Tema central

El orteguismo y sus circunstancias Claves de un éxito volátil

Clientelismo del siglo xxi y más…

Solo los analistas cercanos al fsln creen que la cifra de 72% de los votos obtenidos por el oficialismo en las últimas elecciones es cierta. Pero sostener, en el extremo opuesto, que el orteguismo está ayuno de respaldo social es el sueño vano de la oposición. El fsln gobernó «desde abajo» durante 17 años (1990-2006), fiel a la consigna que lanzaron sus dirigentes: cortaron la circulación de calles, paralizaron universidades e hicieron de muchos pandilleros sus condottieri mal pagos pero sumamente eficaces para distribuir persuasivos mamporros. Todos los gobiernos del intermezzo neoliberal solo pudieron gestionar el país con la venia del fsln, a veces contra el fsln, pero nunca sin el fsln. Según Evelina Dagnino, Alberto Olvera y Aldo Panfichi, los grandes proyectos políticos en América Latina pueden ser catalogados como autoritarios, neoliberales o participativos13. Tras su retorno al poder, el fsln ensaya un cóctel de las tres modalidades: participativo en la retórica, neoliberal en sus fines y autoritario en sus medios. El neoliberalismo queda patente en su pacto con las elites y su voluntad de no hacer cambios estructurales. Pero la retórica viene acompañada de algunas realizaciones de impacto cotidiano en los bolsillos de los estratos de la población que fueron «olvidados» por los gobiernos que precedieron al del fsln.

Los cambios que el fsln ha introducido están enviando un mensaje a las multitudes más pobres y a los sectores medios que suele ser subestimado por los analistas de la oposición. Tras su arribo al poder, el orteguismo congeló el costo del pasaje de los buses urbanos e implantó un subsidio al consumo de energía eléctrica. En un contexto inflacionario, esto significa un creciente abaratamiento de la movilidad diaria y de la energía. Los trabajadores que todos los días deben abordar dos o más buses para llegar de su casa al centro laboral encuentran en este congelamiento un beneficio sustancial, pero desde sus cómodos vehículos muchos analistas no consiguen avizorar el impacto del subsidio al transporte colectivo.

Con el ojo puesto en las arcas de la seguridad social, tradicional caja chica de gobiernos de izquierda y derecha, el fsln lanzó en su primer mandato (2007-2011) un decreto que obliga a todos los empleadores a inscribir como cotizantes a los trabajadores con independencia de la duración de su contrato, inscripción que hasta entonces solo era obligatoria para los contratos por tiempo indefinido. En un contexto de elevado subempleo, informalidad y rotación de los cotizantes, esto no significa que vayan a cobrar un seguro de vejez. No se les ha concedido un beneficio a largo plazo, pero el haber ingresado al selecto club de los cotizantes permite a muchos miembros de la clase trabajadora y sus familiares tener acceso a servicios médicos y medicinas, subsidio por maternidad y enfermedad y prestaciones que debe reconocer el empleador.

El fsln ha creado nuevos mercados –llamados «mercados de feria»–, donde los artesanos y agricultores llegan dos días por semana –desde sitios tan remotos como Wiwilí e incluso la costa atlántica– a vender sus hamacas, carteras de cuero, quesos, crema, orquídeas y el típico pan de coco caribeño. Sus alcaldías los apoyan con el transporte y el gobierno central pone a su disposición una infraestructura cuyos costos de mantenimiento, vigilancia y limpieza asume sin pedir retribución alguna. Y las clases medias de la ciudad acuden a estos mercados a comprar a precios muy por debajo de los del supermercado. De similar perfil e intención es el puerto Salvador Allende, construido con fondos venezolanos a orillas del lago de Managua: el malecón que servía de emplazamiento para burdeles y cantinas es ahora un complejo familiar seguro e impoluto, acordonado por una fila de restaurantes y tiendas de artesanías.

En esas infraestructuras, todos los muros, bancas, botes de basura y rótulos exhiben los colores y consignas que los nicaragüenses aprendieron a identificar con la primera dama. La gente sabe que «la Chayo», como se apoda popularmente a Murillo, es la autora de esa cosmética callejera, que también empapa las páginas web y los documentos oficiales del gobierno. Su omnipresente firma está siempre ahí para recordarnos que ella estampó su sello. Y aunque a muchos pueda parecerles que esta estrambótica decoración raya en el ridículo y se precipita hacia un sitial de honor en los anales del mal gusto, los colores cumplen su cometido: anuncian a la hechora y resignifican el espacio público. La oposición se burla, pero no puede borrar la omnipresencia de un sello personal y partidario que constantemente recuerda a quién se debe cada objeto de la inversión pública. Salpicando el país de cabo a rabo con su paleta multicolor, Murillo ha construido un espacio hiperpolitizado, en permanente y ubicua campaña electoral. El «clientelismo del siglo xxi» copia la invasión del espacio público de otros populismos. Estos adornos tienen efectos simbólicos y prácticos: la cosmética, los nuevos mercados y museos proporcionan empleo y establecen un clientelismo abierto, que puede derivar en clientelismo en expansión. El clientelismo selectivo y cerrado se orienta hacia la contratación de la mano de obra que estos proyectos requieren. El clientelismo indiscriminado y abierto es para el público que, sin motivaciones confesionales, se acerca como consumidor. Estas inversiones, que la oposición denosta o minimiza, son la base material de una base social.

Pero esa base se asienta sobre un terreno inestable, porque todos estos logros –así como también la distribución de ganado menor y mayor, láminas y víveres del programa «Hambre Cero»– han dependido desde su fase embrionaria de la ayuda de Venezuela y, en consecuencia, de la bonanza de los precios del petróleo. Sin Hugo Chávez ni chavismo y sin precios del crudo en alza, los proyectos pueden languidecer. El oleoducto los ha dejado de nutrir. Si el «socialismo del siglo xxi» en Venezuela es un socialismo rentista, el de Nicaragua es un socialismo parasitario, montado sobre la mendicidad y no sobre la tributación al gran capital. El día de hoy el fsln se enfrenta a la encrucijada de mantener sus proyectos o privilegiar su pacto con ciertos sectores de las elites. Ya tomó algunas medidas que perjudican a las clases medias y a cierto sector de las altas: el control sobre los fondos de la ayuda externa, que provocó una fuga de agencias internacionales y la reducción al mínimo vital del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud). Continuar esta política puede socavar su base social y llevar el malestar a un punto de ebullición, el punto en que los intereses de muchos sectores coincidan para repetir la pesadilla de las elecciones de 1990: todos contra el Frente.

  • 13.

    E. Dagnino, A. Olvera y A. Panfichi: La disputa por la construcción democrática en América Latina, Programa Interinstitucional de Investigación-Acción sobre Democracia, Sociedad Civil y Derechos Humanos, Ciudad de México, 2006, p. 45.