Tema central

Focos de lectura de la izquierda boliviana

Bourdieu y la redefinición de «sociedad» y «clase». Conocemos los esfuerzos de Antonio Gramsci y Louis Althusser por repetir la cuidadosa y compleja formalización de la economía capitalista realizada por Marx en el estudio de la sociedad no económica (Estado, clases sociales, ideologías), esfuerzos que por distintos motivos quedaron en un estadio fragmentario. Hay una continuidad entre esta aspiración y el trabajo sociológico de Pierre Bourdieu. Apoyándose en el estructuralismo, este logra formalizar de una manera muy persuasiva el mundo social como un sistema holístico, interdependiente, multivariable, sin necesidad de eliminar del análisis los procesos de dominación ni el cambio social. Su enfoque, sin embargo, no es historicista y, por eso, resulta excesivamente formal e intemporal (y ha sido criticado por esto).

Tal como ocurre en todo el mundo, muchos intelectuales de la izquierda boliviana han adoptado la conceptualización y el léxico de Bourdieu para referirse a la sociedad (espacio social), el Estado (campo político), la ideología (campo simbólico), etc. También ha sido muy útil la definición de Bourdieu de las «clases» en función de la posesión por parte de ellas de distintos tipos de «capital» (entendido como todo patrimonio, medio de distinción, conocimiento o poder); no solo, por tanto, el capital económico, por lo que la «clase» bourdiana es muy distinta de la «clase» marxista. Las clases según Bourdieu poseen también capital biológico (o étnico), cultural, simbólico, etc. Además, para este pensador, las clases son siempre «modelos teóricos» usados en la elucidación de la dinámica social, nunca realidades: son los sociólogos los que «forman» las clases, mientras que para los individuos la pertenencia a una «clase formada» es una «propensión», determinada por la dosificación de capitales que poseen y por la necesidad de reproducirlos, propensión que algunos pueden eludir y de la que muy pocos son conscientes. Esto rompe con el esencialismo de clase que se desprende de Marx y que tan terribles consecuencias tendría en manos de Stalin. Más aún si tomamos en cuenta que Bourdieu diferencia la «condición de clase», que es la intrínseca a un grupo humano, de la «posición de clase», que es la que surge de sus relaciones con cada una de las otras clases y con el sistema completo de clases en un determinado periodo de su evolución. Las posiciones de clases establecen una jerarquía social. Sin embargo, en contra del marxismo convencional, una clase con más dotación de capital económico puede, al mismo tiempo, ocupar una posición de menor importancia que otra en el espacio social.

Bourdieu también estudia las «estrategias» y los «medios» de reproducción de las posiciones de clase, que, coherentemente, no solo son estrategias y medios económicos y politicos, sino también biológicos (control de la descendencia por medio de la regulación de los matrimonios), educativos y culturales, simbólicos, etc. Todo esto es utilísimo para estudiar el caso de Bolivia, donde la falta de desarrollo de la «sociedad civil» capitalista, la pervivencia –real o simbólica– de las relaciones de dependencia personal, la existencia de clases que son a la vez estamentos, etc., hacen inviable la aplicación de criterios puramente económicos o politicos.

Bourdieu ha tenido un fuerte impacto en una parte de la izquierda boliviana al permitirle concebir la «revolución» en términos de redistribución de distintos tipos de capital, y por tanto como revolución política, simbólica o cultural, eludiendo el «requisito lógico» marxista para una revolución social, esto es, la redistribución radical de la propiedad. Laclau y la redefinición del populismo. Ernesto Laclau fue un posmarxista; «lo que no quiere decir antimarxista», como le gustaba repetir. A diferencia de Harvey y Negri, rechazó la dialéctica, un tipo de lógica que para él sigue siendo homogeneizadora, que sigue formando parte de la razón instrumental o «mundo de la técnica», y por eso no puede dar cuenta de la radical heterogeneidad del mundo social, que no es como la heterogeneidad que vemos entre un imán de carga positiva y otro de carga negativa (con la que trabaja la dialéctica), sino como la que hay entre el acero y el plástico. Para él, la incapacidad de abarcar la heterogeneidad de lo existente, propia de una lógica homogeneizadora como la dialéctica, explica las limitaciones de la teoría de Marx sobre el capitalismo y su devenir. Laclau, seguidor de la teoría semiológica de Jacques Derrida y del psicoanálisis lacaniano, no se propone «arreglar» el marxismo, sino deconstruirlo para purgarlo de sus contenidos dialécticos (y, por otra parte, de los cientificistas). Dice que la esencial heterogeneidad e impredecibilidad del mundo social no se hace evidente por la existencia de ciertas regularidades históricas y transitorias, que son articulaciones «hegemónicas» de lo diverso. Laclau hace una compleja descripción de las condiciones de posibilidad de una «formación hegemónica», es decir, explica cuándo lo que es esencialmente parcial y diverso se articula en un todo y alcanza un rango universal pero contingente.

Laclau parte de las «demandas» que no han sido satisfechas por las instituciones del poder. La unificación de estas demandas insatisfechas constituye la primera etapa de la construcción hegemónica (lo que implícitamente saca al poder de tal construcción, aunque este vuelva a entrar en ella en las siguientes etapas). Esta articulación equivale al paso, bien conocido en el marxismo, de las demandas económicas a las demandas políticas, que en el caso de Laclau opera como el paso de demandas «democráticas», producidas por algún tipo de exclusión o privación, a demandas «populares», producto de la articulación «equivalencial» de demandas democráticas. Para que este tránsito se produzca tiene que haber un «conector», que normalmente es una consigna polisémica como «tierra para el que la trabaja», «nacionalización del gas», etc., un líder o una lucha particular pero capaz de simbolizar las distintas demandas. Esa simbolización no funciona por medio de un «denominador común» de las demandas, sino de un «significante vacío», es decir, de algo que sea capaz de significar diversas demandas a la vez. Este significante vacío es un «nombre» con el que un grupo social se identifica y en torno del cual se constituye. Esta constitución del grupo se realiza siempre en oposición a un adversario común. Bajo esta teoría «discursiva», el nombre sigue significando el momento constitutivo de su hegemonía incluso más tarde, cuando las demandas que estaban en su origen se resuelven o desaparecen. Tal es el «efecto retroactivo» de todo nombre.