Tema central

Intelectuales, experiencia e investigación militante Avatares de un vínculo tenso

La sustitución del materialismo plebeyo por las figuras etéreas y discursivas del pueblo desplaza una serie de problemas que hoy estallan en América Latina como claves incomprendidas del llamado «giro neoconservador» de la región: violencias territoriales, economías informales-ilegales, conflictos neoextractivos por despojos territoriales y de recursos, renovadas formas de explotación capitalista bajo dispositivos de explotación financiera (de los subsidios sociales a través de su funcionamiento como garantía para el endeudamiento con instituciones bancarias, por ejemplo) y una intensiva guerra por la «seguridad».

Llego hasta acá para marcar que el populismo resituó el lugar de los intelectuales como «usina» privilegiada de discurso y de la producción de apoyo: tras la destitución de su papel como autoridad, los intelectuales retornaron como los encargados de la llamada «batalla cultural» frente a los medios de comunicación, en el marco de la festejada «vuelta del Estado». Esa función entró en crisis con las derrotas electorales (en Argentina y en Bolivia, pero también hay que tener en cuenta la situación brasileña y ecuatoriana). El argumento utilizado es el de una «traición» en las urnas de ese pueblo al que se quiso representar y favorecer.La evaluación de García Linera –el más celebrado gobernante-intelectual progresista– fue la más elaborada y, al mismo tiempo, la más problemática: dijo en Buenos Aires que uno de los obstáculos de los gobiernos de izquierda ha sido «la redistribución de riqueza sin politización social». Se trata de la ampliación de las clases medias mediante una inclusión de sectores subalternos por medio del consumo, algo que, según sus palabras, no alcanza a una modificación del «sentido común». Consumo sin hegemonía produciría así «una nueva clase media, con capacidad de consumo, con capacidad de satisfacción, pero portadora del viejo sentido común conservador»9.

Vemos aquí un nuevo punto de cierre, desde arriba, de una discusión clave de nuestro continente sobre la composición de las clases trabajadoras, la ampliación del consumo de bienes no durables y los dispositivos precarios de inclusión social que aparecen como la forma «posible» de redistribución de la riqueza y de intervencionismo estatal. Pero además, la politización social queda únicamente medida por el signo de los resultados electorales. Desde el punto de vista de García Linera, la paradoja es trágica: el Movimiento al Socialismo (mas) produjo a los sujetos que lo llevan a la derrota. El «gobierno revolucionario» se ve sobrepasado por cómo se transformaron quienes fueran los protagonistas de los movimientos sociales que impusieron la agenda antineoliberal en el ciclo 2000-2005.

La sociología (o sociologización) de estos cambios en los hábitos de consumo a través del análisis de la composición de clase busca eludir y/o reemplazar –con más o menos astucia política– la idea de «traición» popular hacia un proyecto gubernamental que dice tener su razón de ser en el bienestar de los más pobres. Se intenta así practicar una comprensión de los efectos indeseados o incontrolables del ascenso social, de la modernización inclusiva o del neodesarrollismo (variaciones de un léxico que no son menores), sin afrontar las críticas al modo de subjetivación y de descomposición de la base comunitaria que, desde más de un espacio y desde más de una voz, se venían realizando.

Hemos leído también en intelectuales como Emir Sader la recriminación hacia lo que llama la «ultraizquierda» como causa de la derrota progresista10. Este argumento, que acusa de complot y de instrumentalismo a las alianzas entre movimientos e intelectuales críticos, con el solo propósito de una posición «aventurera» que busca conseguir un lugar en el campo político, no solo es mezquina (se atribuye la famosa hegemonía del espacio político), sino que sobre todo pone a la crítica como «causante» de un amplio rechazo –que aún no se termina de discutir a fondo– de la legitimidad de los gobiernos progresistas, y de este modo evitan problematizar en serio las causas de las sucesivas «derrotas». Esto implica no solo la infantilización del electorado de distintas clases sociales, sino también el desconocimiento de cómo operan fuerzas bastante más complejas: las iglesias contra la llamada «ideología de género», las finanzas como formas de explotación de las economías populares, las concesiones a las multinacionales como expropiaciones directas a las comunidades.

El surgimiento de un populismo que se desplaza del gobierno pero que organiza teológicamente el campo político en Argentina inventa, en cambio, una forma de presencia en los territorios, de disputa por el deseo comunitario y de trama afectiva con las subjetividades vulnerabilizadas por las violencias que no estaba presente en el populismo progresista en el poder. Sin embargo, no puede entenderse uno sin el otro.

En Argentina, el papel de la Iglesia católica fue clave en la dinámica territorial de la última campaña presidencial. Fue fundamental también el papel de las iglesias –en particular las evangélicas– en Brasil en la construcción de la atmósfera y del mismo proceso parlamentario del impeachment de Dilma Rousseff, así como en la producción de nuevas candidaturas (el caso emblemático es el del flamante alcalde de Río de Janeiro11).

Tres: conflictividad social, entramados comunitarios y neoliberalismo

El reverso del mapa de la conflictividad actual tal vez surja de investigar los modos de politización que sí acompañaron las modificaciones del paisaje latinoamericano en los últimos 15 años y que no responden, justamente, a las claves hegemónicas por las que el imaginario progresista hoy siente nostalgia o sobre las cuales proyecta decepción. Las «subjetividades en crisis» de la época se vinculan con unas condiciones que se estructuraron alrededor de un modo de inserción de tipo neoextractiva en el mercado mundial, con unas micropolíticas organizadas en torno de las condiciones neoliberales del lazo social, y una hegemonía nunca del todo revertida y especialmente relanzada del sector financiero en el modo de acumulación. La combinación entre las políticas de inclusión por consumo y la dinamización de formas nuevas de explotación financiera y precarización del trabajo se va profundizando y sofisticando, bajo el signo del giro neoconservador. Por momentos el lenguaje es simplemente patético: en Argentina, los subsidios sociales al desempleo o a las formas de empleo autogestivo pretenden ser coordinados ahora desde una «Agencia de Talentos», y en el Ministerio de Trabajo hablan de «personal originario».

  • 9.

    «García Linera en Argentina: No hay revolución verdadera sin revolución cultural» en Notas, 29/5/2016.

  • 10.

    E. Sader: «A los intelectuales latinoamericanos» en Página/12, 28/11/2016.

  • 11.

    «Marcelo Crivella, el polémico pastor evangélico homofóbico que ganó la alcaldía de Río de Janeiro» en bbc, 31/10/2016.