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El malentendido latinoamericano

América Latina tiene una historia común, una cultura compartida y dos lenguas mutuamente inteligibles. Por eso, observadores extranjeros la consideran homogénea y líderes autóctonos la proclaman unificada. Ambas imágenes son erróneas: los países de la región tienden a diferenciarse entre sí y las fuerzas centrífugas superan a las centrípetas. Heterogeneidad y fragmentación no son necesariamente malas, pero tanto para entenderlas como para contrarrestarlas hace falta reconocerlas.

El malentendido latinoamericano

América Latina fue un malentendido. Simón Bolívar y José de San Martín tenían otra cosa en mente cuando escribían «la América antes española»: para los libertadores, Gran Bretaña no era el enemigo sino la garantía de la independencia y Brasil (entonces Portugal, después el Imperio) era la amenaza. Cuando, más tarde, franceses y españoles introdujeron el término «Latina» para contraponer la región a los Estados Unidos de la Doctrina Monroe, el objetivo fue reeuropeizar la región y no fomentar su autonomía.

El concepto de Indoamérica fue acuñado un siglo después como insurgencia de la América nativa y mestiza ante las elites europeístas. Nuestra América es su reencarnación contemporánea y la Patria Grande, su manifestación institucional. ¿Institucional? En realidad, no existe ninguna organización regional que abarque exclusivamente a todos los países latinoamericanos. La Organización de Estados Americanos (oea) es hemisférica e incluye a eeuu. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) excluye a eeuu pero mantiene a 12 países anglófonos y uno de lengua holandesa. La Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) contiene solo 13 de los 20 países latinoamericanos y las asociaciones subregionales –Sistema de la Integración Centroamericana (sica), Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), etc.– incluyen aún menos. América Latina jamás habló con una sola voz.

El colapso económico de Venezuela, la destitución de Dilma Rousseff y la derrota del peronismo argentino auguran nuevos tiempos. ¿Tiene sentido indagar en el futuro de una región cuya existencia misma está en cuestión? Probablemente sí: aunque la integración no es una opción, la interdependencia entre países vecinos genera efectos de difusión. La integración es impracticable porque el objetivo explícito de los Estados latinoamericanos es fortalecer su soberanía, no compartirla. Pero la interdependencia es inevitable porque las fronteras son porosas, la visibilidad de los vecinos es alta y los ejemplos, buenos o malos, son contagiosos. Los malos, sin embargo, inoculan tanto como engripan. La Revolución Bolivariana fue modelo para algunos y anatema para otros. Lo esperable es, por lo tanto, un aumento de las divergencias. Y los vientos del mundo las potencian.

La particularidad latinoamericana

Siendo un continente más europeizado que África o Asia, tanto por su composición demográfica como por sus tradiciones y cultura, América Latina goza de características que la distinguen de Europa. Laurence Whitehead1 describe la región como una de las más homogéneas en términos lingüísticos y religiosos, solo a la par del mundo árabe. En contraste, sin embargo, América Latina carece de una referencia geográfica que la unifique simbólicamente. Para los latinoamericanos, lo más parecido a La Meca –en cuanto punto focal y centro de peregrinación– es Miami.

Hasta el revival precolombino encarnado por Evo Morales –quien, no obstante, lo combina con una práctica modernizadora–, los mitos fundadores de la región albergaban una orientación hacia el futuro. Si la autonomía había que recuperarla, el desarrollo había que conquistarlo. Faltó constancia. Los emprendimientos modernizadores lograban éxito inicial pero acababan en fracaso. Así se consolidó lo que Whitehead llama un «mausoleo de modernidades», un cementerio de proyectos abandonados antes de completarse y sobre cuyos cimientos inconclusos se construirá el próximo. Siempre buscando y nunca llegando, la incompletitud es una palabra que define bien a la región. De ahí la eterna búsqueda de una «nueva», «otra», «verdadera» independencia.

A pesar del cordón umbilical, la construcción de los Estados latinoamericanos tuvo lugar en un contexto diferente del europeo. Miguel Ángel Centeno lo caracteriza como adverso y lo desagrega en tres elementos. El primero es la fragmentación: la superficie de América Latina más que duplica la de Europa. Por ser además un continente menos poblado y más accidentado geográficamente, las posibilidades de interacción entre las diferentes regiones fueron históricamente limitadas, tanto para el comercio como para la guerra. El segundo elemento es la estructura social: en contraste con Europa, las divisiones étnicas entre los grupos dominantes y los subalternos, sobre todo de origen indígena o africano, llevaron a los primeros a temer una revuelta social antes que una invasión extranjera. El tercer elemento contextual es la división entre las elites: dado su perfil de mercaderes antes que guerreros, la economía se sobrepuso a la política y las rivalidades a la cooperación2.

La conjunción de los tres elementos produjo una «combinación desastrosa»: la de autoridades políticas locales y blancas con ejércitos supranacionales y socialmente integradores. Uno de los casos destacados es el de San Martín, comandante desde 1813 de un ejército que no respondía a la autoridad formal de un país independiente sino a las autoridades de Buenos Aires, con las que tenía frecuentes conflictos. En 1820, una vez liberado Chile, San Martín envió a Buenos Aires su renuncia como comandante del Ejército, pese a lo cual continuó su campaña libertadora hasta Perú, país del que se convirtió en gobernante. Las guerras de independencia habían concluido, pero la estabilización de los nuevos Estados seguía lejana. El fracaso de esta combinación llevó a Centeno a sugerir que la formación estatal en América Latina reconoce más paralelos con el proceso de disolución del Imperio Austro-Húngaro que con el de unificación territorial liderado por Prusia3. Doscientos años más tarde, esta imagen sigue siendo útil para leer la región.Si el Estado hace la guerra y la guerra hace el Estado, como afirmara Charles Tilly, la debilidad estatal latinoamericana tiene un lado positivo: refleja la escasez de guerras4. La integración europea fue construida sobre 50 millones de cadáveres de la Segunda Guerra Mundial. Pero si no hay masacres, los pueblos pueden darse el lujo de la soberanía. En América Latina, esta se caracteriza por ciertos aspectos que se acentúan aún más en Sudamérica5. Primero, en 200 años ningún Estado desapareció del mapa –y solo se crearon tres: Uruguay, República Dominicana y Panamá–. Segundo, el principio de uti possidetis («según poseas, poseerás») fue acordado entre España y Portugal antes de la independencia y permitió a los nuevos Estados delimitar sus fronteras más pacíficamente que en Europa. Tercero, América Latina es la región del globo que contiene la mayor cantidad de acuerdos bilaterales y multilaterales relacionados con la resolución pacífica de conflictos6, además del «récord mundial de arbitrajes y sentencias judiciales»7. La comparación es impactante: mientras «en América Latina tuvieron lugar 22 instancias legalmente obligatorias de arbitraje o adjudicación judicial sobre soberanía (...), procesos semejantes solo se realizaron una vez en Europa continental, dos entre Estados independientes en África, dos en Medio Oriente y tres en Asia»8. Cuarto, América Latina es una zona libre de armas nucleares. En síntesis, la supervivencia estatal estuvo siempre virtualmente garantizada, las guerras fueron pocas y la juridización de las disputas ha sido la norma. Esto no significa que la violencia política haya sido erradicada, pero sí que «existe una concepción de fuerza limitada dentro de una fuerte cultura diplomática»9 o que esta ha sido confinada a la política doméstica10. De ahí que, como en ninguna otra región del mundo, hoy se utilice la palabra «seguridad» para referirse exclusivamente al orden interno, mientras se usa «defensa» para las relaciones entre las naciones. El objetivo de esa distinción fue reducir el margen de maniobra de las Fuerzas Armadas, al limitar su participación fronteras adentro para desalentar la reiteración de golpes militares. El resultado es positivo: aunque en algunos países se mantiene la inestabilidad política y un presidente puede ver su mandato interrumpido, el cargo ya no es tomado por un general. La sucesión se procesa de acuerdo con reglas constitucionales.

  • 1.

    L. Whitehead: Latin America: A New Interpretation, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2006.

  • 2.

    M.A. Centeno: «The Centre Did Not Hold: War in Latin America and the Monopolisation of Violence» en James Dunkerley (ed.): Studies in the Formation of the Nation State in Latin America, ilas, Londres, 2002.

  • 3.

    Ibíd., p. 59.

  • 4.

    C. Tilly: The Formation of National States in Western Europe, Princeton University Press, Princeton, 1975.

  • 5.

    Federico Merke: «The Primary Institutions of the Latin American Regional Interstate Society», Documento de Trabajo No 12, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad de San Andrés, 2011.

  • 6.

    Kalevi J. Holsti: The State, War, and the State of War, Cambridge University Press, Cambridge, 1996; Arie Kacowicz: The Impact of Norms in International Society: The Latin American Experience, 1881-2001, University of Notre Dame, Notre Dame, 2005.

  • 7.

    A. Kacowicz: «Compliance and Non-Compliance with International Norms in Territorial Disputes: The Latin American Record of Arbitrations» en Eyal Benvenisti y Moshe Hirsch (eds.): The Impact of International Law on International Cooperation. Theoretical Perspectives, Cambridge University Press, Cambridge, 2004, p. 199.

  • 8.

    Beth A. Simmons: «Territorial Disputes and Their Resolution: The Case of Ecuador and Peru» en Peaceworks No 27, 1999, pp. 6-7.

  • 9.

    Andrew Hurrell: «Security in Latin America» en International Affairs vol. 73 No 3, 1998, p. 532; David Mares: Violent Peace: Militarized Interstate Bargaining in Latin America, Columbia University Press, Nueva York, 2001.

  • 10.

    Félix E. Martin: Militarist Peace in South America: Conditions for War and Peace, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2006.