Tema central

El deseo de Europa Más allá del nacionalismo y del neoliberalismo

Democratizar Europa. En lugar de lanzarse en la búsqueda de una tan ilusoria como mortífera identidad cultural europea, que poco tiene que ver con la historia misma de un continente moldeado por múltiples e incesantes movimientos poblacionales y migratorios10, conviene partir de una concepción propiamente política de esta unidad socioterritorial en devenir. Una concepción política y dinámica que contempla la construcción de la ciudadanía (la politeia de los griegos) y sienta las bases para su contribución y participación en la producción institucional de la unidad y del interés público. Una politeia que, como bien señala Balibar, trata de la reciprocidad, de la distribución y circulación del poder, de la autoridad entre los titulares del derecho de ciudadanía y de la organización de las funciones administrativas y de gobierno mediante un sistema de instituciones jurídicas11. Se trata, en resumidas cuentas, de poner en marcha un proyecto político de construcción de una comunidad política que proceda por universalización y extensión –y no por retracción– de la esfera de igualdad y de los derechos, en contra de la permanencia de las diferencias antropológicas pensadas como naturales (sexo, raza, etnia, religión) y de los embates de la desregulación financiera.

Este nuevo proyecto político democrático, emancipador y portador de esperanza ha sido delineado por numerosos científicos sociales que han reanudado una larga tradición de contribución al debate público sobre la base de una visión informada de la realidad social. Es así como, luego de haber encabezado a un grupo de académicos en la producción de un Manifiesto por la unión política de Europa, Piketty contribuyó a la elaboración de un «Tratado de democratización de Europa»12. Se trata de un texto valioso no solo por lo que plantea con respecto de la necesidad de romper con las políticas de austeridad, implementar medidas tendientes a erradicar el dumping social y fiscal y cancelar parte de las deudas, sino porque establece como paso ineludible para la reconstitución de Europa la construcción de una gobernanza realmente democrática.

Si la ue ha propiciado en tal medida la lógica de la austeridad –sin preocuparse suficientemente por la inversión social y dejando que las multinacionales se beneficiaran de los mercados públicos, sin armonizar las políticas fiscales y sociales y sin interesarse por la construcción de una Europa social– es fundamentalmente porque su arquitectura política ha tendido a tornarse cada vez menos democrática y cada vez más turbia.

El déficit democrático es perceptible en la preeminencia que han adquirido el Consejo Europeo de los jefes de Estado y de Gobierno y el Eurogrupo de los ministros de Economía y Finanzas de la zona euro en desmedro del Parlamento europeo. He aquí el diagnóstico bastante oscuro de esos académicos, que insisten en la necesidad de crear una Asamblea Europea formada por parlamentarios nacionales, con el fin de hacer contrapeso al Poder Ejecutivo ejercido por la Comisión Europea, una instancia sumergida en la nebulosa de instancias que han ido emergiendo a raíz de las crisis financieras y de las deudas de la última década.

Para enfrentar la crisis de la zona euro, los Estados miembros han planeado en forma urgente un sistema de «gobernanza de la zona euro» que, desde el Tratado de Estabilidad, Cooperación y Gobernanza (tscg) hasta el Tratado Constitutivo del Mecanismo Europeo de Estabilidad (mes), pasando por el reglamento de la unión bancaria y los paquetes legislativos del Six-Pack y Two-Pack, han contribuido a consolidar las políticas de austeridad dentro de la unión económica y monetaria.13De suerte que la implementación de medidas de austeridad por parte de tecnócratas alejados de las realidades de las poblaciones tiene algo que ver con el hecho de que las instituciones políticas de la ue se hayan distanciado cada vez más de la democracia representativa, aunque esta última haya sido definida de manera solemne como un elemento central de la pertenencia a la ue desde la Declaración de Copenhague del Consejo Europeo del 8 de abril de 1978. La creación de una Asamblea Europea propuesta por el «Tratado de democratización de Europa» permitiría contar con un contrapeso institucional investido de la legitimidad popular frente al poder de las burocracias económicas y financieras nacionales y europeas (Banco Central Europeo, Comisión Europea, ministerios de Finanzas)14. Permitiría, por otra parte, entablar con celeridad una armonización fiscal necesaria y presentar una ley en favor de un impuesto europeo sobre las empresas, medidas que han sido impedidas por la regla de la unanimidad que opera en materia fiscal en el seno del Consejo de Ministros de Finanzas. La existencia de este verdadero agujero negro democrático contribuye a que se tomen decisiones que van muy a menudo en contra de la voluntad y de los intereses de los pueblos, lo que contribuye a la pérdida de legitimidad de la ue. Otra medida crucial: la cancelación de parte de las deudas con el fin de invertir en grandes proyectos educativos europeos. De hecho, y a pesar de que muchos parecen haberlo olvidado, la construcción europea en la década de 1950 fue impulsada en parte gracias a la anulación de las deudas pasadas, y entre ellas, ¡la de Alemania! Al compartir su soberanía monetaria sin dotarse de nuevos instrumentos económicos, sociales, fiscales y presupuestarios comunes, los países de la zona euro se ubicaron en una de las peores situaciones posibles: indefensos frente a las embestidas de la globalización financiera y la optimización fiscal de las empresas multinacionales, terminaron compitiendo unos contra otros y eso perjudicó a sus propias poblaciones. Solo reformando profundamente la institucionalidad europea y democratizando Europa se podrá evitar su desmembramiento.

Evitar la perfect storm. Para muchos europeos, la ue constituye a la vez una entidad abstracta y un centro de poder del que emanan grandes orientaciones estratégicas que impactan muy concretamente en las realidades que tienen que enfrentar a diario. Es un ente sobre el que se tiene poca influencia y, sobre todo, que no participa de la elaboración de una política de emancipación racional de la sociedad15. Si tuviéramos que resumir, diríamos que, últimamente, la ue parece haberse construido a contrapelo de toda la tradición política, social y republicana. Dogmática y desprovista de todo mecanismo de deliberación sobre la oportunidad de unas reglas (i.e., la famosa regla de oro) determinadas por unos expertos que ejercen un poder casi sin control, la Europa de hoy contraviene los mismísimos principios que dieron forma a la mentalidad política reflexiva, crítica y solidaria de los principales países europeos. Si a esta disyunción entre lo nacional y lo europeo se le agregan la crisis económica sin precedente de los últimos años y la proliferación del miedo ligado a la incertidumbre generada por el impacto del capitalismo financiero sobre las vidas de los individuos, pareciera que todo conspira para que se forme lo que podríamos llamar una perfect storm. Solo la audacia de implementar una política social, humanista y ecologista podrá hacer desviar ese fenómeno de su trayectoria y evitar una catástrofe anunciada.

  • 10.

    Jacques Carpentier y François Lebrun (dirs.): Histoire de l’Europe, Seuil, París, 2014.

  • 11.

    E. Balibar: Ciudadanía, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2013, p. 19.

  • 12.

    Stéphanie Hennette, T. Piketty, Guillaume Sacriste y Antoine Vauchez: Pour un traité de démocratisation de l’Europe, Seuil, París, 2017.

  • 13.

    Ibíd., p. 47.

  • 14.

    Ibíd., p. 6.

  • 15.

    B. Karsenti y C. Lemieux: ob. cit., p. 114.