Tema central

De utopías globales, ruidos y recomposiciones Una conversación sobre prácticas de lectura y movimientos sociales

Diría entonces que sí, todavía hay diferencia entre ambos universos textuales, aunque el consumo creciente de libros en pdf u otros formatos complique las fronteras entre los dos tipos de lectura, y que la diferencia está sobre todo relacionada con la calidad de atención y con el tiempo que se supone implicado no solamente en la lectura, sino también en la escritura. En formato digital la cosa suele funcionar más por saturación: leemos muchas cosas menores sobre un mismo tema, cada una de las cuales añade relativamente poco, pero con todas vamos acumulativamente componiendo cuadros de situación. Mientras que con los libros la expectativa es que aborden cuestiones de más largo aliento, que dialoguen con un conjunto más amplio de fuentes de información, que ofrezcan miradas más completas. Hay que observar, sin embargo, que esta dinámica de exceso y sobreproducción también ha penetrado el mercado editorial. Grandes intelectuales como Alain Badiou, Jacques Rancière y Slavoj Žižek hoy alternan tratados teóricos publicados espaciadamente con una oleada constante de pequeños libros de divulgación o comentario sobre temas corrientes. Incluso los libros contemporáneos que tienen una pretensión sinóptica ya no suelen ser grandes síntesis originales –como lo eran Las palabras y las cosas, el Anti-Edipo o incluso Imperio–, sino textos mucho más parciales que dialogan con una masa de información más reciente y restricta, porque ya nadie tiene condiciones de sintetizarlo todo, y menos aún bajo los imperativos de producción constante que pesan en particular sobre los académicos. Amador Fernández-Savater: Me viene a la cabeza la distinción que hace Reinaldo Laddaga entre el «régimen estético» y el «régimen práctico» de las artes. En el primero, los autores son especialistas que trabajan en cierto retiro del mundo una obra con bordes estrictos y se relacionan más tarde a través de espacios «desafectados» (galería, museo) con públicos silenciosos y desconocidos. En el segundo, el autor es más un «punto de paso» que recoge y relanza un flujo de conversación incesante, hecha de segmentos, vinculada a la «actualidad» y relativamente desjerarquizada. La diferencia aquí sería que estos dos regímenes no se suceden en el tiempo, como explica Laddaga, sino que conviven (y se contaminan).

No sé si esta distinción puede ser útil en cuanto a libros y textos, pero al menos coincide con mi experiencia. Hablando como editor, el rebote que por años recibíamos en la editorial Acuarela o la revista Archipiélago, por ejemplo, era escasísimo (una carta de vez en cuando, algo en la presentación ocasional de un libro, cosas así). Pero cada libro o número de la revista tenía, por sus mismas condiciones de producción, cierta potencialidad de acontecimiento, de sacudida, de irrupción. Y hablando como lector, la lectura de un libro a mí desde luego me reclama esa suspensión del mundo (del trajín del mundo más bien) de la que habla Laddaga. Cierto apartamiento, serenidad y atención casi incompatible (físicamente) con el estado de inquietud permanente de las redes. Por otro lado, en el «régimen práctico del libro» (si cabe hablar así), lo que valoro más es la condición amateur de muchos invitados a la conversación (una auténtica «rebelión de los públicos»), la posibilidad (legitimada) de compartir versiones en beta (borradores, bocetos, croquis) de las cosas que se van pensando, lo autorizado que uno se siente a escribir desde la sola autoridad de su propia experiencia (contar algo que hayas vivido en primera persona), etc.En los dos regímenes, la amenaza («la muerte del texto») me parece que es un poco la misma: la indiferencia. Que por aislamiento o circulación banal, por lentitud mortífera o velocidad estúpida, un escrito no resuene, no interpele, no conmueva, no se vincule, no encuentre lectores, no cree nuevos autores.

Fascinantes las vías de indagación que abren sus respuestas. Pero ahora sí querría que vayamos a la historia más concreta de las últimas dos décadas. Les propongo que tratemos de recuperar los distintos momentos y expectativas que se dieron en estos años, que no subsumamos todo el periodo bajo una única mirada. Hacia fines del siglo pasado, el surgimiento del movimiento antiglobalización y otros movimientos afines y la aparición de una militancia vinculada a las nuevas redes sociales entonces apenas incipientes (hablamos de la era previa a Facebook) dieron lugar a expresiones de optimismo. Algunos incluso vaticinaron que asistíamos a una verdadera ruptura epocal en los modos de la política emancipatoria. ¿Qué recuerdan de las discusiones y emociones que entonces circulaban? Y al mismo tiempo, ¿cómo se reordenaron las prácticas de lectura en esos momentos iniciales de las redes sociales?

afs: Hago memoria y veo un pasaje en esos años que podríamos llamar «del underground a las redes». Es decir, veníamos del mundo de los fanzines y los circuitos de autoproducción, un trabajo medio artesanal, la impresión por fotocopias, mucha presencia física para todo (distribución, venta directa, encuentros), el correo como medio de comunicación (recibíamos cartas en el apartado de correos con la misma ilusión que si fueran cartas de amor), etc. Y pasamos a las redes telemáticas, las listas de correo, las agencias de contrainformación, los foros en línea, muchas horas de pantalla para todo, un verdadero aprendizaje. Un pasaje que no es lineal o absoluto, sino combinado. También recuerdo en esos años haber trabajado en revistas y hojas de agitación (Archipiélago, Contrapoder, Desobediencia Global), los grupos de lectura de libros difíciles y ricos (Mil mesetas, La sociedad del espectáculo) en espacios y centros sociales, los dossiers sobre temas importantes del momento (violencia, copyleft, trabajo, etc.). Mi amiga Marta, a la que pregunto por sus recuerdos al respecto, me dice de hecho que piensa que entonces hacíamos un uso más colectivo de la red, en el sentido de investigar juntos algo y no simplemente leer cada cual sus cosas.

Me acuerdo de la importancia que tuvieron entonces libros como Imperio y Multitud de Antonio Negri y Michael Hardt. Libros que devoramos para entender la nueva conformación del poder global (acéfalo pero con polos de atracción y fuerza, etc.), la guerra desatada tras el 11 de septiembre de 2001 (guerra infinita, guerra constituyente, guerra ordenadora), el carácter del movimiento que nace en Seattle, la naturaleza del sujeto colectivo que se esbozaba (la «multitud»), su composición, estrategia, lenguaje, etc. Una recepción polémica, en disputa con la «vieja política» interna al movimiento global (nacional-popular, estadocéntrica, etc.), que abrió y a la vez cerró, que abrió las cabezas a otras nociones, imágenes y lenguajes, pero también recreó finalmente fetiches, palabras claves y una langue de bois que tenía respuestas para todo desde categorías previas.