Tema central

La democracia agredida Populismo, posdemocracia y neoliberalismo

Desde la década de 1970, el neoliberalismo hizo el diagnóstico de la imposibilidad de universalización del modelo keynesiano y, al tiempo, ofertó su terapia: la ya conocida reducción del gasto social, apertura de fronteras y desregulación laboral y financiera y primacía de las variables monetarias, en un contexto de derrota necesaria de la clase obrera. Habría que añadir que también se contaba con la sujeción de continentes enteros a las necesidades de valoración del capital, aunque para ello hiciera falta promover golpes de Estado o sostener dictaduras. De hecho, es un lugar común en las evaluaciones de la democracia que conductas de corte neoimperialista no sean por lo general valoradas ni para cuestionar el comportamiento democrático de un país ni para explicar las dificultades de otros para alcanzar «democracias de calidad». Al final, democracia no es sino lo que hacen los países rectores de la globalización neoliberal15.

El neoliberalismo coincidió en los años 70 con el pensamiento crítico al asumir como propia la idea de «crisis». La crisis fiscal del Estado de James O’Connor (1973)16 o los trabajos sobre la crisis de legitimidad del capitalismo de Claus Offe (1972)17 y luego Jürgen Habermas (1973)18 marcaron un diagnóstico desde la izquierda que fue asumido por la incipiente recuperación del neoliberalismo durante los años 70. Pero, a diferencia de la iniciativa de la derecha, la actitud política de las izquierdas estuvo lastrada por la nostalgia –por tanto, por la imposibilidad de asumir la realidad– ante la dificultad de entender la capacidad del capitalismo para renovarse. Allí donde el neoliberalismo ofreció el diagnóstico y la terapia, la izquierda propuso apenas recuperar el paraíso perdido, una vez que constataba que el esperado colapso del sistema no llegaba (lo que explica el corrimiento general de las fuerzas políticas de izquierda hacia el «centro» y su postulación teórica19). Allí donde la derecha se presentó como la avanzada del pensamiento («los progresistas somos nosotros», afirmaría Margaret Thatcher), la izquierda que dirigía sus críticas contra el Estado social acusándolo de ser una trampa del capitalismo empezó a suspirar por su regreso. Algo aún más evidente en la socialdemocracia, que quiso ignorar que el modelo keynesiano tuvo lugar en condiciones irrepetibles y que, pese a eso, implosionó por la caída de la productividad. Como hemos visto en otro lugar, la idea de posdemocracia no deja de ser una queja impotente por el paraíso perdido, que impide ver las claves reales de la quiebra de la democracia en el mundo en el arranque del siglo xxi20. No es extraño pues que, después de esas cuatro décadas largas de ventaja, Europa vea –según afirman Christian Laval y Pierre Dardot21– cómo incluso los fundamentos de la construcción europea están cambiando hasta renunciar a lo logrado tras la derrota del fascismo en 1945.

La esencia de lo político, que es el conflicto22, ha venido dejando paso a un relato donde todo es reducible al consenso (lo que explica igualmente el abuso del término «terrorista» para cualquier disidencia respecto de esta reducción del espacio político). La prescindibilidad de la política tiene que ver, exactamente, con su sustitución por un discurso técnico. Ya no se debate entre opciones que encierran modelos diferentes, sino entre ajustes que van a alcanzar mejor los expertos que los ciudadanos. El concepto «gobernanza» resume esta simplificación. Una vez desaparecidos los conflictos sociales, especialmente entre el capital y el trabajo, los desacuerdos serían meramente una cuestión de experticia. Y esto conduce a su vez a asumir que la democracia mejora cuando los técnicos son los que toman decisiones (más allá de la vinculación empírica de los técnicos de referencia social con las empresas). Una variante del gobierno de los técnicos está en el gobierno de los triunfadores: personas de éxito que prometen llevar a los gobiernos su triunfo económico.

En Argentina, la configuración de un gobierno de ceo por parte de Mauricio Macri en abril de 2016 es una clara señal en esta dirección23. Los ciudadanos, como siempre ha argumentado el pensamiento liberal, se convierten en los peores consejeros de sí mismos. Más aún: con el desarrollo de la educación y la instrucción alcanzada por los sectores populares, lo único que se logra dándoles más importancia de la precisa es sobrecargar al Estado con exigencias que terminan por ser inasumibles por el envejecimiento de la población, la caída de la productividad o el incremento del déficit y la deuda públicos. El discurso, propio del pensamiento conservador, terminó siendo hecho propio por la socialdemocracia.

El principal logro popular en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, el Estado social, está hoy siendo desmantelado con argumentos supuestamente técnicos y, por tanto, irrebatibles. En ese callejón sin salida, las respuestas populistas, que apelan a la construcción de un «ellos» y un «nosotros» separados por el interés general y la construcción de una nueva idea de pueblo, están servidas. La globalización, presentada como un destino inevitable –There is no alternative– permite dar un sentido nacionalista a la disconformidad popular que, a su vez, encuentra más fácil articular este sentido en torno de un polo claro –un líder o una formación política– y de un enemigo. Enfrente, la propuesta neoliberal empieza a sumar lo que puede verse como un programa político: el mantenimiento del sistema de pensiones es insostenible y reclama planes privados de pensiones. La educación pública, además de un dispendio, es de mala calidad y quita libertad a las familias. La sanidad universal no solamente es un gasto absurdo y anquilosado, sino que construye una burocracia enemiga de la libertad y la eficiencia. ¿Quién argumenta esa imposibilidad? El nuevo sentido común, sostenido por un cuerpo de técnicos insertos en los aparatos del Estado (principalmente, abogados y economistas) que, con un lenguaje propio, definen los contornos del mundo necesario. Se trata del «Estado gerencial» que arranca de los años 90 e inyecta la lógica de la empresa y el cliente en las instituciones24.

  • 15.

    Larry Diamond: «Hacer frente a la regresión democrática» en La Vanguardia, Vanguardia Dossier No 59, 1-3/2016; Marc F. Plattner: «¿Se halla en declive la democracia?» en La Vanguardia, Vanguardia Dossier No 59, 1-3/2016.

  • 16.

    J. O’Connor: La crisis fiscal del Estado [1973], Península, Barcelona, 1981.

  • 17.

    C. Offe: Strukturprobleme des kapitalistischen Staates, Suhrkamp, Fráncfort, 1972.

  • 18.

    J. Habermas: Legitimationsprobleme im Spätkapitalismus, Suhrkamp, Fráncfort, 1973.

  • 19.

    Anthony Giddens: La tercera vía, Taurus, Madrid, 1999.

  • 20.

    J.C. Monedero: ob. cit.

  • 21.

    C. Laval y P. Dardot: La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal, Gedisa, Barcelona, 2013.

  • 22.

    Chantal Mouffe: La paradoja democrática, Paidós, Barcelona, 2003.

  • 23.

    David Cayón: «El sector privado llega al gobierno de Argentina» en Forbes México, 20/4/2016.

  • 24.

    David Osborne y Ted Gaebler: Reinventing Government: How the Entrepreneurial Spirit is Transforming the Public Sector, Addison-Wesley, Nueva York, 1992.