Tema central

La comunicación pública: mutaciones e interrogantes

Repensar los problemas teóricos de la nueva comunicación pública

En vista de estas mutaciones, resulta necesario repensar el andamiaje teórico-analítico y las preguntas directivas de los estudios de comunicación. Desdibujados los límites entre lo masivo, lo grupal y lo personal, aparecen híbridos comunicacionales que no encajan en las categorías clásicas. La propia noción de medios como soportes diferenciados se vuelve insuficiente ante tecnologías convergentes que transforman en caducas las clasificaciones tradicionales. En la liquidez del mundo digital, las grandes teorías que explicaban el mundo masivo resultan pesadas para explicar los cambiantes contextos comunicacionales. Sin que implique renunciar a perspectivas ideológicas o conceptuales, urgen diagnósticos y argumentos que acompañen la velocidad de cambios que renuevan constantemente las preguntas. Veamos algunas de ellas.

¿Dónde queda la hegemonía comunicacional en la comunicación pública fragmentada? Los medios masivos fueron asociados con conceptos como centralización, dominación y homogeneización porque suponían la integración de contenidos, experiencias, proveedores y públicos/audiencias. Esta perspectiva preocupada por el funcionamiento del poder en las democracias contemporáneas puso el foco en las enormes desigualdades sociales y políticas cristalizadas en los sistemas de medios tradicionales. La magnitud de los medios masivos generó expectativas regulatorias de servicios de comunicación pública y, en ese marco, se buscó entender los diversos impactos del campo mediático, desde la construcción de actores colectivos y su participación pública hasta la relevancia de prácticas periodísticas como mediadoras de información. La circulación planetaria ya no permite determinar con claridad los alcances de la concentración de medios, canales, plataformas, contenidos y usuarios, lo que dificulta el diseño de políticas e intervenciones para corregir distorsiones y desigualdades; falta diversidad.

¿Soluciona el problema de la diversidad el subsidio de la oferta de mensajes (canales estatales, información institucional, financiamiento de medios alternativos)? ¿Alcanza para modificar el comportamiento en la demanda informativa y recreativa? ¿Puede la masificación de oferta contrarrestar el proceso de fragmentación? ¿Cuáles son los alcances y los límites de la regulación cuando se trata de plataformas digitales globales? ¿Cuánto de la homogeneidad de las comunidades comunicativas se debe a la codicia de los gigantes de los medios sociales, interesados en maximizar rédito económico mediante estrategias de microsegmentación, o a las facilidades de la comunicación digital para reunir las afinidades que existen en el mundo analógico? ¿Cómo pensar la hegemonía comunicacional en contextos dinámicos de flujos y contracorrientes informativas y de fragmentación?

¿El poder de los medios o los medios y el poder? Los clásicos argumentos sobre el poder de los medios se basaban en su llegada masiva a públicos indiferenciados, pero en el caudal de contenidos que circulan vertiginosamente en internet, cada vez es más fácil eludir contenidos que contradigan intereses y opiniones preestablecidas. La combinación de exposición mediática selectiva y búsqueda de información filtrada por elecciones previas es una transición hacia «efectos limitados», que convierte al gran público en comunidades de afinidad y que reinventa la idea del Gran Hermano manipulador del siglo pasado en el big data observador y vigilante de nuestros días.

La imbricación de lo social y lo digital abre nuevas pugnas normativas entre posiciones intelectuales que celebran las tecnologías de la información y la comunicación como liberación y aquellas que fustigan las innovaciones como caballo de Troya de los poderes políticos y económicos. El debate entre el optimismo y el pesimismo digital es imposible de resolver porque hay evidencia abundante para ambas posiciones. Si las promesas de la expresión en diversidad son meros cortinados que ocultan objetivos orwellianos y turbocapitalistas del capitalismo digital, la fragmentación puede ser entendida como una diabólica operación de concentración de poder, enlazada con objetivos capitalistas interesados en maximizar réditos económicos y perfeccionar mecanismos de vigilancia e invasión de la privacidad.

¿Cuánto de aquel supuesto poder homogeneizador de los medios masivos se perpetúa en el algoritmo aglutinador de intereses comunitarios y comportamientos personales? ¿Conducen estos desarrollos a democracias con creciente libertad de expresión, información e interpelación del poder pero, irónicamente, con menos comunicación crítica y menos predisposición a escuchar e interactuar con otros que se desconocen/desconfían/disienten?

¿Dónde queda la agenda cuando se redefine el periodismo y la audiencia? Si la audiencia adquirió el rol de gatekeeper al producir, compartir, opinar y viralizar contenidos, se impone revisar la relevancia del periodismo para pautar agendas informativas y conversaciones públicas. Las facilidades tecnológicas para producir y distribuir contenidos han bajado al periodismo de la posición totémica en la pirámide informacional y lo obligan a competir, a veces quedando a la zaga, con novedades y declaraciones que personas y organizaciones ponen a circular por su cuenta con toda eficacia. Cuando las relaciones públicas ganan en recursos y herramientas y el periodismo se vuelve más dependiente de ellas, ¿quién pauta la agenda? Sin una opinión pública masificada, ¿de quién es la agenda? ¿Es la posverdad un escenario inevitable en un mundo de comunicación fragmentada y convicciones particulares?

¿Público, privado o híbrido? Los medios digitales, particularmente las redes sociales, están transformando la estructura y la dinámica de la comunicación en la vida pública. La digitalización de la vida cotidiana, en aquella mitad del mundo que tiene acceso regular y con mínima calidad a internet, da lugar a diferentes formas de participación y expresión y obliga a repensar visiones apocalípticas sobre el fin de lo público y la desidia cívica. Incluso en países donde los gobiernos vigilan y castigan firmemente formas críticas de expresión, la expansión digital facilita la expresión por fuera de foros tradicionales. También cuestiona las categorías con que se delimitaba lo público y lo privado, tanto desde la perspectiva de la arquitectura de estas redes como de los usos de los medios sociales. Gran parte de lo que puede ser legítimamente considerado como comunicación pública circula en plataformas estructuralmente híbridas que funcionan simultáneamente como espacios comerciales, sociales y políticos. Son dominios de propiedad y regulación privada de amplio y masivo uso para fines públicos y personales de sociabilidad, información y participación política. Esto introduce nuevas tensiones entre los diseños y ambiciones de actores privados y las modalidades de uso público.Las distintas posibilidades tecnológicas de las plataformas determinan el tipo de comunicación posible. Las oportunidades de acción pública y las cualidades del discurso no son las mismas en Twitter, Facebook o en los sitios informativos. También se desdibuja la idea de expresión pública en la medida en que buena parte de esta comunicación nace de redes personales que tienen una interrelación con el discurso público como nunca antes. Nuevas formas expresivas y de comportamiento más allá de las discursivas son leídas desde la sofisticación de los algoritmos, la simple visita a un sitio institucional o la expresión del «me gusta» en una red personal. La misma tecnología que sirve a objetivos de lucro permite medir al momento el impacto de una noticia o el interés desatendido de una comunidad. ¿Cuáles son las dimensiones de lo público en sitios «sociales»? ¿Incluye la participación ciudadana el deseo por la aprobación social, el debate, compartir contenidos como forma de expresión, el voyerismo y el acceso a la información?

Estos son apenas ejemplos de preguntas y direcciones temáticas que proponen las mutaciones de la comunicación y la fragmentación del otrora gran público. Queda pendiente la tarea de producir nuevos abordajes analíticos para dar cuenta no solamente de las modificaciones en la arquitectura y las prácticas de la comunicación pública, sino también de su posibilidad en un mundo mediáticamente fragmentado, con profundas divisiones y desigualdades sociales.