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La derecha «alternativa» que agita a Estados Unidos

En tanto subcultura web, la historia de la Alt-Right es así indisociable de la de los imageboards, esos foros con imágenes anónimas, el más famoso de los cuales es 4chan. La ausencia de moderación y el anonimato que distingue a 4chan de las redes sociales habituales transformó el sitio inicialmente concebido para recibir discusiones relativas al animé (los dibujos animados japoneses) en un vertedero misógino, racista y homofóbico. Laboratorio de memes y hormiguero de complots, el sitio que vio nacer a los anonymous y los lolcats se convirtió rápidamente en semillero de reclutamiento para los supremacistas blancos. Escenario de burlas crueles, 4chan desarrolla nuevas técnicas de ciberacoso, que se dejaron ver de manera espectacular en agosto de 2014, durante el «Gamergate», cuando la desarrolladora Zoe Quinn y la feminista Anita Sarkeesian fueron atacadas por la nebulosa geek-machista debido a su denuncia de la misoginia en la industria de los videojuegos. Finalmente expulsados de 4chan, los gamergaters se trasladaron a un sitio aún menos regulado, 8chan, donde reciben la adhesión y el apoyo de reaccionarios y masculinistas de toda calaña. La controversia inicial se terminó aplacando, pero la maquinaria de guerra Alt-Right está lista para la batalla.

¿Su adversario? La neorreacción lo llama «la Catedral»; la Alt-Right, «la Sinagoga». Denominan así al complejo cultural compuesto por las prestigiosas universidades de la Ivy League, el New York Times y Hollywood, que organizaría el consenso universal-igualitarista en el debate público. En otras palabras, serían los productores de lo políticamente correcto los que impedirían difundir «la verdad» sobre el fracaso de la democracia, la influencia de los judíos, el peligro musulmán o la importancia de la raza.

Favorito del Gamergate y seguidor incondicional de Trump, Milo Yiannopoulos, el joven periodista exuberante del sitio conservador Breitbart, antepone además el deseo lúdico de rebelarse contra ese reino de lo políticamente correcto para minimizar la naturaleza realmente racista del movimiento: «Así como a los jóvenes de los años 1960 les gustaba escandalizar a sus padres con la promiscuidad, el cabello largo y el rock and roll, las jóvenes brigadas de memes de la Alt-Right escandalizan a las viejas generaciones con caricaturas ultrajantes. ¿Son verdaderos extremistas? No más que los fans del death metal de los años 1980 eran verdaderos satanistas», relativiza en su «guía» sobre la Alt-Right para conservadores del establishment titulada An Establishment Conservative’s Guide to the Alt-Right. Palabra de conocedor: el provocador profesional, expulsado en julio de 2016 de Twitter por haber impulsado la campaña de ciberacoso contra la estrella de la película Cazafantasmas Leslie Jones, había dado una conferencia en abril de ese año titulada «El feminismo es un cáncer», tras haber sido llevado al escenario en un trono por estudiantes con gorras con la leyenda «Make America Great Again». Convertido en una suerte de embajador mediático del movimiento, Yiannopoulos asegura que los verdaderos supremacistas fanáticos no representan sino un sector minoritario, utilizado para desacreditar al movimiento. Ello no implica que aun cuando los militantes abiertamente neonazis sean efectivamente marginales, los sitios supuestamente más frecuentados estén también llenos de «pruebas científicas» de la desigualdad racial y de «complots judíos».

Pero casi más que las feministas, los judíos y los árabes, los objetivos privilegiados de la Alt-Right son los conservadores modernos, asustados por Trump y aterrorizados por la idea de ser acusados de racismo, a quienes considera intoxicados por las mentiras izquierdistas sobre la igualdad de sexos y razas. Inventaron un insulto para ellos: «cuckservative». Tomado de una escena del género pornográfico en la que aparece un hombre generalmente blanco mirando a su mujer generalmente blanca acostarse con un hombre generalmente negro, este neologismo nacido de la fusión entre «cornudo» [cuckold] y «conservador» designa al conservador que mira, impotente, cómo la civilización blanca es engañada por lo políticamente correcto y el multiculturalismo.

El desprecio por los tibios de su propio bando y la admiración por las estrategias victoriosas de sus adversarios progresistas son rasgos que suelen encontrarse en la historia del conservadurismo. En sus Consideraciones sobre Francia (1797)5, el padre de la filosofía contrarrevolucionaria, Joseph de Maistre, dividía a la aristocracia en dos categorías: los traidores y los idiotas, mientras que mostraba su respeto por la voluntad y la fe de los jacobinos. En La conciencia de un conservador, Barry Goldwater dirigía su cólera no contra los demócratas sino contra la cobardía del «establishment republicano» que se siente «obligado a disculparse por su instinto conservador»6. Del mismo modo, Greg Johnson no duda en afirmar que «el episodio más glorioso de la historia estadounidense es el de su movimiento obrero», mientras que Richard Spencer no tiene palabras lo suficientemente duras como para deplorar el antiintelectualismo de los conservadores: «Para estimularme intelectualmente comencé leyendo a los autores del pensamiento crítico, Marx, Gramsci, la Escuela de Fráncfort, Adorno», cuenta quien califica a Buckley de loser, evocando la irreductible diferencia genética entre judíos y no judíos...

Sin embargo, desempeñar el papel del outsider iconoclasta que hace tambalear el orden establecido no basta para lanzar un movimiento conservador. Es necesario además poder interpretar el papel de la víctima desposeída de un bien, un estatus o una autoridad. En efecto, la experiencia o el temor de la pérdida es el estado afectivo fundamental sobre el cual se construye la ideología conservadora, formulada como promesa de recuperación y restauración. ¿El eslogan del Tea Party? «Take it back». El sentimiento de pérdida suele ser provocado por los avances de un movimiento de protesta y emancipación: «Es lo que sentían los empleadores en los años 1930, los supremacistas blancos en los años 1960 y los maridos en los años 1970», escribe Corey Robin. Sin ser de una dimensión comparable, el nacimiento en 2013 del movimiento antirracista Black Lives Matter [Las vidas de los negros importan] contra la violencia policial energiza hoy a los nacionalistas blancos, que dominan perfectamente la figura retórica de la inversión victimaria: «Solo a los blancos se les pide no preferir su propia raza. Los negros, los mexicanos, los judíos y los demás tienen derecho –y son incluso alentados– a formar organizaciones exclusivas y perseguir sus intereses particulares», se queja Richard Spencer en su sitio. «Solo los blancos son denunciados como ‘racistas’ si lo hacen. Se les pide a los blancos ceder unilateralmente en un mundo competitivo y hostil». Los militantes de Black Lives Matter que reclaman la igualdad efectiva ante la policía y la justicia son considerados «directamente responsables de actos de terrorismo», mientras que los hombres blancos heterosexuales instruidos de la Alt-Right que sueñan con la depuración étnica y la restauración del orden social serían «herejes» perseguidos por una oligarquía izquierdista bien pensante. ¿Quién dijo que la victimización era patrimonio de la izquierda?

  • 5.

    Rialp, Madrid, 1955.

  • 6.

    B.M. Goldwater: La conciencia de un conservador: el ocaso de la libertad en Estados Unidos, Jus, Ciudad de México, 1962.