Tema central

De utopías globales, ruidos y recomposiciones Una conversación sobre prácticas de lectura y movimientos sociales

Me acuerdo del aire que nos dio un «autor» como Wu Ming (una banda de cinco escritores y activistas italianos que venían de experimentar inicialmente con el «nombre colectivo» Luther Blissett). Algunos leíamos Wu Ming como línea de fuga de esas relaciones tan pesadas e instrumentales con la teoría que antes comentaba, en la que los conceptos se «aplican» y los hechos «se encajan». Sus textos mezclaban la literatura y el ensayo, dejaban entrar la experiencia vivida en los relatos, investigaban en la cultura popular los materiales para contar historias, tenían una «voluntad de estilo» que los alejaba del simple molinillo ideológico militante, escribían con mucho humor, se acercaban a mundos no estricta o estrechamente políticos, etc. Dentro de la idea (que hoy me parece tan problemática) de «la política como comunicación», Wu Ming representaba una singularidad, un trabajo singular, una posibilidad de singularización (y no de repetición mecánica de las teorías de los grandes nombres).

Por último, me acuerdo de la experiencia de Indymedia-Madrid, en la que tratamos de combinar la «apertura al caos» (la libre publicación de texto o imagen, hoy algo banal, pero entonces insólito y fundador) y una «línea editorial» que hiciera, como antes decía Franco, un corte en el flujo, un trabajo editorial de orientación y subrayado (desde las posiciones propias del colectivo editorial, que eran muy cercanas a las de los «desobedientes» italianos). Esta tentativa fue respondida muy duramente (una auténtica «guerra troll») por personas y sectores que entendían que estábamos desvirtuando una herramienta que debía ser horizontal (sin más filtro que el cronológico) y apropiándonosla desde posiciones político-ideológicas muy concretas.

En fin, todo lo que he mencionado más arriba (libros, autores, plataformas, discusiones, etc.) tenía lugar en un «área» muy acotada: de la autonomía, de los movimientos sociales. El movimiento global era algo así como «todos los movimientos sociales juntos». Una apertura con respecto a momentos políticos anteriores, sin duda, pero aún muy relativa vista desde hoy. Los límites de esa «área» fueron felizmente desbordados luego a raíz de movimientos como el «No a la guerra» y la respuesta social al atentado del 11 de marzo de 2004. De lo colectivo (o del «movimiento de movimientos») pasamos entonces a «lo personal conectado» (blogs y luego redes sociales, otras formas de lectura/escritura).

fi: La pregunta me remite a una imagen concreta: una pila de textos impresos, obtenidos de internet, separados en folios. Creo que es una imagen transicional, como buena parte de lo que pasó en esos momentos, no solo en el campo de la lectura. Creo que esa especie de biblioteca singular de materiales digitales permitía aplicar a ese nuevo tipo de acceso digital operaciones aprendidas en la experiencia de lectura «tradicional»: subrayados, anotaciones al margen, etc. Recuerdo también el acceso vía internet a traducciones de algunos materiales muy referenciados en ese momento que estaban disponibles antes de su publicación «oficial» y que incluso eran mejores que las traducciones posteriormente publicadas (por ejemplo, la versión de Imperio de Eduardo Sadier). Era una época en la cual, al menos en Argentina, las dificultades tecnológicas y económicas para la edición de libros impresos era todavía considerable (luego nuevas tecnologías como la impresión por demanda y el offset digital cambiarían radicalmente los umbrales de acceso), por lo que la popularización de internet implicó una explosión de acceso a textos que permitieron tomar contacto con otras culturas políticas. Por otra parte, el modo pre-redes sociales de compartir esas lecturas reenviaba a una circulación más tradicional: fotocopias de textos impresos, revistas en papel, etc. Nosotros, en tanto lectores, también estábamos en transición, y si bien el acceso era digital, la mayoría necesitaba la impresión del texto para poder leerlo, es decir, para poder aplicar sobre el texto las operaciones que producían una lectura.

rn: Lo más impactante de la experiencia de esos años, para mí, fue el acortamiento del tiempo entre acontecimiento, producción de información y elaboración teórica a su respecto, y posterior difusión de esas ideas novedosas. Me acuerdo que en 1997 salió la primera edición brasileña de La sociedad del espectáculo (es decir, ese libro que había circulado y tenido importancia en Mayo del 68 en Francia llegaba a Brasil con tres décadas de retraso). Pero apenas un par de años después yo lograba acompañar «en tiempo real» lo que pasaba en los Días de Acción Global, los debates que rodeaban a los movimientos en Argentina, Europa, México, Estados Unidos o en otras partes de Brasil. Fue un cambio apasionante: mientras las cosas antes parecían arribar cuando ya eran episodios de los libros de historia, ahora era posible intervenir en un debate global en vivo.

Entre los muchos pronósticos optimistas de entonces, uno que se desplegó de modo bastante distinto a lo que imaginábamos fue el Be the media que Indymedia tenía como eslogan. Es verdad que hoy tenemos una capacidad generalizada de producción y circulación de contenido escrito y audiovisual, y que «ser los medios» es una posibilidad efectivamente disponible para una parcela acotada pero significativa de la población mundial. Pero la apuesta por la saturación como vía de disminución del poder de los medios corporativos no trajo los resultados esperados. Todos producimos textos e imágenes todo el tiempo, pero si observamos quiénes son las voces de mayor autoridad –aquellas en quienes la gente se apoya para compartir información en las redes sociales–, vemos el lugar preponderante que sigue ocupando la gran prensa, o individuos asociados a ella.

No creo que pueda decirse que se trata únicamente de una cuestión de inercia, y que si los medios corporativos todavía no han desaparecido, aun así vienen perdiendo poder de modo constante y solo una cuestión de tiempo nos separa de su eclipse. Una postura de ese orden nos llevaría a ignorar el serio y a la vez interesante problema que nos plantea la cuestión de los filtros. La saturación genera mucha información, pero no se han creado filtros en la misma proporción y, por lo tanto, el resultado son cantidades enormes de ruido. Al fin y al cabo, mucho de lo que hoy hacen los medios corporativos no es más que vendernos de vuelta la información que producimos todos, pero filtrada, editada, contextualizada. La apuesta por la saturación de fines del siglo pasado era optimista no solamente porque suponía una teleología objetiva (una línea ascendente en la democratización de los medios de producción y difusión de información, que auguraba siempre mejores condiciones para las victorias populares), sino también porque esa teleología servía para disolver, más que resolver, el problema de la mediación (en la medida en que el crecimiento inevitable de la información instantánea eliminaría la mediación, ya no era ningún problema o desafío pensarla). Pero creo que lo que finalmente descubrimos es que el crecimiento exponencial de la información inmediata, justamente porque transmuta la información en ruido, replantea el problema de la mediación. De manera que lo que debilita a los medios tradicionales puede ser también lo que impide que se los mate: lo que disminuye su importancia es, en su reverso, lo que confirma su necesidad.