Tema central

De utopías globales, ruidos y recomposiciones Una conversación sobre prácticas de lectura y movimientos sociales

En último análisis, la duda que surge es si el ideal de la ausencia de mediación, por más que nos parezca deseable, es irrealizable, e irrealizable justamente porque acaba por producir su contrario (la necesidad de mediación); de modo que lo que habría que hacer, en vez de buscar eliminar la mediación, sería encontrar la manera de transformarla, distribuirla, democratizarla.

Yo también asocio esa primera etapa a Indymedia, como experiencia que condensaba la apuesta por la universalización de la producción de noticias, historias, etc., como suerte de utopía de indistinción entre productores y lectores de textos. Y, como decía Rodrigo, todo eso bajo la idea de que ese movimiento de productores/lectores podía resultar tan potente como los mass media. Pero ustedes mismos advierten que ese momento duró poco, y que pronto sobrevinieron esos fenómenos de «ruido» de los que hablaban. Un ruido que vehiculizaba a menudo emociones bastante negativas (resentimientos, desconfianzas, etc.). ¿Cómo se fueron procesando históricamente esas cuestiones cuando aparecieron –si es que llegaron a procesarse–, y cómo pensarlas hoy?

rn: Lo que se me ocurre aquí es hablar de otro tipo de transición generacional. El movimiento global de comienzos de siglo fue un fenómeno de época de la así llamada Generación x, y se caracterizaba por ideas muy fuertes acerca de la autoría, del anonimato, de denuncia de concepciones consideradas anticuadas de lo que era un «genio» o un «líder». Los textos se debían firmar de manera colectiva, los nombres propios se ocultaban detrás de una serie de seudónimos, había una valorización de la invisibilidad, así como dosis importantes de paranoia en relación con todo lo que se podía concebir como voluntad de poder o esfuerzo por crear algún tipo de brand personal o político. Había por tanto una tensión ineliminable que venía de nuestra doble condición de militantes y «trabajadores culturales» (por la naturaleza misma de este tipo de actividad productiva). Porque, al fin y al cabo, en condiciones de atomización frente al mercado y según las mismas teorías que suscribíamos, lo que hace un trabajador cultural es siempre, de una u otra forma, apropiarse privadamente de procesos colectivos. Un asunto que debería enfocarse no como una cuestión moral –como si se tratase apenas de lidiar con defecciones éticas que desaparecerían a golpes de voluntad–, sino desde una perspectiva táctica y estratégica relativa a cómo podemos tramitar esa tensión de maneras políticamente sanas y cómo nos organizamos colectivamente para salir de la atomización. Pero en este entonces creo que teníamos todavía una visión demasiado moralista del tema, lo que resultaba en una experimentación constante de la contradicción como culpa y paranoia. Hoy, entonces, observo comportamientos y estrategias de red que creo que serían inaceptables hace 15 años, lo que es a la vez sano en algunos aspectos y preocupante en otros. Porque muchas de las crisis que teníamos en el movimiento global, experiencias bastante destructivas como la que relataba recién Amador alrededor de Indymedia-Madrid, giraban alrededor de una paranoia contra la manifestación de la individualidad (fuese realmente individual o expresión de un colectivo, como la de un grupo editorial). Era una lógica que presuponía que los espacios debían mantenerse indefinidamente abiertos, lo que traía implicado que la formación de identidades dentro de estos espacios fuera inmediatamente sospechosa. Hoy quizás esa paranoia se ha evaporado, pero eso parece ocurrir en desmedro de los afanes por construir colectividad, afanes que ahora parecen ser los que resultan sospechosos (puesto que traen aparejada una suerte de miedo en relación con que mezclarnos con otros y otras puede quitarnos la voz). La colectividad que se construye en plataformas como Facebook y Twitter es más bien la de las «burbujas» de gente que está de acuerdo entre sí, lo que es un problema no solamente por todo lo que la burbuja filtra y sesga, sino también por la dinámica competitiva que la disputa por el mercado de likes asume: en gran parte, las personas digitales constituyen sus propias identidades a través de los Otros que se encuentran fuera de sus respectivas burbujas. Para la salud de un ecosistema de movimiento, esto es terrible, porque a menudo lleva a que se elija como peores enemigos a quienes están más cercanos a nosotros.

afs: En la asamblea donde decidimos poner fin a nuestra experiencia como colectivo editorial de Indymedia-Madrid, uno de los amigos y compañeros –hacker y con mucho más olfato que los demás para leer las transformaciones de internet– nos habló de los blogs: «es lo que viene». Creo recordar que a los demás no nos pareció ninguna buena noticia: lo veíamos como una «privatización» o una «individualización» de la experiencia de la red.

Las subjetividades militantes llegaron tardísimo al mundo de los blogs y también al de las redes sociales. Tiene que ver con un rechazo –ético, estético, político– de «lo personal». En un blog –luego en un perfil o en un muro, aunque es distinto– se elabora un «punto de vista personal» sobre el mundo, en el que todas las dimensiones de la experiencia vital (un libro, un sueño, relaciones amistosas, amorosas, políticas...) están en un mismo plano. La subjetividad militante, sin embargo, era (¿era?) una subjetividad mucho más «disociada»: el hacer político es la «figura» que se destaca sobre el fondo (oculto) de la vida cotidiana.

Sin embargo, ahora pienso que nos equivocamos en aquella asamblea al juzgar «lo que venía» simplemente como una expresión del «narcisismo autorreferencial de las subjetividades contemporáneas», incapaces de construir algo colectivo. Los blogs fueron determinantes en el movimiento v de Vivienda, por ejemplo (por una vivienda digna, contra la especulación) y las redes sociales lo han sido más tarde en otros. Ese «punto de vista personal» no era solipsista, se ponía en relación con otros, creaba así una conversación y un ecosistema: la blogosfera. Más libre y descentralizado que el actual, donde estamos todos apelotonados en los «corrales» de Twitter o Facebook.