Tema central

El sinuoso regreso de la economía heterodoxa

Esta escuela económica tiene su origen en los trabajos pioneros de Joseph Alois Schumpeter, quien en la primera mitad del siglo xx formuló una teoría del desarrollo económico en la cual la innovación jugaba un papel fundamental. En particular, a juicio de Schumpeter, los bancos tenían que cumplir una misión neurálgica en el sistema económico: decidir qué proyectos empresariales merecían ser financiados y cuáles no. De esa forma, el desarrollo económico ya no es el producto accidental del operar espontáneo de los mecanismos automáticos de mercado, sino que se convierte en un proceso planificado de facto, en el cual se identifican ex ante los sectores estratégicos para el desarrollo y se dirige hacia ellos a todos los agentes económicos por medio de la política crediticia, que actúa como una formidable barrera para que las empresas que no son innovadoras o competitivas sean expulsadas del mercado.

Esta perspectiva fue relanzada por el economista italiano Paolo Sylos Labini, quien extendió la idea original de Schumpeter a los distritos industriales (clústeres) de pequeñas y medianas empresas (pymes), pero fue sobre todo en los últimos años cuando el neoschumpeterismo se impuso al gran público gracias al libro de la economista italoestadounidense Mariana Mazzucato El Estado emprendedor. Mitos del sector público frente al privado (2013)3. En ese trabajo se relanza la centralidad schumpeteriana de la innovación, aunque se aclara un problema poco considerado por el propio Schumpeter (o, mejor dicho, al cual Schumpeter no quiso darle una solución satisfactoria, probablemente por razones ideológicas que lo llevaban a desconfiar del intervencionismo estatal): dado que la innovación es un proceso enormemente incierto y acumulativo, no tiene atractivo económico para los privados –especialmente en su primera etapa– y, en consecuencia, el Estado tiene que convertirse en el motor de la innovación. Para ello debe hacerse cargo de la investigación básica por medio de instituciones específicas y, obviamente, por medio de una cuota significativa de su presupuesto. Desde este punto de vista, es indudable que la segunda pata de la política industrial brasileña ha sido justamente la inversión en ciencia y tecnología. A través de la estructura ramificada del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación se han logrado avances muy significativos en la inversión para investigación y desarrollo (i+d), bien ejemplificados por el polo tecnológico de Campinas y la construcción del primer y único acelerador de partículas de América Latina (Sirius).

A pesar del papel secundario que jugó en el reparto de los altos cargos ministeriales y gubernamentales, cabe destacar que el pensamiento económico heterodoxo logró un crecimiento importante en la academia brasileña. En un trabajo reciente4 se estimó que 42% de los profesores de economía de facultades brasileñas pertenecen a corrientes de pensamiento no ortodoxas: un resultado impresionante, sobre todo si se lo compara con el resto de la región, como veremos.

A primera vista, muchos de los comentarios relativos al caso brasileño parecerían extensibles también a Uruguay. Pero si miramos a las autoridades económicas del país, pasadas y presentes, podemos concluir que es muy difícil o casi imposible encontrar elementos que demuestren algún tipo de contacto con la economía heterodoxa. Al contrario, en su mayoría, los ministros de Economía y gerentes del Banco Central se caracterizaron por un discurso que podemos definir como muy tradicional y ortodoxo.

Este ha sido el caso, por ejemplo, del actual ministro de Economía Danilo Astori, cuyas declaraciones se han caracterizado siempre por un fuerte escepticismo sobre la expansión fiscal y un énfasis en la necesidad de respetar los equilibrios macroeconómicos internos y externos. De hecho, los enfrentamientos entre este ministro y las fuerzas más radicales que componen el Frente Amplio han sido frecuentes y a la vez muy duros. Sin embargo, durante su primer mandato (2005-2008), el ministro Astori fue también el autor de la reforma impositiva de diciembre de 2006 (Ley 18083), que representa un logro inimaginable para cualquier otro país sudamericano, especialmente si pensamos en Brasil y Argentina, cuyas estructuras tributarias siguen siendo extremadamente regresivas.

Con el objetivo declarado de acercarse a una composición del ingreso tributario parecida a la de los países del Primer Mundo, con la reforma de Astori se eliminaron impuestos distorsivos sobre el consumo: se redujeron las alícuotas del impuesto al valor agregado (iva) y se eliminó el iva mayorista, que determinaba un típico efecto cascada sobre toda la cadena de la distribución; se volvió a introducir el impuesto sobre los ingresos de las personas físicas con un sistema de alícuotas progresivas y, sobre todo, se introdujeron impuestos sobre la renta tanto económico-empresarial como financiera.

El resultado de la reforma tributaria fue una dramática caída de la desigualdad en el país, visible sobre todo en la dinámica del coeficiente de Gini: en 2016, su valor fue de 0,382 puntos (0,46 en 2006), dato que ubica a Uruguay como el país más igualitario de América Latina, comparable a los menos igualitarios de Europa. Asimismo, la relación entre el decil más rico y el decil más pobre de la población se redujo de 19 a 12 veces durante la última década. Para decirlo de otra manera, los gobiernos progresistas de Uruguay muestran una extraña paradoja: un discurso tibio y hasta escéptico sobre los tradicionales caballos de batalla de la economía heterodoxa se vio acompañado por reformas audaces que, en un sentido amplio, se pueden definir «keynesianas», sobre todo si consideramos la tasación de la renta (explícitamente propuesta por Keynes en su Teoría general del empleo, el interés y el dinero).

Además, cabe agregar un elemento significativo para nuestro análisis, representado por los discursos del ex-presidente José Pepe Mujica, que mucho han contribuido a popularizar la «vía uruguaya» al desarrollo sustentable. Algunas de las charlas dadas por Mujica en importantes cumbres internacionales (en primer lugar, la cumbre sobre el clima Río+20 de 2012) muestran una clara alusión a algunos paradigmas que se han popularizado en el campo de la economía heterodoxa durante los últimos años. En primer lugar, se destaca en la retórica de Mujica una fuerte crítica a la idea misma de crecimiento económico, motivada por la escasez de los recursos primarios y medioambientales del mundo actual, que impediría replicar los estándares de vida del Primer Mundo en todo el planeta sin determinar una catástrofe natural de enormes dimensiones. La referencia es claramente a la «teoría del decrecimiento feliz» popularizada por el controvertido economista francés Serge Latouche. En su visión, el planeta se estaría «occidentalizando», es decir, estaría replicando el estilo de vida occidental (no sostenible) en todas sus áreas, lo cual llevaría a la Tierra a la destrucción inminente. Como salida, Latouche propone una estrategia de decrecimiento de las economías y un estilo de vida más sobrio, basado en pequeñas comunidades locales de autoproductores. En segundo lugar, la crítica de Mujica a los indicadores económicos tradicionales como única manera de evaluar el nivel de vida de las personas es una clara referencia al célebre trabajo de la comisión compuesta por Amartya Sen, Joseph Stiglitz y Jean Paul Fitoussi que en 2009 publicó un análisis detallado sobre los límites del pib como indicador capaz de resumir tanto la performance económica como el progreso social propiamente dicho. En particular, los tres economistas insistían en la necesidad de introducir algunos indicadores complementarios al pib que tuvieran en cuenta tanto el bienestar (es decir la suma de ingresos, posibilidades de realizarse y salubridad del medio ambiente) producido por el crecimiento como la sostenibilidad futura del modelo de crecimiento. En tercer lugar, la reiterada afirmación de Mujica sobre que el desarrollo no puede ir en contra de la felicidad de los individuos hace referencia a los estudios de la rama conocida como happiness economics. Según este paradigma, en todos los países existen patrones comunes en los determinantes de la felicidad. A partir de este supuesto, se intenta medir la felicidad por medio de encuestas subjetivas y datos objetivos. Como consecuencia, no se niega la importancia del ingreso per cápita para determinar la felicidad, pero se estima que esta relación no es lineal, es decir que el ingreso per cápita es relevante hasta cierto nivel a partir del cual se deja de darle importancia. De esa manera, los economistas de la felicidad intentan modificar la visión de los gobiernos sobre el bienestar económico de su población, para que adopten estrategias de crecimiento más sustentables, por ejemplo por medio de una reasignación de los recursos ya existentes.

  • 3.

    rba, Barcelona, 2014.

  • 4.

    Rafael Galvão de Almeida e Ian Coelho de Souza Almeida: «Issues in Teaching of Economics and Pluralism in Brazil», trabajo presentado en el xxi Encuentro Nacional de Economía Política, São Bernardo do Campo, 31 de mayo al 3 de junio de 2016.