Tema central

La comunicación pública: mutaciones e interrogantes

Aunque en América Latina las redes móviles se consolidan más lentamente16 que en los países donde la participación digital es más activa17, igualmente han contribuido a dar visibilidad a temáticas o conflictos y a incidir en las agendas políticas y mediáticas más allá del territorio nacional. Los casos con mayor repercusión han surgido de acontecimientos capaces de provocar una conmoción pública, lo que muestra la articulación de las redes con el mundo «material» y actores sociales que encuentran en las tecnologías de comunicación en red posibilidades de expresión que los medios comerciales o estatales no les brindan. Ejemplos son las protestas del sector agropecuario en Argentina contra una alza impositiva (2008); la movilización de los estudiantes de Chile frente al lucro en la educación (2011); los crímenes contra un grupo de docentes de Ayotzinapa, México (2014); las marchas contra el aumento de transporte y en contra del gasto para el Mundial de Fútbol en Brasil (2014) o las protestas de la oposición en Venezuela (desde 2014). Más allá de esos sucesos locales, el movimiento #NiUnaMenos (desde 2015) en contra de la violencia de género ha logrado impacto continental. Surgido como respuesta frente a casos de femicidios publicados por la prensa, es un ejemplo de cómo un problema que viene de lejos en el continente cobra fuerza social con la combinación de marchas, noticias, mensajes en las redes y acciones colectivas que logran dar relevancia pública a hechos que podrían quedar en la vida privada. Estos ejemplos hablan de un torrente de movilización de demandas particulares articuladas por redes de comunicación, que reflejan nuevas oportunidades de expresión y participación gracias a la reducción de los costos de compartir información y coordinar acciones colectivas.

Sin embargo, esta comunicación fracturada en intereses particulares reforzados por lazos e identidades grupales no resuelve el paulatino eclipse de la idea del público como espacio y actor común18. Aunque la autosegregación de públicos a partir de parámetros de diferenciación y exclusión social siempre existió, se intensifica en tiempos en que los dispositivos personales rediseñan los contactos y propician nichos comunicativos. Los «barrios cerrados digitales» amenazan con propiciar una comunicación contraria a las reglas democráticas de tolerancia, inclusión y búsqueda de consensos. Las posibilidades de expresión y pluralismo no resuelven, de suyo, el desafío de la comunicación como búsqueda de lo común; lo que Richard Rorty llamara «el deber de conversar y tolerar, de considerar las posturas de otra gente»19.

Cuando la comunicación es contraria a la civilidad y el diálogo en la diferencia, las identidades segmentadas y las facciones de la comunicación potencian la expresión pública, pero también la hostilidad y la intolerancia hacia múltiples Otros. La hostilidad de foristas en sitios de noticias y redes sociales es un síntoma de la polarización, sin ser su única razón, en tanto antepone la expresión individual al diálogo y, frecuentemente, la agresión al debate. Las voces antagonistas pueden desalentar la expresión de opiniones en contextos como el latinoamericano, donde la libertad de criticar y opinar se percibe débil y donde ocho de cada diez personas consideran que no es conveniente confiar en el otro20. Es decir, el potencial de diálogo que fomentan las plataformas digitales no resulta necesariamente en una comunicación democrática, caracterizada por la escucha de otros y la búsqueda de acuerdos comunes. Tampoco facilita una expresión despojada de objetivos comunes e interesada en la reafirmación de convicciones existentes.

No es extraño que haya tomado fuerza la idea de «posverdad» en estos contextos en que predominan verdades parciales basadas en convicciones más que en datos o hechos. Sin adherir a la vulgata modernista de la verdad como hecho único, incontestable, basada en un originalismo realista y un universalismo sospechoso, es posible pensar la verdad como resultado de disputas por la definición de la realidad sin abandonar su búsqueda como proyecto común. Entre pensar que la verdad es debatible y creer que no es posible hay un paso, el mismo que equipara argumentos fundados, aunque parciales, con versiones descabelladas que prescinden de datos cotejables o argumentos racionales.

Las falacias y las noticias negativas suelen propiciar, en ciertas circunstancias, cinismo social y desconfianza en las instituciones políticas, sociales y económicas21. Entre 1995 y 2015, la confianza en las instituciones democráticas cayó diez puntos respecto de los congresos y gobiernos y esto coloca a los partidos en el piso, con 14% de confianza22. Incluso los medios, ubicados entre las instituciones más confiables para los latinoamericanos, apenas superan el 50%. Sin embargo, se estudió poco la relación entre la comunicación pública y esta desconfianza en las instituciones que disputaron en los últimos años su legitimidad para dar su versión de los hechos sociales.Cuando no importan los hechos y se prefieren, como observó Hannah Arendt23, los «hechos inventados» y la consistencia de cualquier evento con las creencias existentes, se cae en un relativismo que dificulta acuerdos mínimos sobre aspectos fundamentales de la vida pública. La comunicación narcisista que se regodea en las propias certezas sin cuestionarlas es contraria al pensamiento crítico como base de la comunicación pública, en tanto supone evitar e ignorar argumentos que disientan con el propio pensamiento o que cuestionen dogmas.

La fragmentación dificulta las oportunidades para la discusión y la implementación de una visión amplia e integradora de perspectivas y demandas ciudadanas, que se torna utópica cuando no hay incentivos para trascender las diferencias a partir de ideas progresistas de reconocimiento e inclusión de Otros, cuando se movilizan intereses particulares a expensas de intereses comunes.

  • 16.

    Jacob Poushter: «Smartphone Ownership and Internet Usage Continues to Climb in Emerging Economies» en Pew Research Center, 22/2/2016.

  • 17.

    Manuel Castells: Redes de indignación y esperanza, Alianza, Madrid, 2012.

  • 18.

    Richard Sennett: El declive del hombre público, Anagrama, Barcelona, 2011.

  • 19.

    R. Rorty: Truth and Progress, Cambridge University Press, Nueva York, 1998.

  • 20.

    Latinobarómetro 2015, cit.

  • 21.

    Claes H. de Vreese: «The Spiral of Cynicism Reconsidered» en European Journal of Communication vol. 20 No 3, 2005.

  • 22.

    Latinobarómetro: La confianza en América Latina 1995-2015, Santiago de Chile, 2015, p. 9.

  • 23.

    H. Arendt: Los orígenes del totalitarismo, Taurus, Madrid, 1974.