Coyuntura

La centroderecha y el «cambio cultural» argentino

Asimismo, el hecho de que el nuevo gobierno no cuente con mayoría en ninguna de las dos cámaras del Congreso ni con el gobierno de la mayor parte de las 24 provincias del país lo obliga a establecer negociaciones y acuerdos con otras fuerzas políticas, tanto en la arena parlamentaria como en la gestión del gobierno federal. La escasez de recursos político-institucionales favorece también alguna forma de gradualismo: es necesario acordar políticas con un número significativo de legisladores, y Cambiemos encontró un grupo particularmente colaborativo en la porción del peronismo más alejada del kirchnerismo.

Hacia un nuevo orden en la economía: un gobierno de normalización

En materia económica, frente a las posiciones más extremas, el gobierno de Cambiemos, comandado por pro, se propone como una fuerza razonable de normalización social y económica. Cree que debe acercar a Argentina, lentamente, «al modo en que se hacen las cosas en el mundo», luego de la «anomalía populista» del ciclo político anterior. En esa línea, dos de las primeras medidas tomadas por el gobierno fueron económicas e implicaron responder a una demanda de los sectores agroexportadores, por un lado, con la reducción de los aranceles de exportación de granos, y de los sectores importadores y exportadores, por el otro, con el fin de la regulación del mercado de acceso a las divisas. Estas medidas redujeron los ingresos fiscales, al tiempo que crearon las condiciones para el crecimiento del mercado financiero. En el diagnóstico inicial, la normalización parecía bastar para que se hicieran efectivas las inversiones privadas necesarias para reemplazar el rol del consumo y la inversión pública como motores del crecimiento en que se había basado el último gobierno de Cristina Fernández. Ese diagnóstico fue corregido parcialmente sobre la marcha, ante la evidencia de que las inversiones privadas no llegaban, en línea con los problemas estructurales del país que padeció el gobierno anterior, pero que este no había inventado.

La normalización se volvió entonces más un proceso que un acto. Abundan las metáforas del «puente» que la sociedad debería cruzar para llegar a ese nuevo país, en especial sus grupos organizados de trabajadores formales e informales, pero también los de empresarios. En este sentido, el gobierno de Cambiemos hunde sus raíces en la más conocida tradición política de Argentina: así como la transición demo-crática nos llevaba de un régimen político a otro y para ello era necesario un «cambio cultural» en el sentido de la cultura política, esta transición de un tipo de sociedad a otra debe hacer posible el «cambio cultural» que nos lleve del desarrollo interno a la apertura al exterior, de una sociedad de consumo a otra de inversión. No son pocas las coincidencias con otros proyectos económicos refundacionales llevados a cabo en Argentina en los años 60 y 70. Ahora, en cambio, esto se produce por vías democráticas. Con mayor intensidad desde mediados de 2016, el gobierno se concibe a sí mismo como capitaneando una transición lenta hacia la economía globalizada, que podría concluir, en el horizonte deseado, con la entrada de Argentina a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde), lo que significaría que el país sería ordenado por los condicionamientos necesarios para ya no volver a salirse de su carril normal. La normalización debe ir, así, hacia la irreversibilidad del cambio. En este punto –también– es llamativo cómo se parecen los gobiernos en Argentina en cuanto a su retórica refundacional: todos quieren, de alguna manera, volverse irreversibles.

Al mismo tiempo, el nuevo gobierno fue menos gradualista en algunas áreas, entre ellas la monetaria, donde, en línea con la teoría económica dominante y con las demandas de los actores económicos globales, concedió la presidencia del Banco Central a sus sectores más ortodoxos. Estos hicieron del combate contra la inflación casi el único objetivo, que se busca alcanzar evitando la emisión monetaria y aumentando las tasas de interés. Esto, por un lado, conspira contra la inversión privada productiva, o al menos en sectores no financieros, o de mediano-largo plazo; y, por otro lado, obliga al gobierno a buscar recursos para financiar el gasto público mediante la toma de deuda. En efecto, el ritmo de endeudamiento aumentó durante 2016 y aceleró una tendencia que ya había comenzado en 2014, pero que ahora representa el «atajo» que permite al gobierno de Cambiemos evitar el aumento de la conflictividad social, mientras crea nuevos condicionamientos para la política económica futura. Aunque no es objetivo de este texto hacer un análisis de política económica, este recorrido permite entender cómo se articula la orientación económica general con las condiciones de gobierno y con las relaciones de poder en el seno de la fuerza política que lo encabeza. ¿Qué pasó, mientras tanto, con el legado kirchnerista?

Más allá de la economía… ¿qué cambió con Cambiemos?

Si las políticas de ampliación de derechos establecidas en los años de gobiernos kirchneristas, así como la imagen de un «pueblo empoderado» con que se despidió la ex-presidenta Cristina Kirchner el 9 de diciembre de 2015, en la Plaza de Mayo, parecían augurar una cierta permanencia de la herencia nacional-popular, los primeros meses de gobierno de Cambiemos dieron la impresión de «arrasar con todo». En efecto, a pesar de lo ajustado del triunfo electoral en segunda vuelta 6, el nuevo gobierno se propuso llevar a cabo esa normalización de Argentina, cuyos principales rasgos se definían, en buena parte, de manera contrapuesta al tipo de sociedad que el kirchnerismo bregó por instaurar desde 2003, y con contornos más definidos, a partir de 2008.

Definir esta ruptura en términos de «cambio cultural» da cuenta de la amplitud de la transformación buscada y, al mismo tiempo, vuelve impreciso su alcance. Pareciera ser que el gobierno normalizador se propone, en cierta medida, cambiar la cultura de los argentinos, es decir el modo en que estos hacen las cosas, en especial en su actividad económica y en su vínculo con el Estado7. Este cambio podría verse como la transformación de un ethos estadocéntrico y militante en otro emprendedor y asociado al voluntariado, dos marcas de pro. El gradualismo en la normalización también supone evitar la fijación pública de metas demasiado ambiciosas. El «cambio cultural» permanece en esa vaguedad. Pero también hace posible empaquetar en el mismo frame reformas económicas, fiscales, laborales, políticas y culturales. En definitiva, a pesar de haber tenido que aceptar durante la campaña electoral para los comicios presidenciales buena parte de los bienes colectivos de legitimidad compartida que había producido el kirchnerismo (la Asignación Universal por Hijo, la propiedad estatal de empresas, entre otros puntos), el tono de su gobierno es ciertamente refundacional. Pero ¿qué cambió, en términos culturales, hasta el momento?

  • 6.

    En la primera vuelta, el 25 de octubre de 2015, Daniel Scioli (Frente para la Victoria) obtuvo 37,08% de los votos y Mauricio Macri (Cambiemos), 34,15%. En la segunda vuelta, realizada el 22 de noviembre de 2015, Macri se impuso por 51,34% y Scioli quedó en segundo lugar, con 48,66% de los votos.

  • 7.

    Eso parece sugerir Martín Rodríguez en «Parte del aire» en Le Monde diplomatique edición Cono Sur No 215, 5/2017.