Tema central

De utopías globales, ruidos y recomposiciones Una conversación sobre prácticas de lectura y movimientos sociales

rn: En cierto sentido, se puede decir que la izquierda es la última «religión del libro», un hecho que se observa en la relación obsesiva que el marxismo ha mantenido siempre con sus textos fundadores, pero también en la preocupación constante por ubicar precedentes históricos y definir posiciones frente a hechos pasados, o en la manía de producir «declaraciones» de solidaridad, repudio, etc., que suelen funcionar como sustitutos de acciones concretas.

De esto resulta, entre otras cosas, un modo muy problemático de actuar en el mundo, que consiste en creer que el contenido lógico-racional de los enunciados es autosuficiente, sin considerar que enunciar algo es ya una performance que posee cargas afectivas que trascienden los contenidos (y que por ende es crucial entender cómo se enuncia, y no solamente qué se enuncia). De allí que la izquierda muchas veces suene arrogante, desconectada de la vida, y produzca más rechazo que adhesión, incluso (o especialmente) cuando lo que se dice parece ser lo que todos deberían pensar; y también la inevitable conclusión de que, si la gente no nos escucha, es porque es estúpida y no porque no les hablamos de verdad. Ser materialista en política implica pensar la circulación de los enunciados en todas sus dimensiones: no solo los contenidos, sino las formas y los afectos que activamos o con que nos conectamos. A modo de epigrama, podemos decir que un materialista es alguien que comprende que, en la frase «but if you go carrying pictures of Chairman Mao / you ain’t gonna make it with anyone anyhow» [si vas por ahí con retratos del presidente Mao, no vas a tener éxito de todos modos], el problema está en «carrying pictures».

Hay también la idea de que lo afectivo sería una mera ilusión que se puede deshacer «enseñando» la verdad. Mucho antes del «giro afectivo», Spinoza ya decía que, aunque lo imaginativo pueda ser una perspectiva limitada sobre lo real, conlleva en sí una realidad positiva: aunque yo identifique erróneamente las causas de lo que siento, sentirme de esta o aquella manera no es falso, porque es algo que efectivamente se produjo en el mundo. Esto se vincula al tema tan actual de los populismos de derecha. Como observó Yves Citton, si nos limitamos a decir a quienes se sienten agobiados por la inseguridad económica, la criminalidad, la crisis de la migración, etc., que es irracional o moralmente condenable hacerlo, sin ofrecer una visión de lo que hay que cambiar en el mundo que produjo esos afectos, es natural que la gente acabe buscando a políticos que por lo menos parezcan tomarse su agobio en serio.

afs: No creo que nos sirva la distinción entre texto y emoción, escrito y afectivo. Siento más bien que forma parte de la cultura (de separaciones y disociaciones) que rechazamos.

Hay una revuelta sana contra la «tiranía del Libro». ¿A qué me refiero? Una rebelión contra la Teoría que presupone la realidad sin escucharla, proyectando categorías previas. Es una verdadera «maldición» de nuestra cultura política e intelectual. Ver lo que se quiere ver, ver lo que tal o cual libro o autor dicen que hay que ver. Esta cultura del Libro es profundamente nihilista porque en el fondo la realidad no importa nada, es siempre signo de otra cosa: tal o cual movimiento, por ejemplo, es la manifestación de tal o cual Sujeto Político deducido en tal o cual libro. Relacionarse con signos es aplicar un código: el signo tiene siempre-ya sentido y solo hay que aplicarle el código adecuado. Es una relación muy torpe con los textos, muy rígida, muy alienada.Pero la salida no me parece que esté en disociar el pensamiento de los afectos, sino en volver a conectarlos (lo que el filósofo francés Henri Meschonnic llama «restituir el ritmo» entre cuerpo y lenguaje). Tomar el afecto (el ser afectados por algo) como aquello que necesitamos para pensar, para activar el pensamiento, para salir de la repetición (presuposición/proyección) e ir más allá. El afecto es lo que interrumpe los códigos preestablecidos y nos pone en movimiento. No tiene sentido, es lo que nos empuja a una creación de sentido.

No es cierto que leer sea desconectar del mundo. Ni que pensar requiera «arrancarse los ojos», como decía Platón (que sí defendía esta oposición entre pensamiento y mundo sensible). No es verdad que «los textos impongan un real» y que, por tanto, «la lectura no traiga consigo ningún sensible». Leer puede ser relacionarse con los afectos disimulados en un texto, despertar sus deseos dormidos. No solo descifrar mensajes o información racional contenida en signos. Leer requiere una activación de la imaginación sensible: colocar junto a las palabras que leemos nuestras experiencias o vivencias. Leer puede ser esta operación de traducción por la cual ponemos en relación lo leído con lo vivido con lo pensado con lo oído con lo visto con...