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Europa-América Latina: retos regionales y globales compartidos

Ante la posible retirada internacional de Estados Unidos, América Latina y Europa tendrán que asumir más responsabilidades para bregar por una gobernanza global. Temáticas como el cambio climático o la política de drogas son parte de una nueva agenda compartida que debería reemplazar la vieja lógica del interregionalismo, basada en una forma de integración que pierde peso en América Latina y la Unión Europea. Desarrollo, populismo e inseguridad dominan la agenda interna de ambas regiones, que comparten problemas similares y deberían preguntarse qué pueden hacer juntas, en lugar de qué puede hacer la UE por América Latina.

Julio - Agosto 2017
Europa-América Latina: retos regionales y globales compartidos

América Latina está muy por debajo del peso que podría y debería tener en una política exterior de la Unión Europea demasiado ocupada en apagar fuegos en su vecindad y con poca capacidad de reflexión estratégica. El resultado es una relación muy dispersa, dividida entre cumbres ue-Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y una amplia red de cooperación subregional, bilateral y local que carece de un enfoque y una hoja de ruta claros. En lugar de construir la alianza que anunciaron ambos socios hace casi 20 años en su primera cumbre en Río de Janeiro, y ante la falta de impulso e ideas, América Latina y Europa se están distanciando. La ue afronta una crisis existencial y concentra su política exterior en sus vecinos del este y el sur, mientras que América Latina desvía sus relaciones externas hacia Asia-Pacífico.

América Latina nunca ha ocupado un lugar importante en la política de la ue. Esta «negligencia benigna» hacia la región que en términos políticos y culturales es la más cercana a Europa se debe a la naturaleza de la ue, que constituye un actor regional con una política de vecindad, pero cuya presencia e influencia global son fragmentadas. El hecho de que España sea el Estado miembro con más intereses culturales, políticos y económicos en América Latina no ha contribuido a elevar su peso en la agenda europea. Por un lado, España se integró tarde y económicamente debilitada a la ue, y por otro, Madrid sigue su propia política a través de las Cumbres Iberoamericanas, que se intercalan con las europeo-latinoamericanas sin ningún tipo de coordinación o sinergia con Bruselas.

Más sorprendente que la habitual inercia de Bruselas hacia América Latina es la creciente «deseuropeización» de América Latina. La ue tiene un menor peso en la agenda exterior de los países latinoamericanos, que aprovechan las ventajas de la globalización para diversificar a sus socios –por estar geográficamente situados entre el Atlántico y el Pacífico– y siguen la corriente autonómica en la política exterior, frente a la estrategia de la aquiescencia1. La demanda de materias primas por parte de China reemplazó en gran medida el mercado europeo, que impone muchas restricciones y jamás ha renunciado al proteccionismo agrícola para firmar un acuerdo de libre comercio con el Mercado Común del Sur (Mercosur), el único bloque que sigue concentrando una cuarta parte de sus compras y ventas en la ue.

El éxito de la iii Cumbre Celac-ue, que se reunirá en septiembre de 2017 en El Salvador, depende de la capacidad para superar la parálisis de las relaciones y construir un relato que trascienda el viejo modelo de una cooperación Norte-Sur basada en un interregionalismo que no funciona, ya que ninguno de los dos bloques es un actor cohesionado. Si las cumbres sirven para solucionar problemas, habría que definir tales problemas y construir sobre ellos, en lugar de suscribir declaraciones y planes de acción de dudoso destino o implementar programas de cooperación técnica que no requieran la presencia de 33 jefes de Estado y de Gobierno latinoamericanos y 28 europeos. Pero todo indica que habrá continuidad de la inercia multitemática2 en la próxima cumbre, que producirá otra declaración y otro plan de acción imposibles de cumplir ya que, como reza el dicho, «quien mucho abarca poco aprieta».

Para dar un nuevo impulso a una relación tibia y difusa, se propone una perspectiva centrada en compartir problemas y soluciones en lugar de exportar recursos y conceptos de Europa. La crisis de la integración y del interregionalismo, el desarrollo, la inseguridad ciudadana y el populismo que emana del declive de la democracia liberal serían parte de una agenda de relaciones basada en el aprendizaje mutuo. Los hechos y datos demuestran sorprendentes semejanzas entre los desafíos latinoamericanos y los europeos. Centrar la agenda en los retos compartidos desde una perspectiva de socios sería una alternativa a la continuidad de un modelo en crisis.

Diagnóstico: crisis de integración y del interregionalismo Norte-Sur

La única mención de América Latina que hace la Estrategia Global de la ue es para hablar del desarrollo de «vínculos multilaterales con la Celac y con otros grupos regionales»3, lo cual responde a la vieja lógica de exportar la integración, pero no a la realidad de una región fragmentada que se encuentra con una ue cada vez más dividida. El gran relato del interregionalismo entre dos regiones integradas, que celebran cumbres con formato Celac-ue y que comparten valores y principios, está agotado y superado por una realidad que refleja los límites de integración en ambas regiones:

- En su Estrategia Global, la ue constata «una crisis existencial de la integración», que se inició con la crisis en 2008 y culminará con el «Brexit», previsto para 2019. Por primera vez, no existe una clara hoja de ruta de integración europea y su avance está siendo cuestionado por las propias instituciones supranacionales. Por ejemplo, el Libro Blanco sobre el futuro de Europa diseña cinco escenarios, entre ellos uno que predice el retorno al Mercado Único Europeo y otro referido a una «ue de diferentes velocidades» (Schengen, euro, etc.) que, más que un escenario, es un hecho4. La futura integración a la ue de los candidatos de Europa del Este (Albania, Montenegro, Macedonia y Serbia) profundizará las fragmentaciones de una integración «a la carta». En este contexto, un «Brexit suave», con pocos costos, abriría la puerta a que otros países sigan el camino de salida de Reino Unido5, mientras que uno «duro» podría servir de vacuna. En todo caso, por la crisis de los refugiados, la amenaza terrorista y la necesidad de asumir los costos de su propia defensa, la ue podría avanzar hacia una comunidad de seguridad, pero en su sentido negativo: devenir una «fortaleza Europa».

- A diferencia de la ue, América Latina nunca ha sido un actor cohesionado por un único esquema de integración, sino una región fragmentada sin una institucionalidad colectiva, más allá de la Organización de Estados Americanos (oea). El «Vexit» –la posible salida de Venezuela de la oea después de que esta organización condenara el intento de desconocimiento del Parlamento y la violencia6– y el debate sobre el gobierno de Nicolás Maduro, acusado por el secretario general Luis Almagro de haberse convertido en una dictadura, revelan profundas divisiones ideológicas entre los países. Por su parte, la Celac culmina un largo proceso de cooperación intrarregional desde el Grupo de Contadora al Grupo de Río, pero no es una alianza contrahegemónica ni tampoco una contraparte de la ue, ya que carece de un entramado institucional. Países como Bolivia y Ecuador participan en múltiples esquemas de cooperación –Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (alba), Celac, Mercosur, Unión de Naciones Suramericanas (Unasur)–, sin una clara preferencia o compromiso de cumplir con lo firmado. El problema de la «integración latinoamericana» no es la falta de supranacionalidad (que más que el punto de partida, sería el resultado de una integración de hecho), sino el predominio de gobiernos cuyo color político condiciona la evolución y el diseño de las diferentes entidades. La constante redefinición de los objetivos en función de la ideología de los presidentes hace que el debate académico sobre «regionalismo antihegemónico» o «posneoliberal» y la supuesta división entre Mercosur y Alianza del Pacífico7 ya esté en crisis por un nuevo ciclo político marcado por gobiernos conservadores en Argentina, Brasil y Perú. Ante los constantes cambios de grupos intergubernamentales, parece más realista hablar de «regionalismo modular»8 que de integración.

- La crisis de integración en ambas regiones conlleva el declive del «interregionalismo puro» como una relación entre bloques integrados9. Las fragmentaciones internas y el método intergubernamental que determinan la cooperación latinoamericana y el ritmo de la integración europea señalan los límites de una relación Celac-ue. Tampoco ha funcionado el interregionalismo comercial, ya que el Mercosur y la ue llevan casi 20 años negociando un imposible acuerdo de asociación. El declive del interregionalismo coincide con el auge del bilateralismo, que se manifiesta en los acuerdos de libre comercio entre la ue y países individuales (Chile, Colombia, Ecuador, México y Perú) y las asociaciones estratégicas de la ue con Brasil y México. El bilateralismo plantea la necesidad de crear un sistema de seguimiento de las relaciones, una función que no cumple la Fundación ue-lac, la única institución birregional.

Otra contradicción de la fórmula Celac-ue es la inclusión del Caribe, que tiene un estatus muy diferente de América Latina respecto a la ue, ya que se beneficia del Fondo Europeo de Desarrollo (fed) y ha sido parte del Convenio de Cotonou y de los posteriores acuerdos regionales. Además, las Cumbres Celac-ue entre más de 60 países no son demasiado eficaces como foro de decisión y motor de las relaciones. Ante las fragmentaciones existentes, funciona mejor el multilateralismo «a la carta», con alianzas temáticas y canales bilaterales de cooperación con Bruselas, por un lado, y los Estados miembros de la ue, por otro. Sin embargo, falta un paraguas institucional con una sede birregional, así como concentrar la agenda interregional en pocos temas estratégicos.

Desarrollo, inseguridad y populismo

La política latinoamericana de la ue tiene un enfoque unilateral. Casi siempre responde a la pregunta: ¿qué puede hacer la ue por América Latina? y raras veces a: ¿qué pueden hacer América Latina y la ue juntas? Una salida del laberinto de declaraciones y planes de acción incumplidos podría consistir en reorientar la relación en pocos temas claves que permitan avances concretos. Entre ellos, se destacan tres:

Desarrollo. Por su incorporación tardía a la política de cooperación de la ue (tras el ingreso de España), América Latina es una «región no asociada». Este estatus se ha acentuado por la concentración de la ayuda de la ue en países de menor ingreso y por los recortes de 70% de la cooperación de España, que de ser el sexto donante en 2009 pasó al lugar 16o en 201510. Al ser una región de renta media, aunque con serios problemas de desigualdad, América Latina ya no encaja en el esquema Norte-Sur, y la crisis ha mermado las perspectivas de la cooperación triangular. Las consecuencias del estancamiento económico de la ue (con un crecimiento de 1,6% en 2016) y una América Latina en recesión (el índice de crecimiento fue -0,9% en ese mismo año) plantean un primer reto común. Ambas regiones afrontan crecientes desigualdades sociales y divisiones entre países que avanzan y otros que retroceden. Aunque dentro del marco de una moneda común, el problema de la deuda pública externa –que, por ejemplo, en España, aumentó de 60% del pib antes de la crisis a 100% en 2016– guarda muchas semejanzas con las crisis financieras que sufrió América Latina, desde la primera en 1988 en México hasta la más reciente en 2001 en Argentina11. La deuda pública de Grecia, Italia y Portugal supera el 130% del pib, a gran distancia de la alemana, que representó en 2016 un 68%, el mismo nivel que la brasileña, la más alta de América Latina. Los programas de ajuste económico (en el sur de Europa y en Argentina y Brasil) elevan la desigualdad. Aunque la concentración de ingresos en los países latinoamericanos sigue siendo mucho mayor que el promedio europeo (un coeficiente de Gini de 0,47 frente a 0,31 de Europa en 2015), la distancia ha disminuido. Los países con el mejor coeficiente de Gini, Nicaragua o Uruguay, están prácticamente a la par con Grecia, Portugal y España. En ambas regiones se observa una polarización entre pocos países equitativos (Uruguay en América Latina y los países nórdicos en la ue) y los demás, con los peores niveles de desigualdad en Honduras (0,54) y Letonia (0,38). El objetivo de la «cohesión social» que asumieron las dos regiones implica un mayor gasto social. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y de Eurostat, en el caso latinoamericano, esta partida del presupuesto ha subido de 12,6% del pib en 1991-1992 a 19,5% en 2013-2014, una cifra casi igual al gasto social de Hungría, Polonia y República Checa, pero más de diez puntos por debajo del promedio en la ue (28,7%). Estos datos confirman importantes divisiones intrarregionales y la necesidad de un nuevo modelo de desarrollo basado en la Agenda 2030, el Estado de Bienestar y la sostenibilidad. Una mayor cooperación birregional requiere abandonar las pautas tradicionales de donante y receptor e iniciar una primera reflexión común sobre los costos de los programas de ajuste como única respuesta a las crisis.

Inseguridad ciudadana. Los actores transnacionales de la violencia, como el narcotráfico y el terrorismo, constituyen una amenaza a la democracia y la seguridad en América Latina y Europa. Según el Latinobarómetro 2016, 20% de los latinoamericanos identificaron el miedo a ser víctima de la delincuencia como principal preocupación, seguida por el desempleo (16% de los ciudadanos, el mismo porcentaje que en la ue) y la economía, que 11% consideró un problema primordial. De acuerdo con el Eurobarómetro, en la ue, la inmigración (45%) y el terrorismo (32%) son percibidos como las principales preocupaciones. La «securitización» de la migración, contraria al tradicional enfoque europeo de derechos humanos, por un lado, y mayores controles de seguridad para responder a la amenaza del terrorismo, por el otro, reducen las libertades y la credibilidad de la ue como actor normativo12. En América Latina, las recetas de «mano dura» contra el crimen organizado tienen un efecto similar. La ue ha incorporado el nexo entre desarrollo y seguridad en su cooperación con la región y particularmente con América Central, pero sería importante ampliar el diálogo y la cooperación a países como Brasil, México y Venezuela (con la segunda tasa más alta de homicidios de la región, tras Honduras), que afrontan problemas similares y comparten con la ue el problema del narcotráfico. La inseguridad ciudadana ha conducido, en algunos países, al reclamo de «salvadores de la nación», lo que ha facilitado el auge del populismo o un mayor papel de las fuerzas de seguridad en detrimento de las libertades democráticas.Populismo. Los partidos, líderes y gobiernos populistas en Europa y América Latina confirman la necesidad de un diagnóstico conjunto para analizar las causas y consecuencias de este fenómeno13. El retorno del nacionalismo y de líderes populistas en Europa –que están en el poder en Polonia y Hungría y crecieron en Francia y los Países Bajos– coincide con su declive en América Latina. El caos en Venezuela simboliza el fracaso de la Revolución Bolivariana, que ha dejado de ser populista para convertirse en autoritaria y, ante la hiperinflación y la crisis de suministros, parece inviable como alternativa socioeconómica. Más allá del debate ideológico, el fracaso del poschavismo señala la cara negativa del populismo en el poder, incapaz de solucionar la inseguridad ciudadana, la pobreza o la desigualdad. Los populismos europeos de derechas comparten con su variante latinoamericana de izquierdas el nacionalismo y el liderazgo carismático basado en un discurso simplista y polarizador. Ambos son profundamente antiliberales: rechazan el libre comercio, la integración y la globalización, alimentan resentimientos hacia «el otro», conspiran contra la democracia representativa y prometen recompensar a los excluidos. El populismo refleja la crisis de la democracia liberal. Una comparación de la confianza en las instituciones en América Latina y la ue revela resultados sorprendentemente similares. En primer lugar, la mayoría de los ciudadanos europeos y latinoamericanos confía sobre todo en la Iglesia y en las Fuerzas Armadas.

Los partidos políticos son las instituciones peor evaluadas (con 17% de confianza en América Latina y un punto menos en la ue) y también prevalece una visión negativa de los parlamentos (25% y 32%, respectivamente) y de

los gobiernos (respaldados por 28% y 31%, respectivamente). Los resultados se deben a la corrupción y la crisis, pero también a la percepción de que la elite política (liberal o tecnocrática) no puede solucionar los problemas de la población. Afrontar conjuntamente estos y otros retos compartidos fortalecería los procesos de integración en ambas regiones y la posición internacional de América Latina y Europa frente a los desafíos que plantea el gobierno de Donald Trump.

Convergencias globales en contraposición a Washington

Ante el cuestionamiento del orden liberal en eeuu, los países latinoamericanos y europeos tendrán que asumir más responsabilidades dentro y fuera de sus regiones. El enfriamiento de la relación transatlántica e interamericana con eeuu podría generar una nueva alianza europeo-latinoamericana, al abrir una ventana de cooperación en aquellos ámbitos conflictivos –como el cambio climático, las drogas, las migraciones o el comercio– en los que América Latina y la ue comparten un mayor consenso y difieren de la posición nacionalista de eeuu.

Cambio climático. Desde la cumbre birregional de 2008 en Lima, la lucha contra el cambio climático ha sido un tema estelar en las relaciones. La estrecha cooperación europeo-latinoamericana –en el marco del programa Euroclima o el Fondo Amazónico de Brasil– contribuyó a la firma del Acuerdo de París en diciembre de 2016. Gran parte de la labor conjunta se debe a visiones compartidas, aunque desde diferentes perspectivas. El concepto del Buen Vivir acogido en las constituciones de Bolivia y Ecuador refleja una nueva cosmovisión que coincide, en parte, con el ecologismo y las políticas medioambientales en Europa. La retirada de eeuu del Acuerdo de Cambio Climático transfiere un mayor liderazgo internacional a los países europeos y latinoamericanos que han sido claves en la negociación y que lo serán para mantener y cumplir los compromisos asumidos. En este ámbito convergen los intereses y agendas y se ha producido una cooperación estrecha y positiva que habría que profundizar y, eventualmente, institucionalizar más allá del irregular foro de diálogo sectorial.

Política de drogas. Las políticas de drogas, con enfoques similares entre países europeos y latinoamericanos, es otro tema en el que Europa y América Latina pueden promover cambios globales. El debate en América Latina sobre la despenalización y el fracaso de la guerra contra el narcotráfico encuentran su origen en una política europea que entiende el consumo como un problema de salud, distingue entre drogas duras y blandas y ofrece el desarrollo alternativo como contrapostura a la militarización y la criminalización representada por eeuu. Desde una perspectiva de corresponsabilidad (entre países productores y consumidores), existe un diálogo sobre drogas y un Programa de Cooperación en Política de Drogas entre América Latina y la ue (Coplolad), pero en ambos casos se trata de vínculos de índole técnica. Teniendo en cuenta que «un mundo libre de drogas» sigue siendo el paradigma de la Organización de las Naciones Unidas (onu) –incluso después de la Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre Drogas (ungass) de 2016–, América Latina y Europa podrían proponer un cambio radical en la política global contra las drogas, contrario a la idea de que el prohibicionismo y la represión conducirán a su erradicación. Conectar los debates latinoamericanos y europeos sobre la legalización de determinadas drogas blandas como la marihuana, ya practicada en los Países Bajos y Uruguay, serviría para impulsar una nueva política interregional y global.

Migración. La migración es un área de escaso interés en las relaciones birregionales, pero de gran relevancia en la agenda iberoamericana, ya que la mayoría de los emigrantes latinoamericanos reside en España y la crisis que elevó la tasa de desempleo juvenil en ese país a 47% ha aumentado el número de españoles que buscan empleo en América Latina. La propuesta de Trump de completar el muro en la frontera de 3.200 kilómetros que separa a eeuu de México contrasta con la reducción de barreras entre América Latina y Europa. La ue eliminó en 2015 los visados para colombianos y ecuatorianos y España sigue concediendo un trato preferencial a los ciudadanos de sus antiguas colonias. La ue y España como principal socio europeo de México deberían condenar con más firmeza, en conjunto, el proyecto del muro, por su carácter xenófobo que coloca a los mexicanos como una amenaza de seguridad en el peor estilo populista.

Comercio. La retirada de eeuu del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (tpp, por sus siglas en inglés) y la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (tlcan) contrastan con la continuidad de la agenda de libre comercio entre América Latina y la ue. Ya se han firmado acuerdos de libre comercio entre la ue y Centroamérica, Chile, Colombia, Ecuador, México y Perú. Sin embargo, estos no han alterado la tendencia hacia una desviación del comercio. En el caso chileno, por ejemplo, en 1990 25% del comercio era con la ue, que ahora representa 10% de los intercambios. Las estadísticas de Perú, en 2015, muestran que 22,5% del comercio fue con China, 18% con eeuu y solo 13% con la ue. Y México sigue concentrando la exportación de sus bienes y servicios en un 85% en eeuu. China ha superado a la ue como segundo socio comercial de América Latina. Para frenar esta tendencia, habría que concluir la «eterna» negociación de la ue con el Mercosur, lo que mostraría que Bruselas sigue apostando al libre comercio que rechaza Washington. Aunque los presidentes Mauricio Macri y Michel Temer parecen más proclives a la apertura comercial, sus gobiernos tienen poca capacidad de negociación y, en el caso del segundo, un limitado respaldo interno. Asimismo, las tendencias proteccionistas de una ue sin Reino Unido endurecerán la posición europea. Continúa el juego de suma cero: las máximas ganancias agrícolas del Mercosur son percibidas como máximas pérdidas desde la ue y los beneficios europeos en servicios son considerados un costo demasiado alto en el Mercosur. Pero sin un acuerdo con el Mercosur o socios individuales, Europa seguirá perdiendo mercado en América Latina y credibilidad como bloque de cuatro libertades (bienes, servicios, capitales y personas).

¿Quo vadis?

En torno de estos retos regionales y globales se podría construir una verdadera alianza atlántica entre Europa y América Latina, que parta de problemas y soluciones comunes y mantenga la bandera del multilateralismo y de la gobernanza global cuestionada por eeuu. Es importante resaltar que la ue percibe a América Latina como un socio del Atlántico Sur14 que, ante la ausencia de Washington, podría reemplazar al Atlántico Norte.

Cabe recordar que, en un contexto internacional centrado en Asia, América Latina tiene una posición geoestratégica privilegiada, por ser una región puente entre las Américas y Europa, por un lado, y entre el Atlántico y el Pacífico, por el otro. Como Atlántico Sur15, en términos de valores es una región híbrida de «Occidente»: la región se ve afectada por problemas similares a los europeos, pero a la vez forma parte de la cooperación Sur-Sur a través de los brics, el tpp y estrechas relaciones con Asia. Por todo ello, Europa debería identificar a América Latina como aliado y no como receptor de ayuda o contraparte interregional. Esta perspectiva más pragmática requiere reconocer las semejanzas, las fragmentaciones y las diferencias entre países y subregiones, para desarrollar políticas aún más específicas (en vez de «café para todos») y construir sobre una base de igualdad.

El paradigma de socios implicaría revisar el actual formato de Cumbre Celac-ue y los programas de cooperación regionales e identificar, en un ejercicio conjunto, los ejes temáticos donde convergen intereses, valores y posibles soluciones. Pueden ser los retos señalados u otros de la demasiado amplia «lista de compra» birregional, que incluye todo, pero resuelve poco. Solucionar conjuntamente problemas similares en vez de seguir el viejo paradigma de promover las «entidades regionales latinoamericanas» parece el verdadero reto de una relación sólida, pero difusa y poco estratégica. Ante la posible retirada de eeuu, Europa y América Latina tendrán que asumir nuevas responsabilidades para afrontar la crisis del multilateralismo y de la gobernanza global. Un primer paso sería reconocerse como semejantes.

  • 1.

    Roberto Russell y Juan Gabriel Tokatlian: «América Latina y su gran estrategia: entre la aquiescencia y la autonomía» en Revista cidob d’Afers Internacionals No 104, 2013, pp. 177-180.

  • 2.

    Los diez temas previstos de la cumbre son: ciencia, investigación, innovación y tecnología; desarrollo sostenible, medio ambiente, cambio climático; biodiversidad, energía, integración regional e interconectividad para fomentar la integración y cohesión sociales; migración; educación y empleo para fomentar la integración y cohesión sociales; el problema mundial de la droga; cuestiones de género; inversiones y espíritu empresarial con vistas a un desarrollo sostenible; educación superior; y seguridad ciudadana.

  • 3.

    Comisión Europea: «Una visión común, una actuación conjunta: una Europa más fuerte. Estrategia global para la política exterior y de seguridad de la Unión Europea», Bruselas, 2016.

  • 4.

    Comisión Europea: Libro Blanco sobre el futuro de Europa. Reflexiones y escenarios para la Europa de los Veintisiete, Bruselas, 2017.

  • 5.

    Sobre los costos del Brexit, v. Parlamento Europeo: «An Assessment of the Economic Impact of Brexit on the eu27: Study for the imco Committee», Bruselas, 2017.

  • 6.

    Consejo Permanente de la oea: «Resolución sobre los sucesos recientes en Venezuela», oea, Washington, dc, 3 de abril de 2017.

  • 7.

    V., entre otros, los artículos de José Antonio Sanahuja, Andrés Serbin y Pia Riggirozzi en A. Serbin et al. (coord.): El regionalismo «post-liberal» en América Latina y el Caribe: nuevos actores, nuevos temas, nuevos desafíos. Anuario de Integración Regional de América Latina y el Caribe 2012, cries, Buenos Aires, 2012.

  • 8.

    Gian Luca Gardini: «Towards Modular Regionalism: The Proliferation of Latin American Cooperation» en Revista Brasileira de Política Internacional vol. 58 No 1, 2015, pp. 210-229.

  • 9.

    Heiner Hänggi, Rolf Roloff y Jürgen Rüland: Inter-Regionalism and International Relations, Routledge, Londres-Nueva York, 2006; G.L. Gardini y Andrés Malamud: «Debunking Inter-Regionalism: Concepts, Types and Critique», Atlantic Future Working Paper No 38, 2014.

  • 10.

    Con una contribución menor que Bélgica y Corea del Sur, España ya no figura entre los diez principales donantes de América Latina que, no obstante, sigue recibiendo un tercio de los fondos.

  • 11.

    S. Gratius y José Antonio Sanahuja: «Enseñanzas latinoamericanas a la crisis del euro» en Política Exterior No 151, 1-2/2013, pp. 144-156.

  • 12.

    Anna Ayuso y S. Gratius: «América Latina y Europa: ¿repetir o reinventar un ciclo?» en Pensamiento Propio No 44, 7-12/2016, pp. 249-295.

  • 13.

    Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (eds.): Populism in Europe and the Americas: Threat or Corrective for Democracy?, Cambridge University Press, Cambridge, 2013.

  • 14.

    Discurso de Federica Mogherini durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, 18/2/2017, disponible en https://eeas.europa.eu/headquarters/headquarters-h... (en inglés).

  • 15.

    Jorge Bacaria y Laia Tarragona (eds.): Atlantic Future: Shaping a New Hemisphere for the 21st Century, cidob, Barcelona, 2016.