Tema central

Focos de lectura de la izquierda boliviana

Constituido en torno de un significante vacío, de un nombre, el grupo, siendo una parcialidad social, organiza su hegemonía y encarna la universalidad. Lo hace de manera imperfecta, ya que es genéticamente diverso y todo en él tiende a la división. Pero el nombre al que se aferra es una evocación de la unidad/oposición que le ha dado origen, y por esto para él es una promesa de plenitud (que, sin embargo, por razones lacanianas, nunca se llena). En torno del nombre y de su promesa, el grupo constituye un orden social, que durará una etapa histórica, hasta que ese nombre ya deje de unificar y las demandas estén satisfechas o vuelvan a separarse unas de otras y se hundan, aisladas, en la indistinción social. Por cierto, el significante vacío/nombre puede ser tanto una consigna como una personalidad carismática (Perón o Evo, por ejemplo).

Cumplidos los pasos de la construcción hegemónica, el resultado es un «pueblo» que es menos que la población total, pero que la hegemoniza. Todo proceso de este tipo, por tanto, es populista. Todo movimiento hegemónico es populista. La Revolución Mexicana, pero también la Revolución Rusa; el fascismo igual que el comunismo, todos estos momentos deben considerarse populistas. Lo único diferente del populismo es una institucionalidad tan extendida y eficiente que resuelva las demandas populares apenas aparezcan; o los momentos históricos en los que las demandas todavía están desarticuladas entre sí y no existe más que lo particular. Pero esos son momentos no políticos. La política, por tanto, siempre es populista (tal es la muy fuerte conclusión del trabajo de Laclau).

Harvey y la redefinición del humanismo. El geógrafo David Harvey plantea un «humanismo revolucionario», es decir, anticapitalista. En general, el humanismo ha buscado la superación de los obstáculos que presenta el mundo moderno a la realización de los legítimos deseos de los seres humanos de aprovechar su tiempo en la Tierra de manera constructiva, armónica, trascendente y feliz, obstáculos tales como la necesidad, la explotación y la discriminación, que tienden a convertir a las personas en «cosas», a «alienarlas». El humanismo revolucionario, además, cree que la vía para lograrlo es la destrucción de la sociedad capitalista, pues la considera la fuente de los males sociales actuales.

No se trata por tanto de un humanismo «insípido», «blando» y «utópico», como el que tuvo en el Marx maduro a su mayor crítico, sino de un humanismo lúcido, capaz de identificar las condiciones objetivas de la alienación y de trascenderlas por medio de la violencia emancipadora. Como se sabe, para Althusser, el Marx que contaba era el maduro, a quien consideraba antihumanista. El escritor francés buscaba «defender el marxismo de las interpretaciones burguesas o pequeñoburguesas que lo amenazan», de las cuales las principales eran el «economicismo» o teoría cientificista que deriva todas las decisiones de causas económicas, eliminando la autonomía humana (la doctrina soviética), y el «humanismo» o pensamiento subjetivista, que no toma en cuenta la superioridad y trascendencia de las estructuras sociales respecto de las decisiones individuales, con lo que la revolución deja de estar vinculada a la necesidad histórica y se convierte en un movimiento ético (y, por tanto, una expresión de la generosidad paternalista del pequeñoburgués/burgués).

Sin embargo, la senda abierta por los Manuscritos económico-filosóficos del joven Marx fue seguida por pensadores de la talla de Jean-Paul Sartre, Erich Fromm, Marshall Berman, etc. Por su parte, Harvey, de forma ecléctica, fundamenta su humanismo tanto en la «alienación», el fenómeno al que se consagran los Manuscritos, como en las contradicciones del capitalismo tratadas en El capital. Si el ser humano es vaciado de sí mismo por el mundo moderno y su eficiencia lucrativa y tecnológica, no hay que olvidar que el núcleo productor de esta alienación no es una «modernización» amorfa, sino la lógica implacable de la acumulación de dinero.

A diferencia de los humanistas burgueses, Harvey respalda la violencia social cuando es la mínima necesaria para vencer «lo perverso» del mundo.

Zavaleta y la redefinición de la Revolución Boliviana. El economicismo marxista mostró su mayor debilidad al considerar como «superestructural» –y por tanto, como una variable dependiente– la fuerza más autónoma y con mayor capacidad de agencia de la política moderna, que es la lucha por la identidad (nacional, de género y étnica). Esta concepción llevó a dos creencias simétricas: un internacionalismo que exigía a los revolucionarios subordinar los sentimientos patrióticos y nacionalistas, así como las singularidades de cada sociedad, a las determinaciones generales del capitalismo mundial y de la lucha de clases de escala internacional (creencia afincada sobre todo en las filas trotskistas), y un «nacionalismo soviético», que exigía lo mismo pero en aras de la conservación y el bienestar del «socialismo en un solo país», creencia propia del estalinismo.

Con la extensión del socialismo real después de la Segunda Guerra Mundial, el panorama cambió: aparecieron pugnas nacionalistas entre distintos Estados «obreros» y surgieron nuevas necesidades teóricas en los luchadores de los países periféricos. Estos veían en el sometimiento de sus naciones a las potencias imperialistas la explicación del subdesarrollo de las primeras, y en la «liberación nacional», una poderosa herramienta de agitación que debían usar para disputar el control de las masas a los movimientos «nacionalistas revolucionarios» que, en representación de las clases medias patrióticas, habían comenzado a transformar sus respectivos países (en Bolivia con la Revolución Nacional de 1952).

En esta nueva etapa se produjo el nacimiento de una peculiar criatura teórica, una suerte de «marxismo nacional» que, usando las teorías leninista, trotskista y maoísta y siguiendo el ejemplo cubano, intentó inscribir las revoluciones antiimperialistas en las que actuaba dentro de un proceso más profundo de construcción del socialismo. En lugar de plantear la lucha contra el capitalismo, estos teóricos se propusieron incorporar a las clases medias y otros sectores nacionalistas de sus países en la construcción de un capitalismo «soberano» que, conducido por un Estado fuerte («capitalismo de Estado»), lograra el «cumplimiento de las tareas de la etapa burguesa de la revolución» y creara así las condiciones del paso del capitalismo al socialismo, que podía darse de manera inmediata y progresiva (trotskismo y maoísmo) o luego de un interregno de décadas y siglos (estalinismo). El marxismo nacional, como se ve, trataba de liberarse del corsé del economicismo, que le exigía esperar mucho tiempo a la aparición de las condiciones (sobre todo, la industrialización completa del país) que hicieran posible la socialización de los medios de producción. Para ello recurría a la experiencia de los partidos comunistas ruso y chino, que había demostrado el poder de la lucha política para «saltar» las etapas económicas y hacer cumplir a un sujeto social las tareas que, desde el punto de vista del economicismo, le correspondían a otro.