Tema central

La feminización de las Fuerzas Armadas. Un estudio del caso dominicano

Una vertiente sociológica que aborda el tema de la militarización femenina desde una perspectiva estructuralista resulta útil para aclarar este punto. Rosabeth Moss Kanter presenta un modelo de variables en interacción que busca demostrar cómo las actitudes y los comportamientos de los individuos (hombres y mujeres) que ingresan o conforman la corporación militar están definidos por tres determinantes organizacionales: la estructura de oportunidades (expectativas y prospectos sobre movilidad ascendente, promoción, etc.); la estructura de poder (capacidad de alcanzar metas, ya sea por las características del trabajo o por alianzas informales); y la proporción relativa de la distribución por sexo.

No es nuestra intención abundar, y mucho menos probar, la hipótesis de Kanter, para lo cual sería necesario desarrollar una profunda investigación de caso. Sin embargo, la información que manejamos parece confirmar la idea de que, al existir «grupos disímiles» dentro de una institución, el grupo emblemático (en este caso, las mujeres) termina adaptándose a la cultura dominante. La propuesta teórico-metodológica de Kanter permite elaborar un acercamiento que sugiere otra lectura de la realidad, ya que permite enfatizar más los aspectos contextuales (políticas discriminatorias) que los meramente subjetivos (percepciones). Esto permite encarar la cuestión a partir del análisis de los desempeños de roles en una subcultura predominantemente masculina.

Así, los tres componentes sugeridos por la autora –estructura de oportunidades, estructura de poder y proporción por sexos– permiten inferir, al menos para el caso de República Dominicana, que la necesidad de legitimidad y la proyección de modernidad de las Fuerzas Armadas han creado una estructura de oportunidades favorable a una mayor apertura y diversidad institucional. Esto contribuye a elevar las expectativas de las mujeres de ingresar en la carrera militar. Sin embargo, debido a la estructura de poder dominante, tanto en la institución militar como en la sociedad dominicana en general, de carácter esencialmente machista y discriminatoria, esta alta expectativa de ingreso encuentra un «techo de cristal» que tiende a reducir las posibilidades de movilidad y realización profesional de las mujeres. En ese contexto, muchas mujeres han apostado a ascender o aprovechar la estructura de oportunidades mediante su adaptación a la cultura dominante, en lugar de intentar desafiarla. Así, se produce un proceso de asimilación cultural por el cual las mujeres asumen los códigos de informalidad que ofrece la subcultura militar, caracterizada por una tradición paternalista, prebendaria y clientelar (elementos también comunes a la sociedad dominicana). En algunos casos, esto permite a las mujeres conseguir ascensos, reconocimientos y una mejora salarial, pero solo hasta cierto nivel y al riesgo de perpetuar las estructuras existentes.

Las Fuerzas Armadas en el Caribe

Los países del Caribe, además de su tamaño reducido y su vulnerabilidad geográfica, comparten un pasado reciente de descolonización, dependencia económica y ocasionalmente política, con sus antiguas metrópolis y, sobre todo, con EEUU. Sus ejércitos fueron conformados bajo la modalidad de fuerzas «constabularias» (es decir, destinadas a garantizar la seguridad y el orden públicos más que la defensa exterior). Son en gran medida resultado de la influencia externa y del esfuerzo de las elites políticas y económicas por establecer el control sobre el territorio. Constituyen, por lo tanto, un híbrido entre fuerzas de defensa y de seguridad interna, que se sintetiza con el concepto de «fuerzas de seguridad».

En contraste con las experiencias transformadoras que han experimentado los ejércitos europeos y estadounidense, las Fuerzas Armadas caribeñas se han modernizado tardíamente y según un patrón más bien conservador. En su mayoría, las instituciones castrenses caribeñas apenas han logrado definir –y mucho menos poner en práctica– doctrinas nacionales adecuadas a su realidad socio- y geopolítica. En algunos casos, carecen de políticas de defensa actualizadas y de aparatos burocráticos sofisticados, como ministerios de Defensa, que garanticen la participación de los civiles en el diseño y la aplicación de las políticas de defensa y seguridad. Tampoco se han desarrollado políticas de transparencia y mecanismos de rendición de cuentas.

En virtud de todo esto, la pregunta que guía este artículo –¿en qué medida la incorporación de mujeres ha coadyuvado a los procesos de reconversión institucional y ha posibilitado una mejora en la condición de la mujer profesional?– parece estar atada a la cuestión de la naturaleza misma y la función de las Fuerzas Armadas. Como destaca Lorenza Sebesta, «existe el peligro de que el consenso de las mujeres sobre la apertura de las Fuerzas Armadas en su favor, con la intención abstracta de facilitar la adquisición de sus derechos, desvíe la atención de las debilidades reales que confrontan las Fuerzas Armadas y actúe indirectamente como un paliativo para mantenerlas tal y como son en la actualidad».

En democracias emergentes como las caribeñas, el papel innovador que puedan jugar las Fuerzas Armadas supone la asunción de un concepto más inclusivo y democrático de seguridad. Y esto, a su vez, implica la reducción de prerrogativas tradicionalmente conferidas por los Estados a sus aparatos de coerción en aras de preservar la gobernabilidad. También supone cambios en la interacción en los ámbitos intrasocietales, intraestatales y extraterritoriales, con otras fuerzas, modelos y actores no tradicionales, lo cual también implica un cambio en los códigos, las actitudes y las prácticas militares. Un caso testigo del influjo que estos cambios pueden generar en el reciclaje institucional de las Fuerzas Armadas es, justamente, la incipiente feminización del servicio militar en los Estados caribeños.

En estos países, en los que las Fuerzas Armadas ejercen tareas de seguridad interna, existen, a juicio de algunos analistas, espacios más amplios para una incorporación de mujeres en contextos no bélicos. Si asumimos como un hecho la importancia de las diferencias biológicas y físicas atribuibles al carácter genérico de ciertos oficios –por ejemplo, el militar– en tanto limitaciones en la dinámica de distribución de responsabilidades, reconocimientos y ascensos, podría esperarse que, en los países del Caribe, en los que hay pocos riesgos de entrar en guerra y el énfasis está puesto en la seguridad interna, las mujeres tuvieran mayores oportunidades.