Ensayo

La democracia del siglo XXI

4. El proyecto de construir una sociedad de iguales estaba en el corazón de las revoluciones fundacionales del siglo xviii, tanto en Estados Unidos como en Francia, y el derecho de voto había sido considerado uno de sus símbolos más evidentes. Se hablaba con frecuencia de las elecciones como «fiestas de la democracia», dimensión que era validada por su conexión con las mencionadas asambleas deliberativas. Esta dimensión se reavivó a principios del siglo xx, de un modo perverso y degradado, con la noción schmittiana de «democracia de aclamación». También reapareció más recientemente con la ideología populista del referéndum concebido como manifestación inmediata y sensible del pueblo. Pero el hecho es que la dimensión deliberativa y comunitaria de la elección se ha desvanecido, como lo demuestran los porcentajes de abstención por un lado y la reducción del debate de ideas a eslóganes simplistas por otro. Las elecciones se convirtieron, al mismo tiempo, en el momento privilegiado de expresión de frustraciones democráticas, y esto se materializa en el ascenso de los partidos populistas. La producción de una sociedad de iguales ha dado paso a la celebración de un pueblo abstracto cuyo rostro está dibujado negativamente en el rechazo de unas elites de contornos escurridizos.

Por estas razones ha declinado el desem-peño democrático de las elecciones. Sin duda, siguen jugando un papel esencial. Tienen una función reguladora imprescindible y necesaria al constituir un poder de última palabra. La virtud de su definición mínima, tal como lo ha formulado Joseph Schumpeter, sigue siendo la de poner fin a los conflictos de forma pacífica, dado que todo el mundo puede al menos acordar sobre el hecho aritmético de que 51 es mayor que 49. Pero esto no es suficiente para colmar las expectativas democráticas insatisfechas. Es por eso que hoy estamos en busca de una democracia poselectoral (término que considero más adecuado que el de posdemocracia). Quisiera esbozar en seguida algunos de sus rasgos tomando la idea de que una complejización de las formas y los resortes de la democracia permite encarar su desarrollo.

Complejizar la democracia para realizarla

Al describir el advenimiento del mundo democrático del que era testigo, Alexis de Tocqueville observaba: «La noción de gobierno se simplifica: el número solo hace la ley y el derecho. Toda la política se reduce a una cuestión de aritmética». Se debería decir exactamente lo contrario en la actualidad. El progreso democrático implica hoy complejizar la democracia mediante la multiplicación de los registros de expresión de la voluntad general, la ampliación de los términos de representación y el establecimiento de formas plurales de soberanía. La simplificación de la democracia hoy va a la par de su traición, bajo la forma de regímenes «autoritarios-liberales» y de movimientos populistas que la hacen posible.

Hacia una representación narrativa. En 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano señalaba enfáticamente que «la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos humanos son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos». La precisión es esencial: la calidad de la democracia depende de la presencia permanente en la vida pública de las realidades que viven los ciudadanos y del recuerdo de sus derechos. Democracia no significa solo soberanía popular, deliberación pública, designación de representantes; democracia también significa atención a todos, consideración explícita de todas las condiciones. Esto implica, por tanto, desarrollar una representación narrativa junto con la clásica representación-delegación (que funciona muy mal, en vista de cómo la función representativa de los partidos políticos se fue erosionando a medida que estos se iban integrando al mundo de los gobernantes). No ser representado es, en efecto, ser un invisible en la esfera pública, que los problemas de su vida no sean tenidos en cuenta y discutidos. La representación posee, en este caso, una dimensión cognitiva y expresiva. Esto va más allá de la noción de representación-figuración tal como clásicamente se la contrapone a las concepciones procedimentales. En efecto, existe una dimensión activa y multiforme en la representación-narración, mientras que la representación-figuración presupone una atención a las condiciones sociales concebidas de manera muy global.

Este proyecto de una democracia narrativa es también un medio para construir una sociedad de individuos plenamente iguales en dignidad, igualmente reconocidos y considerados, que puedan hacer sociedad común. Una mayor visibilidad y una mayor legibilidad conducen además a mejorar la gobernabilidad de la sociedad y las posibilidades de reforma. Una sociedad con un déficit de representación de sí misma oscila, en efecto, entre la pasividad y el miedo. Tiende a estar dominada por el resentimiento, que combina la cólera y la impotencia, y no puede pensar concretamente en la acción sobre sí misma. Debe constantemente simplificar y caricaturizar lo real para esperar volverlo maleable. La mala representación conduce de este modo a esfumar la realidad, a hacerla indecible. Entonces, la sociedad termina siendo marcada por una visión fantasmática de sí misma, erigiendo chivos expiatorios para explicar todos sus males. La democracia no puede vivir si los hombres y las mujeres no se reconocen tal como son para formar un mundo común. Esto requiere que exista una forma de comprensión recíproca entre sus miembros. El costo de la mala representación es por eso tanto social y moral como individual. «Vivimos en una terrible ignorancia los unos de los otros», se lamentaba Jules Michelet cuando buscaba explicar la dificultad de los individuos para formar un pueblo fraternal en la nueva república democrática de 1848. Cuando se ocultan las realidades, se dejan las vidas en la oscuridad, los prejuicios y los fantasmas gobiernan la imaginación. Esto también es lo que alimenta la desconfianza y los temores. Cuando los individuos se ignoran, los mecanismos de repliegue y de «guetización» se multiplican. Una sociedad no puede desarrollar mecanismos de solidaridad y de reciprocidad si no hay un cierto grado de confianza en su seno. Ahora bien, esta «institución invisible» que es la confianza tiene una dimensión directamente cognitiva, tal como observara enfáticamente Niklas Luhmann. No se puede de hecho confiar en quien es un extraño total, en alguien de quien nada se sabe. No se puede construir con aquellos de quienes se ignora casi todo.