Tema central

Intelectuales, experiencia e investigación militante Avatares de un vínculo tenso

La necesidad de conceptualizaciones estratégicas –frente a una conflictividad social cuya «opacidad» es también estratégica– introduce nuevamente la pregunta por la composición de luchas y enunciados, de conceptos y prácticas de frontera. En los últimos años pueden señalarse dos constelaciones de problemas que han buscado mapear las conflictividades y construir la crítica desde lo que el ritmo de las luchas va dibujando en América Latina: por un lado, todo el debate alrededor de la cuestión del neoextractivismo, del extractivismo ampliado y el relanzamiento de modos de explotación de la fuerza de trabajo en sus condiciones actuales; por otro, la perspectiva de los «entramados comunitarios», como los llama Raquel Gutiérrez Aguilar: una forma de pensar las variaciones de lo común, la comunalidad y lo comunitario como modalidades del esfuerzo colectivo de transformación y de puesta en marcha de prácticas anticoloniales o de descolonización.

Así como la crítica de la economía política de Karl Marx se desplaza hacia las zonas de la producción en las que se constituyen materialmente las clases como fuerzas sociales, la investigación militante retoma la preocupación por la dimensión no discursiva de la constitución de subjetividades. O dicho de otro modo: las iniciativas de investigación militante entrenan cierta sensibilidad para componer enunciados y conflictos. No se trata tanto de una tematización (como construcción de agenda), sino de una cuestión de método y de un compromiso práctico.

Una forma de actualidad de la investigación militante se vincula con el mapeo de la composición de las clases laboriosas, subalternas, populares (todas variaciones que vale la pena tener en cuenta). Pero es necesario agregar un tercer componente que es clave en nuestra coyuntura: la cuestión de la violencia contra las mujeres, que obliga a que la cuestión de género asuma, como dice Rita Segato, «un real estatuto teórico y epistémico». La embestida «familiarista y patriarcal» que impulsa una trama de violencias machistas se articula hoy con las nuevas formas de explotación y extracción de valor que tienen como blanco predilecto los gestos y espacios de autonomía construidos tanto en medio de las abigarradas urbes latinoamericanas como en las comunidades indígenas y campesinas y, especialmente, en las formas de mixtura que surgen de esos territorios. Los femicidios territoriales –como llaman las activistas de Honduras y Guatemala a los asesinatos de protagonistas de las luchas contra las transnacionales– condensan formas del conflicto que estructuran nuevos modos de la guerra o de las dinámicas contrainsurgentes.

El movimiento ligado al Paro de Mujeres abre un espacio radicalmente heterogéneo donde puede leerse el mapa del trabajo desde una perspectiva feminista, la cual incorpora las economías informales, precarias e incluso ilegales como elementos claves de la nueva composición social. Las luchas por la autonomía y soberanía sobre el cuerpo y la multiplicidad de violencias (institucionales, territoriales, domésticas, etc.) se enhebran de modo indisociable, sacando del gueto del género a tales conflictividades. Queda abierta así la pregunta por la capacidad instituyente de esa fuerza común, callejera y cotidiana, por donde fluye hoy la cuestión de su capacidad política, o más precisamente, de la radicalidad de una «política en femenino», como lo teoriza Gutiérrez Aguilar. En este sentido, puede pensarse que más que un cierre del ciclo de gobiernos progresistas como clave de lectura de la región, vale la pena valorizar la apertura de un ciclo de conexión transversal empujado por el movimiento de mujeres (donde la palabra misma ha dejado de estar encorsetada para alojar una interseccionalidad de experiencias), en el que se revitaliza la necesidad de poner en tensión prácticas y conceptos, nutridos por un deseo micropolítico de fabulación con otro y otras y de indeterminación de la coyuntura regional.