Tema central

La democracia agredida Populismo, posdemocracia y neoliberalismo

Dicho en otros términos: el Estado, como una relación social que expresa cómo se han solventado los conflictos en los últimos 200 años, puede resolver fácilmente unas demandas pero tiene una profunda dificultad para satisfacer otras, precisamente las de las mayorías. La insatisfacción creciente, que no puede ser resuelta institucionalmente sin afectar la lógica económica –por ejemplo, brindando vivienda social a los que carecen de ella–, se alimenta con la despolitización. Las «repolitizaciones» punitivas como las que señalan el Brexit o el voto a partidos de extrema derecha expresan la desafección con los sistemas políticos representativos, que ya no puede ser respondida desde el eje izquierda-derecha, que carece hoy de la fuerza simbólica que tuvo durante el siglo xx.

La teoría del «populismo» de Ernesto Laclau8 permite analizar el momento «destituyente» del modelo neoliberal y del liberalismo democrático representativo (diferente de la «democracia liberal»), pero presenta fuertes debilidades para pensar la fase «constituyente». La sociología de las ausencias y de las emergencias de De Sousa Santos9, así como la idea de «traducción» que plantea este autor, permiten pensar transformaciones más eficientes en las agendas «post», que deben revertir el vaciamiento de los significados y potenciar sus elementos comunes en un marco de cambio signado por el conflicto.

A lo largo del siglo xx, el pensamiento emancipador fue hegemonizado por el socialismo de base obrera, en una suerte de skyline mágico que iba de Marx a Antonio Negri, pasando por Lenin, Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci. Este recorrido cementaba una lectura compartida más allá de las recias discusiones teóricas. La afirmación de Marx en La ideología alemana de que los valores dominantes son los valores de las clases dominantes era principalmente apropiada para el mundo occidental, si bien la globalización fue extendiendo su validez. Así, el «modo natural» de entender la emancipación fue el que provenía de las metrópolis, mientras en el Sur global opera lo que Aníbal Quijano ha llamado la «colonialidad del saber»10. Esto cobraba más fuerza con la ocultación intencional de luchas alternativas, por lo común en el Sur global, que quedaban en la sombra por la mirada «epistemicida» del Norte global11. Vemos tres ejemplos claros de esta hegemonía, si bien de manera lateral, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, marcada por los valores europeos democráticos que fueron reafirmados por la derrota de las potencias del Eje en 1945; en la generalización de un patrón consumista, basado en la existencia de Estados de Bienestar, que «macdonaliza» la oferta y demanda de bienes por todo el planeta a través de la globalización de patrones de vida; por último, en el hundimiento de las ideologías de izquierda (incluso mucho más allá de la izquierda clásica) que se experimenta por doquier tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la urss en 1991.

La crisis del modelo neoliberal sorprendió a las epistemologías «realmente existentes» del Sur con las gafas aún sin graduar; y si bien en el continente latinoamericano comenzó una nueva etapa a partir de la victoria de Hugo Chávez en Venezuela en 1998, ha quedado claro que no se pudo ir más allá del intento de una agenda posneoliberal y que se aleja la construcción de una agenda poscapitalista. Agotada América Latina tras una década de ensayos alternativos en solitario, una respuesta democratizadora que proviniera de Europa se convertía en la suerte simbólica de la posibilidad de cambio en el conjunto del planeta.

Pero la crisis de 2008, marcada por el hundimiento de Lehman Brothers, propició el regreso a un nuevo consenso neoliberal que solo asume «caer hacia delante», es decir, regresar a sus fracasadas recetas y sus efectos: fin del contrato social de posguerra, devastación provocada por el cambio climático, migraciones, desempleo, precarización laboral, enfermedades y desigualdades extremas. Y, por otro lado, la posibilidad de explorar un modelo para el cual no hay referencias claras y que obliga a una experimentación –sometida por tanto a ensayo y error– cuyas faltas serán aprovechadas por los defensores de la extensión y profundización del modelo neoliberal.

La derrota de la democracia como punto de partida... de la democracia

El pensamiento crítico, pese a las fuertes intuiciones de Michel Foucault en la década de 1970, tardó mucho en entender que el neoliberalismo era un gran experimento que, lejos de insistir en el laissez faire, laissez passer del liberalismo clásico, buscaba una mutación del Estado con la vista puesta en cambiar la hegemonía y apuntalar un mercado que ya no se entendía como un hecho natural12. El modelo neoliberal fue bien resumido por Foucault en sus grandes rasgos como una sociedad de individuos que operan en mercados en competencia unos contra otros: «es necesario que la vida misma del individuo –incluida la relación, por ejemplo, con su propiedad privada, su familia, su pareja, la relación con sus seguros, su jubilación– lo convierta en una suerte de empresa permanente y múltiple»13. El metabolismo del neoliberalismo es el mismo que el del sistema capitalista, si bien con la ideología del consumo agravada, al convertirse en, prácticamente, el único proyecto de vida visible.

Las tres décadas de ventaja que saca el modelo neoliberal a sus alternativas tiene mucho que ver con un problema de análisis. Al igual que otros economistas, Joseph Stiglitz14 ha insistido en que el éxito del neoliberalismo se vincula a su capacidad para convencer de que no existe alternativa (de ahí los recurrentes premios Nobel de economía a autores neoliberales durante más de dos décadas, desde el inicial a Friedrich Hayek en 1974). En este sentido, podemos afirmar que la parálisis del pensamiento crítico y la política de izquierda se relaciona con una deficiente manera de enfrentar en la teoría y la práctica la renovación del pensamiento liberal. Una vez más, podemos decir con De Sousa Santos que no es posible construir la alternativa sin construir un pensamiento alternativo. Es tiempo, como planteó Martin Heidegger, de dar vuelta la tesis 11 de Marx sobre Feuerbach y entender que hoy solo se puede cambiar el mundo si también lo interpretamos de manera diferente.

  • 8.

    E. Laclau: La razón populista, fce, Buenos Aires, 2005.

  • 9.

    B. de Sousa Santos: El milenio huérfano, cit.

  • 10.

    A. Quijano: «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina» en Edgardo Lander (ed.): La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Clacso, Buenos Aires, 1993.

  • 11.

    B. de Sousa Santos: Descolonizar el saber, reinventar el poder, Trilce, Montevideo, 2010.

  • 12.

    J.C. Monedero: «¿Posdemocracia? Frente al pesimismo de la nostalgia, el optimismo de la desobediencia» en Nueva Sociedad No 240, 7-8/2012, disponible en www.nuso.org.

  • 13.

    M. Foucault: Nacimiento de la biopolítica, fce, Ciudad de México, 2007, p. 277.

  • 14.

    J. Stiglitz: El malestar en la globalización, Taurus, Madrid, 2002.