Tema central

La crisis actual de América Latina: causas y soluciones

- Por lo antes dicho, debe emprenderse finalmente un debate a fondo sobre cuál es la cultura política imperante en la región que dificulta de forma tan desgastante el cambio social. Los primeros indicios no son difíciles de hallar: los estratos sociales más influyentes y con mayor poder de decisión se las han arreglado muy bien con las desigualdades sociales y, para ellos, cambio es sinónimo, por lo general, de desmejora. Esto es aplicable no solo a la elite económica sino también a las clases medias: 20% de la población activa, que produce 40% del pib regional y que accede a excelentes servicios sociales y económicos, no necesita al 50% de los trabajadores precarizados o informales, que tienen una escasa participación de 10% del pib, para su bienestar y prosperidad, y los emplean solo para vivir aún más cómodamente11.

Por ese motivo, para muchos la cohesión social no es un ideal que prometa una mejora, tal como lo experimentó dolorosamente Colombia hace poco tiempo. Gracias a sus lazos familiares, su formación escolar o sus cuentas en el exterior, estos estratos sociales privilegiados se orientan, en cuanto a hábitos y cultura, mucho más hacia el exterior; en tiempos de crisis, las soluciones no se buscan en el propio país. Así, el interés en aumentar la productividad o desarrollar el mercado interno es limitado, incluso si esto pudiera significar un alto rédito económico a largo plazo. Por tanto, el Estado es visto –no por codicia sino de modo estrictamente racional– como botín y no como administrador de asuntos públicos. Lo perverso de esta práctica social y esta cultura política reside en que no se problematizan públicamente, pero son compartidas y vividas por actores que son importantes portadores de reformas.

América Latina solo tendrá la posibilidad de lograr alguna vez estabilidad económica y viabilidad social y ecológica si se encara y tematiza intensamente este punto ciego. En otras palabras: se debe persuadir a importantes actores, sobre una base tanto argumentativa como empírica, de que el futuro sucede, en primer lugar, en el propio país y en la propia región. Se trata, nada menos, que de crear identidades propias más allá de un nacionalismo retrógrado y de fomentar el desarrollo endógeno. Por cierto, modificar perspectivas y costumbres sociales apreciadas es siempre difícil y lleva tiempo. Sin embargo, por un lado, América Latina tiene buenos motivos para confiar en sí misma: su diversidad cultural y biológica es única. También desde el punto de vista intelectual y político el subcontinente ha inspirado siempre a eeuu y a Europa. Así es que, en las dos últimas décadas, probadas ideas sobre nuevas formas de participación política y social, sobre manejo de la naturaleza e incluso la cosmovisión indígena del «buen vivir» han suscitado gran interés en todo el mundo. Por otro lado, la política progresista puede marcar el camino a seguir, por ejemplo, a través de bienes públicos de alta calidad que transformen lo propio en lo colectivo y en un valor cultural. Allí donde los espacios públicos ofrecen seguridad, las clases medias y bajas, que sufren la delincuencia en la vía pública, perciben una sensible mejora de su calidad de vida. Debe mostrarse que este plus de «buen vivir» puede lograrse no con un plus de represión, sino mediante un plus de movilidad y cohesión social. Es fácil entonces justificar el paso siguiente para una mayor seguridad a través de la reducción de las desigualdades sociales. Las tendencias globales dan sustento a estas argumentaciones: economistas de amplia repercusión como Thomas Piketty e instituciones ajenas a toda ideología de izquierda como el fmi pregonan hoy que las desigualdades sociales extremas socavan el estándar de vida occidental, importante referencia para las clases medias y altas de América Latina. Dicho de otro modo: la desigualdad social ha sido hasta ahora irrelevante, y más bien un problema ético, pero mañana puede convertirse en un polvorín. La reducción de la desigualdad se convierte entonces en un factor limitador que genera daños funcionales para la economía y la sociedad y, por lo tanto, adquiere una nueva racionalidad y cualidad atractiva para muchos de los que hasta ahora la habían ignorado o incluso habían sacado provecho de ella.

En la medida en que la izquierda entienda su crisis como oportunidad de renovación de sí misma y de sus ideas del desarrollo, podrá crear las respuestas adecuadas para sacar a América Latina de su crisis actual. Esto, siempre y cuando la izquierda tenga en cuenta el potencial de su gente, de su región y de sí misma. A la caída de los precios de las materias primas, pronto le seguirá una nueva recuperación. Hasta que eso llegue, deberá impulsarse un debate serio que señale abiertamente no solo los éxitos obtenidos hasta hoy, sino también todos los errores, que saque enseñanzas de ello y genere así una amplia legitimidad para una nueva promesa de futuro. Es preciso decir claramente que el intento de solucionar la problemática social a costa de la naturaleza conduce a una crisis. Que una senda de desarrollo centrada en las materias primas no solamente conlleva una extrema dependencia del extranjero e inestabilidad económica, sino que también pone en peligro la participación política y el medio ambiente. El principal desafío es, entonces, encarar las reformas estructurales hasta ahora retrasadas y reducir lentamente la desigualdad social; este es el requisito para cualquier estrategia de diversificación que pretenda disminuir la dependencia de las materias primas. Esta política incumbe no solo a la región sino a todos nosotros; en su calidad de relevante proveedor de materias primas, América Latina seguirá teniendo un papel destacado en la tarea central de nuestro siglo: conciliar cohesión social con sostenibilidad ambiental. Esta responsabilidad puede ser asumida de maneras diferentes, pero América Latina ha dado siempre respuestas creativas en tiempos de crisis. Es hora de que la región tome conciencia de sí misma. 500 años después del «descubrimiento», ha llegado el momento de que América Latina se encuentre a sí misma y se redefina una vez más.

  • 11.

    Cepal: Cambio estructural para la igualdad. Una visión integrada del desarrollo, Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2012.