Tema central

De utopías globales, ruidos y recomposiciones Una conversación sobre prácticas de lectura y movimientos sociales

En las manifestaciones espontáneas tras el atentado del 11 de marzo de 2004, en el movimiento v de Vivienda y después, la confianza en «lo personal» se activó políticamente: cuanto más «personal» es una voz, más credibilidad le otorgo. La fuerza movilizadora de los mensajes que convocaban a manifestarse el 13 de marzo de 2004 contra el «apagón» mediático y las mentiras del gobierno del Partido Popular tras el atentado se basaba, por ejemplo, en que «conocía a quien me lo enviaba».

Es como si los blogs hubiesen nacido como «respuesta» a los males de Indymedia (el «ruido» del discurso hiperideologizado y desencarnado) «superando» su contexto. Por un lado, la socialización de la tecnología más allá de las redes activistas hizo más inclusiva y participable la cosa política. Por otro lado, en esa blogosfera emergía una subjetividad lectora/escritora más rica que la precedente, en el sentido de que se experimentaban otros vínculos entre el yo y el nosotros, entre lo personal y lo común. Desde luego, al día de hoy la economía libidinal del ego en las redes sociales tiene efectos terribles en todos los niveles. Pero ¿cómo ir más allá sin volver simplemente atrás?

Volviendo al mundo de los libros –esos rectángulos de medio kilogramo de peso con tapas, páginas, letras y otras convenciones que muchos de nosotros seguimos queriendo y hasta venerando–, también en las últimas dos décadas la concentración de grandes cadenas editoriales coincidió con el fenómeno de las pequeñas editoras independientes. ¿Qué balance hacen de ese movimiento? ¿Qué podemos aprender todavía en relación con las políticas del libro en cuanto a su fabricación, distribución, fomento de usos y tipos de lectura, etc.?

fi: Si, volviendo a una idea del principio, la edición en papel puede asumir una función de corte ante el flujo textual digital, entonces me parece que la clave es estratégica: ¿en función de qué proyecto, de qué lógica o de qué horizonte se producen esos cortes? En ese sentido, creo que la polaridad entre los «fetichistas del objeto-libro» y los «estrategas editoriales» se presenta en toda su tensión. En los primeros, lo que comanda el trabajo editorial es el goce ligado a la producción del objeto. En los segundos, se trata de una apuesta política, de un intento de intervención en un campo intelectual. Obviamente, los procesos reales son más complejos que este esquema y con frecuencia presentan figuras editoriales que hibridan elementos de ambas polaridades. Pero creo que el esquema es válido a la hora de leer las prácticas de publicación en papel en las condiciones contemporáneas de disponibilidad digital: si no es ya para permitir el acceso al texto, ¿para qué editar un libro? ¿Cuánto de goce del editor hay, cuánto de estrategia de intervención (la cual, por supuesto, suele implicar su propio goce)?

La pregunta, muy amplia y general, sería: ¿qué es leer en nuestra era digital? ¿Y cómo la lectura puede vincularse aún a prácticas de transformación social? afs: Inspirado en la lectura reciente de un par de artículos de Diego Sztulwark sobre Pierre Hadot y Ricardo Piglia, se me ocurre decir que leer podría ser, en la era digital, un trabajo o una técnica de «cuidado de sí». Vivimos, como es bien sabido, en la época de la dispersión, de la interrupción, del multitasking. ¿El carácter «político» de la lectura-escritura no podría tener que ver hoy, ya no solo con la «formación» (o cualquier otra manera de verla como el «medio» para un «fin»), sino con la experiencia que habilita? Estar ahí y no en otra parte. Estar concentrado y no disperso. Estar en algo y no «en todo y en nada». Encontrar un tiempo y un espacio propios. Fijar algunos pensamientos. Hundirse en el mundo que otro nos propone y a la vez activar nuestra imaginación sensible para «reapropiárnoslo». Podríamos pensar la lectura y la escritura (ya simplemente en el nivel de los 1.000 cuadernos, blocs de notas que uno lleva encima) como una «disciplina» –de recogida y registro de impresiones, conexiones y elaboración de sentido– contra el ruido mental, la vida diferida, la dispersión y la interrupción permanentes, etc.

fi: Sumo una perspectiva más: si definimos al pensamiento como «la práctica de pensar la práctica», el momento en que una experiencia, singular o colectiva, adquiere reflexividad, el centro de esa práctica de pensamiento estará en lo que hace obstáculo (como bloqueo o como amenaza de dispersión) a dicha experiencia situada. Si ese trabajo de pensamiento recurre a la recombinación de hipótesis, ideas y conceptos, entonces podemos hablar de herramientas conceptuales, utilizadas en el trabajo de pensamiento siempre de formas distintas, en función de la singularidad problema/obstáculo a pensar. Finalmente, si llamamos «caja de herramientas» al «espacio teórico» en el que esos conceptos se encuentran en «disponibilidad», preparados para ser apropiados por una práctica de pensamiento, entonces las prácticas de lectura se podrán pensar como los procedimientos que extraen estos elementos de los textos en función del enriquecimiento de la caja de herramientas. «Saquear» un texto para, de forma fragmentaria y asistemática, obtener de él las herramientas que puedan ayudar a cambiar la vida y transformar el mundo.

Para terminar, me gustaría que volvamos a pensar la cuestión de los textos y sus usos en una perspectiva de larga duración. La discusión acerca del peso efectivo que han tenido los textos en las culturas de izquierda puede ofrecer distintas perspectivas. De un lado, se pueden traer a colación experiencias como la del dirigente comunista chileno Luis Emilio Recabarren, fundador de numerosos periódicos en la pampa salitrera a comienzos del siglo xx; periódicos que, en un hábitat literalmente desértico, tuvieron poderosos efectos en la creación de una de las tradiciones de izquierda más potentes de América Latina (casi como oasis milagrosos en los que, en medio de condiciones sumamente hostiles, se hablaba y se obraba a partir de textos de Marx o Bakunin). Por otro lado, el reciente «giro afectivo» de las humanidades puede conducir a una relativización de la anterior confianza ilustrada en las facultades emancipatorias de la lectura, en su papel en el favorecimiento de sujetos críticos y autoconscientes, etc. Para enfoques de ese estilo, el universo de las emociones es tanto o más efectivo en la composición de mundos políticos que las ideas que vehiculizan los textos. ¿Cómo ven ese debate? ¿Qué lugar puede o debe ocupar la cultura escrita en los movimientos y experiencias políticas por venir?