Tema central

La democracia agredida Populismo, posdemocracia y neoliberalismo

El «fin de la Historia» planteado por Francis Fukuyama tras el final de la Guerra Fría se convirtió en el siglo XXI en una suerte de «fin de la imaginación» de las fuerzas políticas hegemónicas. La democracia representativa se enfrenta a una severa crisis y las izquierdas solo parecen reaccionar rememorando paraísos perdidos. Entre tanto, un «momento populista» ha instalado nuevas divisiones en el campo político. La crisis económica global y la desafección ciudadana que la acompaña han generado movimientos políticos que impugnan la democracia representativa, cuestionan el modelo de partidos y trazan una línea entre la «elite» y el «pueblo».

Enero - Febrero 2017
La democracia agredida / Populismo, posdemocracia y neoliberalismo

Liberalismo contra democracia

Como señaló Karl Marx, el capitalismo sale de cada crisis económica con menores recursos para solventar la siguiente. Así, los intentos de volver a insistir en las mismas recetas suelen ser infructuosos y generan, invariablemente, protestas sociales. Es lo que hay detrás de la ola de indignación provocada por la crisis de 2008 y sus efectos. Esta crisis, que inspiró entonces la voluntad repetida de Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y Barack Obama de «refundar el capitalismo», generó una ola de protestas que arrancó en el norte de África en 2010, llegó a Estados Unidos y América Latina pasando por Islandia, se detuvo en la emblemática Puerta del Sol de Madrid en 2011 y se expresó, finalmente, en el auge de populismos conservadores o de extrema derecha en eeuu, Europa e incluso América Latina. Si es cierto, por tanto, que el capitalismo sale de cada crisis con un abanico más reducido de soluciones, la actual no será ni la última ni la «definitiva», y ni el uso abusivo de los recursos naturales, ni la mayor transferencia de recursos del sur hacia el norte, ni la exportación a las generaciones futuras de la crisis vía deuda, ni el aumento de las tasas de explotación de los trabajadores serán previsiblemente un camino pacífico ni exitoso.

La crisis de 1973 había dejado poco a poco a la socialdemocracia y al sindicalismo sin agenda. El intercambio electoral entre socialdemócratas y democristianos se rompía mientras el «pueblo de izquierda» se quedaba sin sus principales referencias. El «fin de la Historia» planteado por Francis Fukuyama a partir de la caída de la Unión Soviética se convirtió en el siglo xxi en una suerte de «fin de la imaginación» de las fuerzas políticas hegemónicas. Así, los pueblos confrontados con sus necesidades terminan buscando nuevos instrumentos políticos. Se constituyó, entonces, un típico «momento populista», con una fase de impugnación (en marcha) y una fase de construcción posterior (que plausiblemente va a desembocar en una pérdida de densidad democrática, de no cuajar una respuesta popular alternativa).

La tradición política occidental ha tenido dos grandes vertientes: la liberal y la democrática. La tradición liberal es individualista, apuesta por la primacía de la propiedad privada y defiende el pluralismo y los pesos y contrapesos ligados a la división de poderes. La tradición democrática reposa sobre la soberanía popular y sus objetivos son la justicia y la igualdad. Durante los siglos xix y xx ambas tradiciones se fueron entremezclando. El liberalismo se hizo democrático –aceptó el sufragio universal y los derechos sociales– y la tradición democrática se hizo liberal –asumió la propiedad privada, renunció al asalto al Palacio de Invierno y aceptó el imperio de la ley–. Pero las crisis económicas son momentos de sinceramiento social. La caída del beneficio de las empresas y la incertidumbre ligada a los intereses del capital invitan invariablemente al liberalismo a regresar a su fondo doctrinario y renunciar a los componentes democráticos1. Es entonces cuando la ciudadanía amenazada en sus derechos impugna la situación económica y la política responsable de ese vaciamiento democrático. El neoliberalismo va a dar un salto y va a hacer del Estado un instrumento particular. Las desregulaciones propias del modelo neoliberal, las privatizaciones y las externalizaciones conllevan inevitablemente un aumento de la corrupción ligado a la laxitud de los controles, a la legitimación del enriquecimiento rápido, al ensanchamiento del ámbito geográfico de negocio y a la primacía del capitalismo financiero2. La situación de crisis derivada de la «traición» del liberalismo al compromiso democrático deja una estrecho catálogo de respuestas: algún gran acuerdo entre los principales partidos del sistema político (alguna variante de grosse Koalition), la denuncia de los excesos del sistema pero sin voluntad real de cambio sistémico (lo que podría definirse como «populismos de derechas»); un avance hacia formas que Boaventura de Sousa Santos llama «fascismo social»3 o una respuesta populista emancipadora que impugne el marco existente y plantee alguna suerte de proceso constituyente que cree un nuevo contrato social. Es en este sentido que las salidas populistas, en cualquiera de sus expresiones, se convierten en un espejo del estado real de la democracia4.

El neoliberalismo como sentido común

La extensión de la democracia a partir de la década de 1970 coincide con su vaciamiento de los derechos de ciudadanía marcados por la fórmula «Estado social y democrático de derecho». La democracia en el siglo xxi parte, pues, de una derrota. Entenderla es una condición necesaria para poner los cimientos que permitan salir de un «resistencialismo» ineficaz que, a su vez, ayude a trazar un nuevo «sentido común a favor de lo común» que articule las experiencias emancipadoras, la teoría crítica y las grietas abiertas en el sentido común neoliberal.

La lucha por este nuevo sentido común se hace extremadamente difícil porque el viejo sentido común ha tomado forma de deseo (la ideología del consumismo) o de una crítica catastrofista propia de momentos de crisis que también contribuye a la parálisis. La democracia dominada por el «Estado de partidos» incurre en paradojas irresolubles que, a su vez, la llevan a callejones sin salida: los partidos son el instrumento esencial de la gestión del Estado, pero operan en un marco liberal. De esta manera, los pesos y contrapesos propios de esa tradición dejan de estar en manos de la ciudadanía y se convierten en instrumentos de los propios partidos (un caso claro se ve en la prohibición constitucional del mandato imperativo de los representantes respecto de la ciudadanía, junto a su uso de facto por las direcciones de los partidos cartelizados, por ejemplo, cuando se exige la disciplina de voto a los diputados)5. De esta manera, la base de la llamada «posdemocracia»6 no es sino una situación de «pospolítica» en la que ha desaparecido la idea de conflicto tras la disolución del llamado «socialismo real» y se postula la futilidad de cualquier alternativa. Las dificultades de construir una agenda poscapitalista –o incluso una más modesta posneoliberal– están marcadas por la «selectividad estructural» del Estado, que mantiene la desafección en un inconformismo difuso (el Estado mantiene el discurso acerca del interés general pero no frena las desigualdades) e intercambia institucionalización por despolitización (las instituciones vaciadas, como las elecciones, funcionan solo gracias a una menor exigencia popular)7.

Dicho en otros términos: el Estado, como una relación social que expresa cómo se han solventado los conflictos en los últimos 200 años, puede resolver fácilmente unas demandas pero tiene una profunda dificultad para satisfacer otras, precisamente las de las mayorías. La insatisfacción creciente, que no puede ser resuelta institucionalmente sin afectar la lógica económica –por ejemplo, brindando vivienda social a los que carecen de ella–, se alimenta con la despolitización. Las «repolitizaciones» punitivas como las que señalan el Brexit o el voto a partidos de extrema derecha expresan la desafección con los sistemas políticos representativos, que ya no puede ser respondida desde el eje izquierda-derecha, que carece hoy de la fuerza simbólica que tuvo durante el siglo xx.

La teoría del «populismo» de Ernesto Laclau8 permite analizar el momento «destituyente» del modelo neoliberal y del liberalismo democrático representativo (diferente de la «democracia liberal»), pero presenta fuertes debilidades para pensar la fase «constituyente». La sociología de las ausencias y de las emergencias de De Sousa Santos9, así como la idea de «traducción» que plantea este autor, permiten pensar transformaciones más eficientes en las agendas «post», que deben revertir el vaciamiento de los significados y potenciar sus elementos comunes en un marco de cambio signado por el conflicto.

A lo largo del siglo xx, el pensamiento emancipador fue hegemonizado por el socialismo de base obrera, en una suerte de skyline mágico que iba de Marx a Antonio Negri, pasando por Lenin, Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci. Este recorrido cementaba una lectura compartida más allá de las recias discusiones teóricas. La afirmación de Marx en La ideología alemana de que los valores dominantes son los valores de las clases dominantes era principalmente apropiada para el mundo occidental, si bien la globalización fue extendiendo su validez. Así, el «modo natural» de entender la emancipación fue el que provenía de las metrópolis, mientras en el Sur global opera lo que Aníbal Quijano ha llamado la «colonialidad del saber»10. Esto cobraba más fuerza con la ocultación intencional de luchas alternativas, por lo común en el Sur global, que quedaban en la sombra por la mirada «epistemicida» del Norte global11. Vemos tres ejemplos claros de esta hegemonía, si bien de manera lateral, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, marcada por los valores europeos democráticos que fueron reafirmados por la derrota de las potencias del Eje en 1945; en la generalización de un patrón consumista, basado en la existencia de Estados de Bienestar, que «macdonaliza» la oferta y demanda de bienes por todo el planeta a través de la globalización de patrones de vida; por último, en el hundimiento de las ideologías de izquierda (incluso mucho más allá de la izquierda clásica) que se experimenta por doquier tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la urss en 1991.

La crisis del modelo neoliberal sorprendió a las epistemologías «realmente existentes» del Sur con las gafas aún sin graduar; y si bien en el continente latinoamericano comenzó una nueva etapa a partir de la victoria de Hugo Chávez en Venezuela en 1998, ha quedado claro que no se pudo ir más allá del intento de una agenda posneoliberal y que se aleja la construcción de una agenda poscapitalista. Agotada América Latina tras una década de ensayos alternativos en solitario, una respuesta democratizadora que proviniera de Europa se convertía en la suerte simbólica de la posibilidad de cambio en el conjunto del planeta.

Pero la crisis de 2008, marcada por el hundimiento de Lehman Brothers, propició el regreso a un nuevo consenso neoliberal que solo asume «caer hacia delante», es decir, regresar a sus fracasadas recetas y sus efectos: fin del contrato social de posguerra, devastación provocada por el cambio climático, migraciones, desempleo, precarización laboral, enfermedades y desigualdades extremas. Y, por otro lado, la posibilidad de explorar un modelo para el cual no hay referencias claras y que obliga a una experimentación –sometida por tanto a ensayo y error– cuyas faltas serán aprovechadas por los defensores de la extensión y profundización del modelo neoliberal.

La derrota de la democracia como punto de partida... de la democracia

El pensamiento crítico, pese a las fuertes intuiciones de Michel Foucault en la década de 1970, tardó mucho en entender que el neoliberalismo era un gran experimento que, lejos de insistir en el laissez faire, laissez passer del liberalismo clásico, buscaba una mutación del Estado con la vista puesta en cambiar la hegemonía y apuntalar un mercado que ya no se entendía como un hecho natural12. El modelo neoliberal fue bien resumido por Foucault en sus grandes rasgos como una sociedad de individuos que operan en mercados en competencia unos contra otros: «es necesario que la vida misma del individuo –incluida la relación, por ejemplo, con su propiedad privada, su familia, su pareja, la relación con sus seguros, su jubilación– lo convierta en una suerte de empresa permanente y múltiple»13. El metabolismo del neoliberalismo es el mismo que el del sistema capitalista, si bien con la ideología del consumo agravada, al convertirse en, prácticamente, el único proyecto de vida visible.

Las tres décadas de ventaja que saca el modelo neoliberal a sus alternativas tiene mucho que ver con un problema de análisis. Al igual que otros economistas, Joseph Stiglitz14 ha insistido en que el éxito del neoliberalismo se vincula a su capacidad para convencer de que no existe alternativa (de ahí los recurrentes premios Nobel de economía a autores neoliberales durante más de dos décadas, desde el inicial a Friedrich Hayek en 1974). En este sentido, podemos afirmar que la parálisis del pensamiento crítico y la política de izquierda se relaciona con una deficiente manera de enfrentar en la teoría y la práctica la renovación del pensamiento liberal. Una vez más, podemos decir con De Sousa Santos que no es posible construir la alternativa sin construir un pensamiento alternativo. Es tiempo, como planteó Martin Heidegger, de dar vuelta la tesis 11 de Marx sobre Feuerbach y entender que hoy solo se puede cambiar el mundo si también lo interpretamos de manera diferente.

Desde la década de 1970, el neoliberalismo hizo el diagnóstico de la imposibilidad de universalización del modelo keynesiano y, al tiempo, ofertó su terapia: la ya conocida reducción del gasto social, apertura de fronteras y desregulación laboral y financiera y primacía de las variables monetarias, en un contexto de derrota necesaria de la clase obrera. Habría que añadir que también se contaba con la sujeción de continentes enteros a las necesidades de valoración del capital, aunque para ello hiciera falta promover golpes de Estado o sostener dictaduras. De hecho, es un lugar común en las evaluaciones de la democracia que conductas de corte neoimperialista no sean por lo general valoradas ni para cuestionar el comportamiento democrático de un país ni para explicar las dificultades de otros para alcanzar «democracias de calidad». Al final, democracia no es sino lo que hacen los países rectores de la globalización neoliberal15.

El neoliberalismo coincidió en los años 70 con el pensamiento crítico al asumir como propia la idea de «crisis». La crisis fiscal del Estado de James O’Connor (1973)16 o los trabajos sobre la crisis de legitimidad del capitalismo de Claus Offe (1972)17 y luego Jürgen Habermas (1973)18 marcaron un diagnóstico desde la izquierda que fue asumido por la incipiente recuperación del neoliberalismo durante los años 70. Pero, a diferencia de la iniciativa de la derecha, la actitud política de las izquierdas estuvo lastrada por la nostalgia –por tanto, por la imposibilidad de asumir la realidad– ante la dificultad de entender la capacidad del capitalismo para renovarse. Allí donde el neoliberalismo ofreció el diagnóstico y la terapia, la izquierda propuso apenas recuperar el paraíso perdido, una vez que constataba que el esperado colapso del sistema no llegaba (lo que explica el corrimiento general de las fuerzas políticas de izquierda hacia el «centro» y su postulación teórica19). Allí donde la derecha se presentó como la avanzada del pensamiento («los progresistas somos nosotros», afirmaría Margaret Thatcher), la izquierda que dirigía sus críticas contra el Estado social acusándolo de ser una trampa del capitalismo empezó a suspirar por su regreso. Algo aún más evidente en la socialdemocracia, que quiso ignorar que el modelo keynesiano tuvo lugar en condiciones irrepetibles y que, pese a eso, implosionó por la caída de la productividad. Como hemos visto en otro lugar, la idea de posdemocracia no deja de ser una queja impotente por el paraíso perdido, que impide ver las claves reales de la quiebra de la democracia en el mundo en el arranque del siglo xxi20. No es extraño pues que, después de esas cuatro décadas largas de ventaja, Europa vea –según afirman Christian Laval y Pierre Dardot21– cómo incluso los fundamentos de la construcción europea están cambiando hasta renunciar a lo logrado tras la derrota del fascismo en 1945.

La esencia de lo político, que es el conflicto22, ha venido dejando paso a un relato donde todo es reducible al consenso (lo que explica igualmente el abuso del término «terrorista» para cualquier disidencia respecto de esta reducción del espacio político). La prescindibilidad de la política tiene que ver, exactamente, con su sustitución por un discurso técnico. Ya no se debate entre opciones que encierran modelos diferentes, sino entre ajustes que van a alcanzar mejor los expertos que los ciudadanos. El concepto «gobernanza» resume esta simplificación. Una vez desaparecidos los conflictos sociales, especialmente entre el capital y el trabajo, los desacuerdos serían meramente una cuestión de experticia. Y esto conduce a su vez a asumir que la democracia mejora cuando los técnicos son los que toman decisiones (más allá de la vinculación empírica de los técnicos de referencia social con las empresas). Una variante del gobierno de los técnicos está en el gobierno de los triunfadores: personas de éxito que prometen llevar a los gobiernos su triunfo económico.

En Argentina, la configuración de un gobierno de ceo por parte de Mauricio Macri en abril de 2016 es una clara señal en esta dirección23. Los ciudadanos, como siempre ha argumentado el pensamiento liberal, se convierten en los peores consejeros de sí mismos. Más aún: con el desarrollo de la educación y la instrucción alcanzada por los sectores populares, lo único que se logra dándoles más importancia de la precisa es sobrecargar al Estado con exigencias que terminan por ser inasumibles por el envejecimiento de la población, la caída de la productividad o el incremento del déficit y la deuda públicos. El discurso, propio del pensamiento conservador, terminó siendo hecho propio por la socialdemocracia.

El principal logro popular en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, el Estado social, está hoy siendo desmantelado con argumentos supuestamente técnicos y, por tanto, irrebatibles. En ese callejón sin salida, las respuestas populistas, que apelan a la construcción de un «ellos» y un «nosotros» separados por el interés general y la construcción de una nueva idea de pueblo, están servidas. La globalización, presentada como un destino inevitable –There is no alternative– permite dar un sentido nacionalista a la disconformidad popular que, a su vez, encuentra más fácil articular este sentido en torno de un polo claro –un líder o una formación política– y de un enemigo. Enfrente, la propuesta neoliberal empieza a sumar lo que puede verse como un programa político: el mantenimiento del sistema de pensiones es insostenible y reclama planes privados de pensiones. La educación pública, además de un dispendio, es de mala calidad y quita libertad a las familias. La sanidad universal no solamente es un gasto absurdo y anquilosado, sino que construye una burocracia enemiga de la libertad y la eficiencia. ¿Quién argumenta esa imposibilidad? El nuevo sentido común, sostenido por un cuerpo de técnicos insertos en los aparatos del Estado (principalmente, abogados y economistas) que, con un lenguaje propio, definen los contornos del mundo necesario. Se trata del «Estado gerencial» que arranca de los años 90 e inyecta la lógica de la empresa y el cliente en las instituciones24.

Vemos el resultado igualmente inevitable en la paradoja de que, al tiempo que la democracia se ha convertido en incuestionable, se ha vaciado tanto en su capacidad de representación como en su capacidad de elección25, a punto tal que, como ya ocurriera en la década de 1970, autores conservadores como Fareed Zakaria26 o Jared Diamond27 resucitaron y mantienen la queja de Samuel Huntington sobre el «exceso de democracia», que justificaría en su día la defensa de la «gobernabilidad» e, incluso, de los golpes de Estado. En el metabolismo del capital, el neoliberalismo es un resultado lógico, e incluso la idea de gobernanza se convierte en un visitante incómodo.

No hay que dejar de lado que en la idea de derrota del espacio de la «izquierda» hay que considerar al menos cuatro grandes elementos: el vaciamiento de la conciencia obrera y la sumisión moral de las organizaciones sindicales; las insuficiencias teóricas del campo crítico; las debilidades de la gestión socialista y comunista; y la derrota social de los valores propios de la emancipación.

El miedo como una herramienta para la construcción de hegemonía

La muerte de dios; la quiebra del mundo del trabajo retratada por André Gorz28 hace más de tres décadas; el fin del monopolio de la familia tradicional; la mercantilización creciente de espacios sociales que se resistían a caer bajo la ley de la oferta y la demanda; la precarización laboral y la sobrecarga femenina en las tareas de cuidados; la urbanización, que genera una fragmentación que nos traslada a «burbujas culturales» desligadas de la realidad física; el endeudamiento de los trabajadores, esto es, el mantenimiento precario del nivel de consumo mediante la vinculación al sistema financiero (el «hombre endeudado»29 que empieza a asumir la condición de «empresario de sí mismo» y, por tanto, incorpora el riesgo de vivir bajo la tensión del fracaso); el cambio climático –que empieza a visualizarse cotidianamente en forma de tsunamis, sequías (con las consecuencias de falta de agua potable, imposibilidad de riego y colapso energético), lluvias torrenciales, tifones, terremotos, con los consiguientes efectos locales de empobrecimiento súbito y las no menos consecuentes migraciones–; la guerra como recurso creciente de solución de problemas (salida «normalizada» desde la Ley Patriótica con la que se contestó al atentado en las Torres Gemelas de Nueva York en 2001); y, como conclusión de todos estos desequilibrios, el necesario aumento de refugiados que buscan salir de la muerte segura, bien por cuestiones económicas, políticas o medioambientales (lo que más migraciones venía generando antes de la guerra de Siria): todos estos factores forman un escenario de miedo e incertidumbre muy alejado del clima de diálogo que precisan las salidas progresistas.

La solución neoliberal a su propia crisis se pretende solventar con las mismas medicinas que han generado la enfermedad. El recurso a más mercado, a más dinero fiduciario, a más privatizaciones, a más precariedad laboral desemboca en la expresión máxima de la competitividad, que es la guerra. La lucha por los recursos energéticos y la consiguiente estrategia geopolítica han llevado a la desestabilización de Oriente Medio. Las dos guerras del Golfo, el apoyo a Al-Qaeda en Afganistán, el atentado a las Torres Gemelas dirigido por un antiguo colaborador de la Agencia Central de Inteligencia (cia) como Osama Bin Laden, la lucha «contra el terrorismo» a partir de 2011, la invasión de Afanistán e Iraq, la guerra en Libia y en Yemen, y la más reciente en Siria –que generó la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial–, la financiación por parte de eeuu y Arabia Saudita del fundamentalismo –y a partir de 2014, de Daesh30–, junto con la recuperación de Rusia e Irán como actores relevantes en la zona, han producido una suerte de «empate catastrófico» cuyo efecto más visible son los millones de desplazados y la quiebra del derecho de asilo que formaba parte de los derechos humanos asumidos por la comunidad internacional.

Todos estos elementos tienen un rasgo en común: individualizan, crean inseguridad y generan un clima de miedo que actúa como caldo de cultivo de respuestas autoritarias y securitarias (y, por tanto, preparan, justifican y explican la conversión de las democracias en «securocracias», donde el argumento de la lucha contra el terrorismo justifica los recortes en el Estado de derecho). Es importante entender que estos rasgos de las sociedades neoliberales no forman parte sin más de una voluntad política por la cual unos actores ejecutan un plan preconcebido. Es cierto que el neoliberalismo se articula como un «enorme experimento»31, pero tiene detrás cuatro elementos estructurales que impiden cualquier suerte de regreso al pasado (la globalización –con las guerras y migraciones inherentes–; la caída de la tasa de ganancia tanto en el modelo keynesiano como en el neoliberal; el aumento de la complejidad social –acompañado de la robotización de la economía– y el deterioro medioambiental). Esto es esencial, pues pone en cuestión el argumento central de buena parte de los partidos del arco de la izquierda clásica acerca de la necesidad de recuperar la «edad de oro socialdemócrata». La puesta en cuestión del Estado social ha generado un corrimiento ideológico hacia posiciones más templadas del arco político. La socialdemocracia usa argumentos propios de la derecha liberal, los partidos poscomunistas y sus alianzas vuelven a los postulados socialdemócratas (basta mirar los programas electorales de las fuerzas políticas en las que participan) y los partidos liberales o de derecha muestran su complacencia con las sociedades neoliberales, escondidos en la formalidad democrática pero comportándose de manera ejecutiva en la extensión del «fascismo social». Pero si la quiebra del modelo keynesiano fue estructural y dio cuenta de una serie de factores que no pueden revertirse, parece evidente que las respuestas a las preguntas aún válidas de la Ilustración (igualdad, libertad, fraternidad, paz) deben darse no desde la búsqueda de alternativas, sino desde un «pensamiento alternativo de alternativas»32.

Modulaciones en torno del populismo

«Populismo» se ha convertido en un concepto de combate. Se utiliza en ámbitos políticos y periodísticos para nombrar cualquier articulación política que cuestiona la democracia representativa liberal, el sistema de partidos y la exclusión de capas crecientes de la sociedad. El agotamiento de la democracia representativa «realmente existente» y del modelo neoliberal ha generado toda suerte de respuestas a lo largo del planeta. Desde las «primaveras árabes» (cuyos reclamos incorporaban un deseo poco definido de democracia) a la Nuit debout francesa, pasando por Occupy Wall Street, la plaza Syntagma de Atenas y el movimiento 15-m en España. La expresión del movimiento indignado se resumió en España en dos lemas que se dejaron oír en las calles de Madrid: «no nos representan» y «no queremos ser mercancías en manos de banqueros y políticos corruptos». La repolitización que marcó ese movimiento explica que la respuesta a la crisis no haya tenido una expresión en forma de populismo de extrema derecha sino de populismo emancipador (el partido Podemos).

Pero el inconformismo frente al agotamiento del modelo socioeconómico actual ha sido canalizado por expresiones de extrema derecha en todo el mundo, en especial en eeuu y Europa, donde, como un rango distintivo, los nombres de los partidos ocultan su ideología extremista o apelan a la nación como cemento de reconstrucción del cuerpo social fragmentado: Partido de la Libertad (Holanda y Austria), Partido del Progreso (Noruega), Demócratas de Suecia, además de Alianza por Alemania o el Frente Nacional francés33. Las fuerzas tradicionales de la izquierda no estuvieron atentas a los cambios que estaban operándose en el sistema y volvieron a cometer el error de no entender la capacidad del capitalismo para adaptarse a las nuevas condiciones. Esto se tradujo en que lo «políticamente incorrecto», es decir, la respuesta airada a la creciente exclusión, fue depositándose en partidos políticos de matriz conservadora, mientras que la izquierda fue apuntalando su condición de «recuperadora» del Estado social perdido.

Aquí se verifica una dualidad. Como ya se mencionó, la oposición al modelo neoliberal y su correlato político de democracia representativa tiene dos momentos: uno destituyente, de impugnación del modelo existente, y otro constituyente, cuando se establecen las alternativas. En la fase destituyente pueden coincidir formaciones políticas que vienen de realidades radicalmente diferentes, como el Frente Nacional francés (extrema derecha xenófoba fundada por un colaborador del nazismo), el Cinco Estrellas italiano (fundado por un cómico televisivo con lo que quedó del naufragio de Silvio Berlusconi y los retazos de la vieja izquierda comunista) o Podemos en España (nacido del 15-m). La diferencia está en que el populismo conservador nunca impugna el sistema, sino los «excesos del sistema» (la burocracia, la corrupción, los privilegios de los políticos, la exclusión de sectores crecientes de la sociedad, las desigualdades extremas o, en el caso de la ue, la pérdida de soberanía nacional). En la medida en que expresa el sentido común conservador, la salida más probable de respuesta a la exclusión es por el populismo de derechas, lo que explica el ascenso vertiginoso de los partidos «antisistema» de corte xenófobo y críticos hacia la ue, percibida como un entramado burocrático costoso e ineficiente que robaría la verdadera libertad, la del Estado nacional soberano.

Algunas conclusiones

La crisis económica global y la desafección ciudadana que la ha acompañado han generado movimientos políticos que impugnan la democracia representativa, cuestionan el modelo de partidos, trazan una línea entre la «elite» y el «pueblo» y desarrollan diferentes maneras de reinventarse como colectivo. En este sentido, cobran fuerza las apelaciones nacionales como referente de unión comunitaria, se construyen enemigos (los inmigrantes, la burocracia, los políticos, la izquierda, los sindicatos, las minorías, las elites, los ricos, la banca) y se fortalecen los liderazgos que apelan directamente a la ciudadanía. Es decir, construyen un «momento populista». Mientras las fuerzas tradicionales de la izquierda experimentan un claro retroceso en Europa, América Latina y eeuu, surge una nueva derecha que asume los principios del liberalismo doctrinario –una fuerte apelación a la nación cristiana de propietarios y una primacía de lo securitario–, pero se libera de los elementos democráticos, al tiempo que asume el funcionamiento de la economía neoliberal y la intervención del Estado para garantizar esa recuperación económica empresarial aun a costa de la cohesión social y la redistribución de la renta propia del modelo welfare. La incapacidad del sistema de ganar la autorización política a través del discurso populista y de las medidas autoritarias refuerza el ámbito de la extrema derecha, que se convierte así en sistémica.

Resulta difícil imaginar salidas a la creciente exclusión social que marca el modelo neoliberal (que, como hemos señalado, solventa sus fracasos insistiendo en sus postulados), de manera que las soluciones debieran salir de una impugnación a ese modelo. En ese marco, las «grandes coaliciones» actúan como clausuras políticas y los gobiernos que se han alzado con el poder con un discurso populista pronto tendrán que demostrar la consistencia de sus promesas. El surgimiento de fuerzas políticas como Podemos en España irían en esa dirección alternativa, pero tampoco brindan una solución evidente, ya que solamente a través de alianzas regionales sería posible articular una respuesta alternativa al modelo neoliberal y al auge de la extrema derecha en Europa.

  • 1.

    Domenico Losurdo: Contrahistoria del liberalismo, El Viejo Topo, Barcelona, 2005; Albert O. Hirschman: Retóricas de la intransigencia, fce, Ciudad de México, 1991; Antoni Domènech: El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista, Crítica, Barcelona, 2004.

  • 2.

    David Hall: «Dealing with Corruption and State Capture in Europe», trabajo presentado en la conferencia del European Public Service Union (epsu), Zagreb, octubre de 2012.

  • 3.

    B. de Sousa Santos: El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política, Trotta, Madrid, 2005.

  • 4.

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  • 5.

    Richard Katz y Peter Mair: «The Cartel Party Thesis: a Restatement» en Perspectives on Politics vol. 7 No 4, 2009.

  • 6.

    Colin Crouch: Posdemocracia, Taurus, Madrid, 2004.

  • 7.

    Bob Jessop: El futuro del Estado capitalista, Catarata, Madrid, 2008.

  • 8.

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  • 9.

    B. de Sousa Santos: El milenio huérfano, cit.

  • 10.

    A. Quijano: «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina» en Edgardo Lander (ed.): La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Clacso, Buenos Aires, 1993.

  • 11.

    B. de Sousa Santos: Descolonizar el saber, reinventar el poder, Trilce, Montevideo, 2010.

  • 12.

    J.C. Monedero: «¿Posdemocracia? Frente al pesimismo de la nostalgia, el optimismo de la desobediencia» en Nueva Sociedad No 240, 7-8/2012, disponible en www.nuso.org.

  • 13.

    M. Foucault: Nacimiento de la biopolítica, fce, Ciudad de México, 2007, p. 277.

  • 14.

    J. Stiglitz: El malestar en la globalización, Taurus, Madrid, 2002.

  • 15.

    Larry Diamond: «Hacer frente a la regresión democrática» en La Vanguardia, Vanguardia Dossier No 59, 1-3/2016; Marc F. Plattner: «¿Se halla en declive la democracia?» en La Vanguardia, Vanguardia Dossier No 59, 1-3/2016.

  • 16.

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  • 17.

    C. Offe: Strukturprobleme des kapitalistischen Staates, Suhrkamp, Fráncfort, 1972.

  • 18.

    J. Habermas: Legitimationsprobleme im Spätkapitalismus, Suhrkamp, Fráncfort, 1973.

  • 19.

    Anthony Giddens: La tercera vía, Taurus, Madrid, 1999.

  • 20.

    J.C. Monedero: ob. cit.

  • 21.

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  • 22.

    Chantal Mouffe: La paradoja democrática, Paidós, Barcelona, 2003.

  • 23.

    David Cayón: «El sector privado llega al gobierno de Argentina» en Forbes México, 20/4/2016.

  • 24.

    David Osborne y Ted Gaebler: Reinventing Government: How the Entrepreneurial Spirit is Transforming the Public Sector, Addison-Wesley, Nueva York, 1992.

  • 25.

    B. de Sousa Santos y Leonardo Avritzer: «Para ampliar el canon democrático» en B. de Sousa Santos (coord.): Democratizar la democracia. Los caminos de la democracia participativa, fce, Ciudad de México, 2004.

  • 26.

    F. Zakaria: El futuro de la libertad, Taurus, Madrid, 2003.

  • 27.

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  • 28.

    A. Gorz: Adiós al proletariado (más allá del socialismo), Imago Mundi, Buenos Aires, 1989.

  • 29.

    Maurizio Lazzarato: La fábrica del hombre endeudado. Ensayo sobre la condición neoliberal, Amorrortu, Buenos Aires, 2013.

  • 30.

    Olga Rodríguez: «Cómo surge el isis, cómo se financia, quiénes hacen la vista gorda» en Eldiario.es, 16/11/2015.

  • 31.

    Paul Mason: Postcapitalismo, Paidós, Barcelona, 2016.

  • 32.

    B. de Sousa Santos: Crítica de la razón indolente vol. i, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2003.

  • 33.

    Marcello Musto: «Nuevos populismos y xenofobia. El amenazador avance de la extrema derecha en Europa» en sinpermiso, 8/11/2015.