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La derecha «alternativa» que agita a Estados Unidos

En realidad, la afirmación según la cual la Alt-Right o el trumpismo constituirían una ruptura inédita con el «verdadero conservadurismo» moderado, pragmático y tolerante, muy apreciado por la National Review, es altamente discutible. El conservadurismo tan respetable de su fundador, Buckley, no estaba exento de racismo y antidemocratismo. En su editorial «Por qué el Sur debe dominar», de 1957, fustiga al movimiento por los derechos civiles y el sufragio universal en estos términos: «¿Tiene derecho la comunidad blanca del Sur a tomar las medidas necesarias para dominar política y culturalmente allí donde no domina numéricamente? La respuesta simple es sí; porque, por el momento, es la raza avanzada». Y la revista que critica hoy el «populismo» de Trump nada tenía en 2008 contra el de Sarah Palin, actualmente defensora entusiasta del millonario.

La National Review, en realidad, siempre hizo malabares entre las diferentes tendencias de la derecha. Si bien se sumó finalmente al bando de los neoconservadores, los paleoconservadores aislacionistas pudieron expresarse allí durante mucho tiempo. E incluso tras su «expulsión», el nacionalismo blanco resurgió en sus columnas bajo otras firmas. Algunos de los colaboradores movilizados en el dossier «contra Trump» no son mucho menos racistas y conspiracionistas que él, empezando por Glenn Beck, el polemista estrella del Tea Party que logró hacerse despedir de Fox News debido a sus reiterados derrapes. La misma convivencia ideológica se percibe en el seno del Partido Republicano, enfrentado a un dilema similar: ¿defender el conservadurismo «ideológico» ultraliberal de sus aportantes o el más «populista» de los electores? En 2008, el compromiso había sido designar a Palin como vicepresidenta, en la boleta con John McCain.

«Si los republicanos detestan tanto a Trump, no es porque traicione los fundamentos ideológicos del conservadurismo o porque tenga un estilo demasiado provocador, sino porque hicieron, en 2006, un análisis lúcido de su ocaso electoral. Comprendieron que, en un país donde los blancos serán pronto minoría, el nacionalismo blanco es una estrategia condenada al fracaso que está acabando con el partido», nos explica el militante socialista Paul Heideman, doctor en Estudios Estadounidenses. «Pero sus ideas se inscriben perfectamente en la historia de la derecha de eeuu».

Así, el nacionalismo blanco no es sino una forma entre otras del conservadurismo estadounidense. «Algunos conservadores critican el libre mercado, otros lo defienden. Algunos se oponen al Estado, otros lo protegen. Algunos creen en Dios, otros son ateos. Algunos son localistas, otros nacionalistas y otros incluso internacionalistas. Algunos, como Burke, son las tres cosas a la vez. Pero se trata de improvisaciones históricas –tácticas y sustanciales– sobre un mismo tema», escribe Corey Robin en su obra The Reactionary Mind [La mentalidad reaccionaria]4. ¿Cuál es el tema? «La idea de que algunos son más capaces de gobernar a los demás y que deberían hacerlo», escribe. «La tarea contrarrevolucionaria de la derecha sigue siendo la misma: contra el llamado a la libertad y a la igualdad de los revolucionarios o reformistas de izquierda, reforzar las murallas del privilegio. De la Revolución Francesa al New Deal, del movimiento por los derechos civiles a la liberación de las mujeres, los conservadores defendieron siempre las jerarquías sociales, otorgando derechos a algunos y deberes a la gran mayoría».

¿Cómo sumar a las masas a un proyecto elitista que las perjudica? En esto radica la dificultad del conservadurismo en un régimen democrático. La respuesta sigue siendo la misma desde el siglo xix: creando o reforzando otras jerarquías, de razas o de género, ya sea en la fábrica, en el campo o en el seno de la familia. «Con nosotros, las dos grandes divisiones de la sociedad no son los ricos y los pobres, sino los blancos y los negros», afirmaba ya el esclavista John C. Calhoun. El militante por los derechos civiles W.E.B. Du Bois lo formulaba de otra manera cuando consideraba que en los tiempos de la esclavitud incluso el blanco más pobre cobraba un «salario psicológico», producto de su superioridad respecto de los negros.

Los cuckservatives en la mira

El «verdadero conservadurismo» puede hacerse el asustado, pero siempre se alimentó de sangre nueva, movilizando una retórica populista y radical contra la incuria de las elites. Burgués, irlandés y católico, el padre del conservadurismo moderno angloestadounidense, Edmund Burke, era un outsider del establishment británico del siglo xviii. El propio Buckley se hizo conocer lanzando ataques virulentos contra la hipocresía del establishment progresista y presentando el conservadurismo como una rebelión contra el orden establecido.

«El talón de Aquiles del conservadurismo es su victoria», resume Corey Robin. «Cuando derrota a la izquierda, pierde su energía agresiva». Ahora bien, no solo el fin de la Guerra Fría eliminó a su adversario comunista, sino que prácticamente ya no tiene adversarios en la izquierda con la conversión del Partido Demócrata a la mayoría de sus dogmas presupuestarios, librecambistas y securitarios bajo el mandato de Bill Clinton. Desde entontes, el Partido Republicano no dejó de ampliar su ventaja. «El partido no dejó de derechizarse desde la ‘revolución republicana’ de 1994, año en el que arrasó con 54 bancas en la Cámara de Representantes bajo la dirección de Newt Gingrich», explica Pap Ndiaye, director del Departamento de Historia del Instituto de Estudios Políticos de París. «Incorporó primero a los extremistas de la derecha religiosa, luego en 2010 dio un nuevo salto a la derecha absorbiendo a los radicales del Tea Party».

He aquí la paradoja: el triunfo del conservadurismo lo vuelve vulnerable al torbellino de estos nuevos outsiders combativos, cuyo terreno de juego son, prioritariamente, las redes sociales. Ya que si bien la extrema derecha norteamericana tiene sus cabezas pensantes, también tiene su ejército de trolls. Abiertamente racistas, homofóbicos y misóginos, estos jóvenes ciberactivistas anónimos no se toman la molestia de reforzar sus raídes digitales y sus montajes photoshop con argumentos pseudocientíficos o filosóficos. Los «intelectuales» los consideran sin embargo una fuerza de choque indispensable para librar su batalla cultural contra lo políticamente correcto.

  • 4.

    C. Robin: The Reactionary Mind: Conservatism from Edmund Burke to Sarah Palin, Oxford University Press, Oxford, 2013.