que suele combinar estas inversiones con la instalación de parques industriales o de zonas económicas especiales que se basan en elaboraciones estratégicas y de planificación sofisticadas7.

Sin embargo, varios proyectos que oficialmente forman parte de la ifr son meros planes de infraestructura de dudosa rentabilidad y en algunos casos solo sirven para complacer a algún gobernante autoritario al que Beijing necesita como aliado. Hay una serie de proyectos que no están conectados con la agenda de desarrollo de los países receptores ni con la agenda internacional de desarrollo. En un documento reciente, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud)8 subraya que existe un gran potencial para lograr sinergias entre la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que plantea los famosos 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ods), por un lado, y la ifr, por el otro. Pero al mismo tiempo se advierte que los proyectos provistos por la ifr pueden causar daños ambientales y sociales y poner en peligro la estabilidad macroeconómica, especialmente de países pobres y débiles. El documento de la Organización de las Naciones Unidas (onu) es un llamado urgente a conectar sistemáticamente la ifr con los ods, lo que nos remite, una vez más, a la necesidad de generar una plataforma multilateral donde se pueda discutir y ofrecer solución a los problemas de carácter regional e internacional que sobrepasan los mecanismos bilaterales en los que se basa la ifr hasta ahora. China es consciente de que, tarde o temprano, tendrá que enfrentar este problema. En uno de los documentos oficiales claves ya se leía en 2015 que se consideraba necesario ampliar la coordinación política y que haría falta promover la cooperación intergubernamental.9

Un actor internacional reacio

Las nuevas rutas de la seda son sin duda un proyecto de envergadura enorme y constituyen la iniciativa política internacional de mayor trascendencia desde la fundación de la República Popular. El hecho de que China últimamente asuma una actitud proactiva en el escenario internacional está resucitando viejos temores en el oeste. Falta poco para evocar metáforas como el «peligro amarillo», que se acuñó en círculos colonialistas a fines del siglo xix.10

Desde aquel entonces circula por los debates políticos la idea de que China usará su inmenso potencial primero para romper la hegemonía de Europa y eeuu en el sistema internacional y después para establecer la suya. El éxito económico de la República Popular China desde los años 70 del siglo pasado alimentó una vez más estas sospechas. Empezaron a proliferar publicaciones con títulos como «Cuando China domine el mundo. El fin del mundo occidental y el nacimiento de un nuevo orden global»11, que tratan de explicar las intenciones de China en Asia y en el resto del planeta. La tónica de este texto y de muchos otros es de desconfianza, disgusto u hostilidad abierta, porque los autores asocian el ascenso de China con el necesario descenso de Occidente, lo que carece de cualquier relación lógica.

Para romper el círculo regresivo de temores racistas y reacciones agresivas, conviene evaluar el rol de la ifr en el contexto de la doctrina y práctica de la política exterior china que, evidentemente, está cambiando en los últimos años. Deng Xiaoping, quien dirigió el proceso de apertura y reforma económica entre 1978 y 1992, pidió perfil bajo en asuntos internacionales, no participar en alianzas y abstenerse de intervenir en los asuntos de otros países. Todos los esfuerzos debían estar concentrados en «poner la propia casa en orden». Pero, al mismo tiempo, los dirigentes exhortaban a sus conciudadanos a no olvidar nunca la «humillación nacional» que el Imperio del Medio, la principal potencia mundial, había sufrido desde 1800 por las intervenciones occidentales y japonesas, incluyendo guerras sangrientas. El tópico de la humillación nacional está presente en el discurso político desde el líder nacionalista Sun Yat-sen y fue adaptado por los comunistas en 1945. Este discurso se combinó con la promesa de que la humillación iba a ser compensada algún día por el «rejuvenecimiento nacional», es decir, mediante la recuperación o resucitación de la antigua grandeza. El Partido Comunista siempre se presentó como única fuerza capaz de lograr esto, aunque ello ocurriría en algún futuro lejano. De este modo, se mantuvo abierta la herida, pero se evitaron las repercusiones en la política exterior y los impulsos prematuros para transformar el éxito económico en influencia internacional fueron controlados por la dirigencia bajo la tutela de Deng.

  • 6.

    Miller calcula que entidades chinas financiarán proyectos en el contexto de la ifr de 50.000 a 100.000 millones de dólares por año. T. Miller: ob. cit.

  • 7.

    Dong Dong Zhang: «The Making and Implementation of the Belt and Road Policy», eaber Working Paper No 126, 12/2016.

  • 8.

    Balasz Horvath: «Identifying Development Dividends the Belt and Road Initiative: Complementarities and Synergies between the
    Belt and Road Initiative and the Sustainable Development Goals», pnud / cciee, 2016.

  • 9.

    National Development and Reform Commission (ndrc): «Visions and Actions on JointlyBuilding Silk Road Economic Belt and 21st Century Maritime Silk Road», Beijing, 28/3/2015, cap. iv, «Cooperation Priorities».

  • 10.

    En varios países europeos aparecieron en aquel entonces publicaciones que propagabanla fórmula. Una colección de historias cortas de M.P. Shiel (curiosamente, un mulato nacido en el Caribe), aparecidas en 1898 con el título El peligro amarillo en Inglaterra y eeuu, adquirieron cierta fama.

  • 11.

    Martin Jacques: When China Rules the World: The End of the Western World and the Birth of a New Global Order, Penguin Books, Nueva York, 2009. Bajo el nombre de la «trampa de Tucídides», se critica a quienes hablan de la inevitabilidad de una guerra entre China y eeuu. Tucídides, un historiador del siglo v a. C., afirmó que fue el ascenso de Atenas, combinado
    con el miedo que suscitó en Esparta, lo que hizo inevitable la guerra. El año pasado, Rand Corporation publicó un estudio que había realizado por encargo de las Fuerzas Armadas de eeuu en el que se llega a la conclusión de que tal confrontación
    sería mucho más devastadora para China que para eeuu: China perdería 25%-35% de su pib, en cambio eeuu, solo 5%-10%. Además, se pondría en cuestión la estabilidad interna de lEstado chino. Ver Graham Allison: Destined for War: Can America and China Escape the Thucydides Trap?, Houghton Mifflin Harcourt, Boston-Nueva York, 2017; David C. Gompert, Astrid Stuth
    Cevallos y Cristina L. Garafola: War with China: Thinking Through the Unthinkable, rand Arroyo Center, Santa Mónica, 2016