Tema central

Intelectuales, experiencia e investigación militante Avatares de un vínculo tenso

Agreguemos que la producción del grupo Comuna en Bolivia coincidía, en un paralelismo no casual, con teorizaciones similares, tras una trayectoria también singular. La reacción (del binarismo ordenancista entre los que piensan y los que hacen) también tuvo su interpretación sobre esta coyuntura: desde diversas plumas intelectuales3 se instaló la idea colonial de que Europa ponía sus conceptos sobre las prácticas latinoamericanas, justo cuando los sujetos poscoloniales irrumpían en las propias metrópolis europeas, «provincializando» Europa. Denunciando un imperialismo intelectual (que sitúa a América Latina como receptáculo pasivo de categorías «foráneas»), se reafirmaba una geografía teórica y política que estaba siendo puesta en crisis por la emergencia de una política que tomaba su fuerza de otros sujetos, de otros territorios. Y justo cuando América Latina devenía una suerte de escena de vanguardia de la insurgencia, parecía quedar minorizada su producción conceptual, que no se podía ver sino como siempre tutelada. Como si no pudiese pensarse lo que aquí sucede más que como un aderezo experiencial para una adecuación bibliográfica que sigue el ritmo de «modas» o teorías dominantes, lo que revela una imposibilidad de leer desde otro lugar unas subjetividades que aparecen como «ilegibles» y, por tanto, menospreciadas políticamente4. Esta cuestión, sin embargo, muestra algo interesante: el debate epistémico que todo momento de insurrección y revuelta pone en marcha y que hace a la propia definición política del momento como destituyente5.

El interrogante común sobre un poder constituyente, capaz de crear mundo desde abajo e imponer nuevas reglas –es decir: el despliegue del problema sobre a qué da lugar la fuerza destituyente en términos de construcción de nuevas formas de organizar las relaciones sociales partiendo de las luchas del momento– se clausuró en Argentina con el asesinato de los militantes Darío Santillán y Maximiliano Kosteki el 26 de junio de 2002. Fue la represión pura y dura lo que le dio aire al sistema político para llamar a elecciones. Se reprimía también un modo de composición entre pensamiento y práctica que estaba en la base de la producción de lenguajes y conceptos políticos también novedosos.

Dos: el príncipe versus la multitud

La indeterminación del poder destituyente tuvo luego dos lecturas de cierre y clausura. Una, que operó a escala continental, fue la clasificación sociológica de lo multitudinario bajo la categoría omnicomprensiva de «movimientos sociales». Cito a Silvia Rivera Cusicanqui, quien analiza un proceso similar en Bolivia:

Lo que nos ha pasado es que nos hemos enardecido con el vigor de las masas, con la capacidad destituyente de las movilizaciones, y automáticamente les hemos calzado el nombre de «movimientos sociales», para transformarlas en sujetos de poder. Los artífices ideológicos del «proceso de cambio» [boliviano] han intentado aplacar su efervescencia, aquietar el magma social ingobernable e ilegible que significaban. Han querido reducirlos a un discurso y a un liderazgo carismático y autoritario.6La noción de «movimiento social» se convirtió en credencial de legibilidad: daba cuenta de un repertorio de demandas, de unos rasgos identitarios y, finalmente, de una estructura de interlocución con el Estado capaz de cierta gestión de recursos. Funcionó, en buena medida, como modo de estabilización que congeló ciertas maneras de hacer y pensar que quedaron desfasadas respecto a nuevas dinámicas de movilización. La segunda clausura fue el desplazamiento –en Argentina de modo literal, pero de modo amplio en todos los países del ciclo «progresista»– de la idea de lo destituyente como una renovación de la idea de «golpe» contra el gobierno: ahora la derecha era «destituyente». Lo destituyente pasó así de ser una indeterminación de las fuerzas populares a una amenaza que obligaba a un llamado a la defensa de un gobierno.

El persistente obstáculo para pensar la figura colectiva (sea la multitud u otra) como príncipe (para tomar las categorías de Maquiavelo y Gramsci, además de la producción del operaísmo italiano) redunda en un fetichismo del liderazgo populista. Sea el caso de Néstor Kirchner o de Cristina Fernández en Argentina o el de Evo Morales y, en particular, el de Álvaro García Linera en Bolivia, aun con todas sus diferencias, los efectos son similares: una inflación de un radicalismo retórico que encontró en la teoría de Ernesto Laclau una forma de justificar una nueva «autonomía» de lo político, con síntesis personales. El problema es el tipo de sustitución de la figura colectiva por el liderazgo personal cuando funciona como expropiación de una plusvalía política producida desde abajo. El problema, claro está, no es el liderazgo en sí (que no es más que una proyección transitoria del imaginario de la multitud), sino la naturaleza de la forma política que la articulación de cierto liderazgo pone en juego y la disputa epistémica que se anuda ahí. El punto tampoco es exigir purismo a los gobiernos llamados progresistas (un decálogo de lo que deberían ser), sino mostrar hasta qué punto su propio modo de ser impide un balance político sobre los efectos concretos que se esconden una y otra vez en nombre de la «soberanía nacional».

Los liderazgos populistas han desplazado habitualmente la investigación sobre la forma popular comunitaria democrática e introdujeron una suerte de cláusula expropiatoria que, por ejemplo, en el último ciclo latinoamericano buscó neutralizar la crítica al modo en que las condiciones neoliberales se articularon con iniciativas neodesarrollistas y relanzaron formas nuevas de despojo y explotación. La teoría de Laclau –que se postuló como síntesis de tal momento en la región– identifica a las fuerzas que deforman y amenazan la unidad de la institución política y jurídica exclusivamente con las fuerzas del mercado global y las elites locales. En esta identidad total, sin embargo, se descuida todo efecto «destituyente» (para volver al término) proveniente de la dinámica social «desde abajo» que no quede inscripta en «demandas» aceptables por el sistema político7 y se desacredita toda fuerza de desborde que obligue a replantear (como sucede con frecuencia) el juego de la institución política en términos de lo común-múltiple8. Con este movimiento, la autonomía ya no es una capacidad desde abajo de condicionar y redefinir el poder, sino la articulación discursiva que se hace desde arriba.

  • 3.

    Quien lo hizo de modo más explícito fue José Pablo Feinmann; v., por ejemplo, «Poder y contrapoder» en Página/12, 14/12/2002.

  • 4.

    Es fundamental, aunque va más allá de los últimos 15 años, tener en cuenta en la genealogía de problematización de la relación entre prácticas, teorías y colonialidad que las traducciones que se hicieron de los estudios de la subalternidad desde Bolivia por Silvia Rivera Cusicanqui, Rossana Barragán, Raquel Gutiérrez Aguilar, Alison Spedding y Ana Rebeca Prada no se entienden sino a partir de la necesidad de pensar racionalidades políticas minoritarias que parecían metabolizarse y pacificarse por medio del multiculturalismo neoliberal y, por tanto, que ponían en evidencia la necesidad de volver a evaluar la condición de dominación.

  • 5.

    Para más detalles de este debate, v. Diego Sztulwark: «¿Puede la trascendencia configurar luchas radicales? Notas de ontología política» en Grupo Martes, s./f., http://grupomartesweb.com.ar/textos/textos-prestados/diego-sztulwark-puede-la-trascendencia-configurar-luchas-radicales/; Horacio González: «Cacerolas, multitud, pueblo» en Página/12, 11/2/2002.

  • 6.

    «Palabras mágicas», ponencia presentada en el Coloquio Internacional de Saberes Múltiples y Ciencias Sociales y Políticas, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 18 a 21 de octubre de 2016.

  • 7.

    Una opinión de Laclau en los medios, que se replicó mucho por entonces, señalaba: «Las demandas de los pueblos originarios no fueron respondidas puntualmente, pero tampoco son centrales para la estructuración de la política». En E. Laclau: «La real izquierda es el kirchnerismo» en Página/12, 2/10/2011.

  • 8.

    Llamamos común-múltiple a la capacidad productiva de lo social más allá de la posición de demanda que Laclau parece exigir a la dinámica populista de la democracia que teoriza.