Tema central

¿Europa se desintegra?

Siempre hay continuidades a través de esas cesuras, y una de ellas es el ascenso pacífico e ininterrumpido de Alemania. Luego de recibir de manera inesperada en 1989-1990, con su rápida y pacífica unificación tras la caída del Muro de Berlín, lo que Fritz Stern llamó memorablemente una «segunda oportunidad», Alemania la aprovechó hasta ahora muy bien. Sin duda habría sido una gran satisfacción para Stern, cronista incomparable del florecimiento intelectual alemán a principios del siglo xx, ver que a principios del siglo xxi la fortaleza política y económica alemana se ve acompañada por cierta restauración de su potencia intelectual. Algunos de los análisis más incisivos sobre Europa y sus descontentos vienen hoy de académicos alemanes.

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Philipp Ther es un historiador alemán que da clases en la Universidad de Viena. A pesar de que la edición inglesa de su libro se titula Europe since 1989: A History [Europa desde 1989. Una historia]3 y de que afirma en el prefacio que intenta una continuación de Postguerra de Judt «en términos temporales y más enfocado en la historia social y económica», esta no es una historia de Europa en su conjunto. Hay solo una referencia en el índice a François Mitterrand y ninguna a Giulio Andreotti. Es una historia de la Europa central y del Este poscomunista, con muchas referencias a Alemania y un largo capítulo comparativo sobre el sur de Europa. A diferencia del libro de Judt, tiene una tesis conductora central que el título de la edición alemana original capta mejor: El nuevo orden en el Viejo Continente. Una historia de la Europa neoliberal. El núcleo del libro es un argumento sobre lo que las políticas «neoliberales» hicieron con las sociedades de la Europa poscomunista.

A pesar de su densidad, el libro de Ther está amenizado por anécdotas y observaciones personales, empezando por su primer viaje «al Este» en 1977, cuando tenía diez años. Incluye capítulos estimulantes sobre lo que llama la «cotransformación» de Alemania occidental y oriental, y sobre el momento de esplendor de las capitales como Varsovia, en un franco contraste con las regiones más pobres del país, conocidas en Polonia como «Polonia b». Algo inusual para un académico alemán, puede a veces ser un poco descuidado, cuando llega a conclusiones de gran alcance sobre la base de apenas una o dos fuentes4.

No obstante, su tesis central merece ser considerada con seriedad. Argumenta que un «tren neoliberal», que pusieron en marcha la Gran Bretaña de Margaret Thatcher y los eeuu de Ronald Reagan, comenzó a «recorrer Europa en 1989». Ther afirma que utiliza el término neoliberalismo «como un término neutral, analítico» y distingue correctamente entre su historia intelectual y las circunstancias políticas y sociales específicas de su implementación. Su resumen de los principales pilares de la ideología neoliberal no parece ser del todo neutral:

Una fe ciega en el mercado como árbitro en casi todos los asuntos humanos, una dependencia irracional de la racionalidad de los participantes del mercado, desdén por el Estado tal como se expresa en el mito del big government y aplicación uniforme de las recetas económicas del Consenso de Washington.

Sostiene que sus características principales, en la forma en que se aplicó en Europa del Este, fueron la liberalización, la desregulación y la privatización, y que sus consecuencias en términos de desmembramiento social y crecimiento de la desigualdad fueron muy perjudiciales.

Se deben consignar muchas reservas frente a esta crítica del impacto del neoliberalismo en la Europa poscomunista. En primer lugar, como señala cuidadosamente el propio Ther, lo único peor que experimentar una transformación neoliberal en la economía fue no experimentar una transformación neoliberal. Basta con observar el pobre desempeño de Ucrania, Rusia y Rumania. En 1989, Polonia tenía aproximadamente el mismo pib per cápita que Ucrania; un cuarto de siglo más tarde, el pib per cápita de Polonia era aproximadamente el triple que el de Ucrania. Lo que es todavía más revelador: Ther afirma que el pib per cápita de Polonia alcanzaba aproximadamente el 10% del de la Alemania recientemente unificada en 1991, pero apenas 20 años después llegaba a 53%5.

En segundo lugar, su uso del término «neoliberalismo» corre el riesgo de sobredimensionar el aspecto ideológico. Sí, hubo «thatcheristas del Este», como Václav Klaus, el padrino de la transformación económica de la República Checa, y Klaus era más thatcherista que Thatcher. Pero no fue un movimiento ideológico de masas como el comunismo o el fascismo en los años 20 y 30, conducido por líderes que creían apasionada y dogmáticamente en su ismo. La mayoría de los que adoptaron estas políticas «neoliberales» luego de 1989 lo hicieron por pragmatismo, por falta de cualquier alternativa creíble.

Ese fue el caso de Tadeusz Mazowiecki, quien ocupó el cargo de primer ministro de Polonia inmediatamente después del comunismo y en el pasado había sido algo parecido a un socialista cristiano. Y recuerdo a Bronislaw Geremek, uno de los principales asesores de Solidaridad y luego ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, cuando me explicaba su apoyo a la «terapia de shock» neoliberal con una metáfora. Fíjese, me dijo, la economía planificada nacionalizada es como un enorme búnker de concreto, por lo que se necesita una topadora gigante para derrumbarla. Les habría encantado que el punto de llegada hubiera sido una versión socialdemócrata del capitalismo a la escandinava. Pero primero tenían que construir ese capitalismo a partir de las ruinas del búnker comunista.

Y esto me lleva a una reserva final. Está muy bien que Ther se explaye irónicamente sobre Thatcher y su eslogan tina («There Is No Alternative», no hay alternativa) y que señale, con mucho humor, que alternativlos (la versión alemana de tina) resultó elegida como la palabra alemana más fea de 2010. Pero ¿cuál era exactamente la alternativa? ¿De qué otra forma se podría haber creado una economía de mercado? Los historiadores no están en absoluto obligados a hacer historia contrafactual, pero hacerla puede muchas veces enriquecer su trabajo.

  • 3.

    Princeton University Press, Oxford-Princeton, 2016.

  • 4.

    Un ejemplo: construye un argumento a partir de un ensayo mío de 1990 que encontró en la revista alemana Transit. Sobre la base de este único documento, me acusa de ignorar tanto el trabajo democrático de base hecho por Solidaridad en Polonia como la larga tradición de pensamiento democrático checo, de nunca haberme preguntado qué podría aprender o adoptar Occidente de Europa del Este y, por lo tanto, de adoptar una actitud condescendiente hacia los europeos del Este, en una tradición que (como demostró Larry Wolff) se remonta a la Ilustración; e incluso me achaca «discutir desde una perspectiva implícitamente occidental posmoderna». Parece desconocer completamente que el artículo era una traducción al alemán de un ensayo publicado en The New York Review of Books ese mismo año, que formaba parte de una serie interconectada de artículos y libros que, como los lectores de la Review saben mejor que nadie, se escribieron con el mayor respeto posible hacia la herencia de Solidaridad y las ideas de disidentes de Europa del Este tan importantes como Václav Havel.

  • 5.

    La inclusión de Alemania del Este en la suma de las cifras alemanas de 1991 crea por supuesto un sobredimensionamiento estadístico real del crecimiento de Polonia.