Tema central

¿Europa se desintegra?

El 4 de diciembre de 2016, Austria decidió no elegir como presidente a un populista de derecha, Norbert Hofer, quien igualmente obtuvo 46% de los votos. Ese mismo día, en medio de discusiones sobre el trumpismo, Italia votó por el «no» en un referéndum sobre reformas constitucionales propuestas por Matteo Renzi, primer ministro con aspiraciones de reformador. Aunque muchos votaron contra lo sustancial de las propuestas, resultó un gran impulso para el populista Movimiento Cinco Estrellas liderado por el comediante Beppe Grillo e incrementó la perspectiva de una inestabilidad mayor, en especial en la frágil banca de la tercera economía de la eurozona.En 2017 habrá elecciones parlamentarias en los Países Bajos, donde le está yendo bien al partido populista de Geert Wilders; también, elecciones presidenciales en Francia, con la casi total seguridad de que Marine Le Pen enfrente en segunda vuelta al conservador François Fillon10, y después las elecciones generales de Alemania durante el otoño boreal. De ellas, las más peligrosas son las elecciones francesas, que algunos han descripto como la «Stalingrado de Europa»11.

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Usé la palabra «populista» en varias oportunidades sin haberme tomado el tiempo para definirla. Pero ¿no es simplemente un término vago y multiuso para aplicar a todos los partidos, movimientos y candidatos presidenciales que no nos gustan? ¿Qué es el populismo? Esa es la pregunta que intenta responder en What is Populism? [¿Qué es el populismo?]12, un libro breve y excelente, Jan-Werner Müller, un académico alemán que actualmente es profesor en Princeton. Müller recuerda una charla que dio una vez Richard Hofstadter llamada «Todos hablan sobre el populismo pero nadie lo puede definir»; sin embargo, presenta el mejor intento que conozco de darle al término un significado contemporáneo y coherente.

Los populistas hablan en nombre del «pueblo» y proclaman que su legitimidad directa emanada «del pueblo» está por encima de todas las demás fuentes de autoridad política legítima, sea el tribunal constitucional, el jefe del Estado, el Parlamento o el gobierno local o estadual. La frase de Trump «Yo soy su voz» es una típica declaración populista. Pero también lo es la respuesta del primer ministro turco a las acusaciones de la ue, de que su gobierno había cruzado una línea roja con sus restricciones a la libertad de los medios: «El pueblo es el que traza las líneas rojas». También es populista el titular de primera plana del Daily Mail que denunciaba como «enemigos del pueblo» a tres jueces de la Corte Suprema británica que dictaminaron que el Parlamento tenía que aprobar el «Brexit». Mientras tanto, los nacionalistas de derecha polacos justifican un intento en marcha de neutralizar al Tribunal Constitucional de Polonia con el fundamento de que el pueblo es «el soberano».La otra jugada populista crucial es identificar como «pueblo» (o Volk) a lo que termina siendo solo una parte del pueblo. Hay una cita de Trump durante su campaña que lo ejemplifica a la perfección: «Lo único que importa es unificar al pueblo –dijo The Donald–, porque el resto de la gente no importa». Nigel Farage, del Partido de la Independencia de Reino Unido (ukip, por sus siglas en inglés), saludó el voto por el «Brexit» como una victoria de «la gente común», «la gente decente» y «la gente real». 48% de quienes votamos el 23 de junio de 2016 por que Gran Bretaña permaneciera en la ue no somos comunes ni decentes, ni siquiera reales. En todas partes ahora hay que tener cuidado con «la otra gente»: los mexicanos y los musulmanes en eeuu, los kurdos en Turquía, los polacos en Gran Bretaña y los musulmanes y los judíos en toda Europa, así como los sinti y los roma, los refugiados, los inmigrantes, los negros, las mujeres, los cosmopolitas, los homosexuales, por no hablar de los «expertos», las «elites» y los «medios de comunicación dominantes». Bienvenidos a un mundo de trumpismo exacerbado. El populismo, sostiene Müller, es enemigo del pluralismo. Su blanco es la democracia pluralista y liberal, con los vitales frenos y contrapesos constitucionales y sociales que evitan que cualquier «tiranía de la mayoría» se imponga sobre los derechos humanos individuales, los resguardos de las minorías, los tribunales independientes, una sociedad civil fuerte y medios de comunicación independientes y diversos.

Müller rechaza el concepto de «democracia iliberal», porque sostiene que este le permite a gente como Viktor Orbán proclamar que Hungría es simplemente otro tipo de democracia, auténticamente democrática de un modo diferente. Lo que ha hecho Orbán, por ejemplo en su control de los medios, socava la democracia. Sin embargo, creo que necesitamos un término para describir lo que ocurre cuando un gobierno que surge de elecciones libres y justas destruye los cimientos de una democracia liberal sin todavía erigir una abierta dictadura, algo que quizá no tenga siquiera intención de hacer. Palabras como «neoliberalismo», «globalización» y «populismo» son aproximaciones imperfectas a fenómenos que tienen significativas variaciones nacionales, regionales y culturales. «Régimen híbrido» suena demasiado inespecífico, así que a menos que o hasta tanto alguien encuentre un término mejor, seguiré utilizando «democracia iliberal».

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Si la era posmuro va desde 1989 hasta 2009, ¿en qué época nos encontramos ahora? Con casi total seguridad, no lo sabremos por una década o por tres. En un mal día de Europa (y hubo demasiados en 2016), dan ganas de optar por la hibernación criogénica; pero este no es el momento de permanecer congelados. No: quienes creemos en la libertad y el liberalismo tenemos que luchar contra los ejércitos del trumpismo. El punto de partida para combatir con éxito es entender exactamente qué consecuencias y de cuáles aspectos del liberalismo económico y social de la era posmuro (y de los procesos relacionados, como el veloz cambio tecnológico) alienaron a tanta gente que ahora vota por populistas, quienes a su vez amenazan las bases del liberalismo político en sus países y en el exterior. Y cuando se llegue a un diagnóstico certero, los liberales de izquierda y de derecha tienen que acordar políticas y un discurso accesible y movilizador en lo emotivo para que esas políticas puedan recuperar a los votantes desilusionados. Del resultado de esa lucha dependerán el carácter y la denominación que en el futuro se le dé a nuestra época, hoy sin nombre.

  • 10.

    Este artículo fue escrito antes de las elecciones presidenciales en Francia y transmite la sensación con la que comenzó la campaña. El triunfo de Emmanuel Macron constituyó luego un significativo mensaje proeuropeo. Tampoco en los Países Bajos Wilders logró los resultados esperados por los más pesimistas [n. del e.].

  • 11.

    Para una perspectiva de las elecciones en Francia, v. mi artículo «Time to Think the Unthinkable About President Le Pen» en The Guardian, 9/12/2016.

  • 12.

    University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 2016.