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La feminización de las Fuerzas Armadas. Un estudio del caso dominicano

Sin embargo, la militarización de la seguridad interna genera efectos negativos en los esfuerzos de democratización de las relaciones cívico-militares y de la seguridad ciudadana. Además, limita la profesionalización de las fuerzas policiales. Por eso, los costos de seguir este patrón han probado ser incomparablemente más altos que los beneficios.Pero hay un campo que ofrece mayores oportunidades para la inclusión, el reconocimiento y la promoción de la mujer: las misiones de paz. Allí sucede algo similar a lo que ocurre en aquellos escenarios bélicos en los que la conflagración asume un perfil técnicamente sofisticado, como la Guerra del Golfo. En estos casos, es posible alcanzar una mayor horizontalidad en el manejo de las decisiones, debilitar el perfil tradicionalmente jerárquico y promover una mayor participación de mujeres con saberes altamente especializados.

La experiencia dominicana

La diversificación genérica dentro de las Fuerzas Armadas y la asunción de nuevos roles por parte de las mujeres han sido comúnmente consideradas como un reflejo –y a la vez un desencadenante– de cambios sociales y culturales más generales. Estos cambios con frecuencia son resultado de procesos más generales de institucionalización y modernización de instancias representativas y corporativas. En esta línea, es posible corroborar las dinámicas de transformación de la sociedad dominicana en las últimas tres décadas. En términos generales, las mujeres dominicanas ciertamente han logrado interpelar códigos culturales y esquemas tradicionales. El liderazgo femenino es evidente en el ámbito empresarial, político y social.

Esto, sin embargo, no necesariamente da cuenta de procesos de liberalización significativos en términos corporativos. De hecho, las dos instituciones que registran una mayor resistencia a ceder espacios a las mujeres son los partidos políticos y las estructuras militares. Contra lo que podría suponerse, esta resistencia no expresa los valores del resto de los ciudadanos dominicanos, quienes se han manifestado a favor de una participación política femenina más igualitaria y determinante.

El ingreso de mujeres en las Fuerzas Armadas tiene una historia accidentada La mayoría de ellas fueron reclutadas bajo la categoría de «asimiladas», es decir, civiles que trabajan en las Fuerzas Armadas en diversas especialidades profesionales. En 1981 se creó el Cuerpo Médico Femenino y se incorporó el primer grupo de oficiales mujeres: dos provenientes del Ejército, una de la Marina de Guerra y una de la Fuerza Aérea, con rangos de teniente y capitán. En las últimas dos décadas, las oficiales han desempeñado funciones profesionales y, pese a que algunas de ellas ostentan el rango de general de brigada, ninguna posee funciones de mando. Ninguna mujer ocupa una posición de dirección pese a cumplir con los requisitos que tales puestos demandan. Ninguna dirige un batallón o brigada y en su mayoría están confinadas a posiciones de auxiliares. Y tampoco parecen existir, al menos en el mediano plazo, las condiciones institucionales o la disposición por parte del liderazgo militar y político masculino para llevar a las mujeres a cargos direccionales.

Esto confirma la idea de que, en el caso dominicano, la incorporación de mujeres a las filas castrenses no ha respondido a procesos de democratización, entendidos estos en el sentido de plena ciudadanización, como tampoco de modernización institucional. En realidad, el ingreso de mujeres es una respuesta a la necesidad de ganar legitimidad por parte de las Fuerzas Armadas. En República Dominicana, como en otros países de la región, los militares deben fortalecer su imagen tras una historia de gobiernos autoritarios. Se corrobora así la observación de Elisabetta Addis en el sentido de que «la iniciativa de abrir las Fuerzas Armadas a las mujeres ha ayudado a restablecer la legitimidad que en muchos países durante la década de los 70 había entrado en crisis».

Pese a este marco general, las condiciones de profesionalización militar femenina han registrado avances en ciertos aspectos a lo largo de los últimos 30 años. Algunas oficiales consideran que el hecho de que una mujer sea elevada al rango que le corresponde, por antigüedad, constituye un avance concreto:

En la actualidad las mujeres pueden entrar a la academia militar y en algunos casos han podido realizar cursos de Estado Mayor para oficiales superiores. Estos cursos están dirigidos a entrenar físicamente y preparar estratégicamente a los individuos que eventualmente asumirán posiciones de mando. Sin embargo, en el caso de las mujeres que han sido beneficiadas con tales cursos, de ahí a permitirles asumir posiciones direccionales es otra historia.

Otras oficiales consultadas aseguraron que hoy existe un trato más igualitario, en el sentido de que se respeta el rango. Sin embargo, estas mujeres podrían estar ejerciendo funciones de jefatura en la dirección de hospitales militares, academias e instituciones de entrenamiento. Los oficiales entrevistados alegaron la imposibilidad de que una mujer dirigiera una academia militar ya que, por el momento, ninguna de ellas cuenta con la formación y las capacidades militares suficientes para educar a otras. Las propias mujeres consideraron «complicada» la posibilidad de que una mujer terminase comandando un batallón de entrenamiento para fuerzas de combate u operaciones especiales. En suma, las mujeres militares logran acceder a los rangos correspondientes por su antigüedad, pero no son designadas en puestos de mando. Esto, sin embargo, no ha desincentivado el ingreso de mujeres en las Fuerzas Armadas dominicanas. En palabras de las mujeres que aspiran a continuar escalando en la carrera militar, «es ahora justamente cuando por primera vez tenemos en nuestras instituciones armadas cadetes del sexo femenino, un elevadísimo número de damas en el Servicio Militar Voluntario, así como también la primera mujer piloto militar de helicóptero en el Ejército Nacional».

La nueva generación de mujeres militares es resultado de dos iniciativas recientes: la instauración del Servicio Militar Voluntario (SMV), que empuja a jóvenes de ambos sexos a ingresar «en igualdad de condiciones», y la conformación de un batallón de mujeres que, por primera vez en la historia castrense dominicana, pueden hacer carrera militar. Ambas iniciativas, como ya se señaló, son el fruto de la presión para adaptarse a los procesos de cambio y a las demandas de modernización institucional. En República Dominicana, la reconversión de las Fuerzas Armadas apunta a enfrentar las amenazas de nuevo tipo desde un enfoque que tiende a enfatizar más la seguridad interna y el perfil policial en lugar de priorizar las funciones tradicionalmente externas y de defensa. Algunos han visto en ambas medidas un beneficio en la recomposición de las relaciones cívico-militares. Para otros, estas iniciativas ponen en primer plano el riesgo de que desde la subcultura militar se propenda a la construcción de un orden social específico, como paliativo a la falta de alternativas educativas y de recreación de una población joven y marginada por su condición social y de género, que busca espacios de realización e incorporación social.