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De utopías globales, ruidos y recomposiciones Una conversación sobre prácticas de lectura y movimientos sociales

De utopías globales, ruidos y recomposiciones / Una conversación sobre prácticas de lectura y movimientos sociales

Al menos desde la Ilustración, la lectura ha ocupado un lugar nodal en los proyectos emancipatorios cobijados en el seno de las tradiciones de izquierda. Pero, al calor de la revolución digital de las últimas dos décadas, ese sitial ha experimentado profundas transformaciones sobre las que quizás aún no se ha reflexionado lo suficiente. En este diálogo, Amador Fernández-Savater, Franco Ingrassia y Rodrigo Nunes (todos ellos nacidos en los años 70 e involucrados activamente en movimientos sociales de las últimas dos décadas) desandan algunos aspectos relativos a los cambios recientes en las relaciones entre izquierdas, redes sociales y prácticas de lectura. Desde sus ciudades de cabecera –Madrid, Rosario y Río de Janeiro, respectivamente–, pero en conexión con muchos otros sitios del mundo, en las dos décadas pasadas los tres participantes de esta conversación han estado involucrados en numerosos espacios e iniciativas vinculados a un ir y venir entre pensamiento y movimientos sociales. Fernández-Savater ha participado, entre otros, en los movimientos antiglobalización, v de Vivienda y 15-m, es editor de Acuarela Libros y colabora activamente en blogs y medios digitales. Ingrassia fue uno de los fundadores del colectivo cultural Planeta/x y actualmente forma parte de la Universidad del Hacer, uno de los proyectos de la organización política rosarina Ciudad Futura. Nunes, por último, participó activamente en las primeras ediciones del Foro Social Mundial y fue uno de los editores de la revista Turbulence. Es profesor de filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro (puc/Río) y autor del libro Organisation of the Organisationless. Collective Action After Networks (Mute, Londres, 2014).Me gustaría proponerles que examinemos el recorrido de lo que han sido los cambios de los últimos 20 años en las condiciones y prácticas de lectura para los intelectuales, militantes y, más en general, las sensibilidades de izquierda (un campo vago e internamente estratificado que habría que especificar). Como sabemos, en estas dos décadas hemos asistido –quizás con menos sobresaltos de lo esperado– a profundas mutaciones sociales y culturales en los modos en que se producen y circulan los sentidos sociales y en el lugar que en esas situaciones radicalmente novedosas ocupan los textos. Pero antes de adentrarnos en ese ejercicio de recapitulación de los marcos de experiencia en los que ustedes han estado involucrados activamente, permítanme comenzar preguntando algo más general relativo al estatuto contemporáneo de los textos. En la introducción a la edición en castellano de la Historia de la lectura en el mundo occidental1, Roger Chartier recuerda que en las últimas décadas se ha hablado recurrentemente de la posibilidad de la muerte del libro; y al mismo tiempo, las estadísticas indican que nunca se han producido ni han circulado tantos libros como en nuestro tiempo. A juicio de ustedes, ¿tiene sentido diferenciar los objetos impresos de los textos que circulan velozmente en formato digital? ¿Cómo se ha configurado el interjuego entre ambos tipos de textos, aquellos que se reproducen en el formato histórico del tipo de objeto que llamamos libro y aquellos que vemos solo en pantallas y teléfonos celulares?

Franco Ingrassia: Creo que la diferencia entre libros impresos y textos digitales se puede pensar en términos de corte y de flujo. El surgimiento de internet releva a la edición de libros de su función de «publicación»: la circulación digital es mucho más veloz, amplia y económica. Ese es el flujo: una marea incesante de textos a los que podemos acceder. Nuestra capacidad de acceso excede en mucho nuestras posibilidades de lectura. Pero esa nueva ecología digital permite que el libro impreso adquiera un nuevo estatuto. La edición creo que puede ser entendida hoy como una operación de corte, de subrayado. Una agencia editorial (las más de las veces colectiva) se toma el esfuerzo de aislar temporalmente un texto o una serie de textos del flujo, para destacarlos. Y de esa manera se produce una finitud, partiendo de ese campo virtualmente infinito de la circulación digital, que nos invita a la lectura. Es así como resulta posible que uno lea un libro que obtuvo uno o dos años atrás, mientras que es improbable que haga lo mismo con un pdf descargado con la misma antelación.

Y me parece también que esta ecología textual dual implica el desarrollo de una subjetividad lectora igualmente dual, que desarrolla criterios para manejarse tanto en la finitud de los libros impresos como en la infinitud del acceso digital. A esas operaciones de flujo y corte realizadas por otros tenemos que superponer las propias, convirtiéndonos en editores de nuestros propios itinerarios de lectura. Y pienso que esas operaciones necesitan criterios de orientación que necesariamente se encuentran fuera de la ecología textual. Leemos para algo que está más allá de la práctica de lectura y del mundo de los textos, leemos para que parte de lo que leemos se articule, se componga, afecte mundos de prácticas no textuales.

Rodrigo Nunes: Además de la dinámica de corte y flujo que describe Franco, podemos pensar nuestra relación contemporánea con la lectura en términos de la díada ruido-información. La altísima velocidad y el bajísimo costo de la producción y circulación en formato digital conllevan una oferta de información que, si no es infinita, excede en mucho la capacidad de procesamiento de cualquier individuo. Este exceso de información se convierte en ruido; de allí la importancia de la función de filtrado. Nuestros filtros nos vienen de nuestros intereses prácticos, de la educación que tuvimos: cada vez más, nuestros filtros son los otros, y nuestra red de amistades (amistades digitales o extradigitales) funciona como extensión de nuestra capacidad de recoger y procesar información. Pero también vienen del capital simbólico asociado a cada fuente y a cada medio, y ahí me parece que la publicación impresa tiene todavía su peso: que algo esté disponible fuera de internet, que un autor no sea apenas reconocido en los blogs sino también en medios más convencionales (libros, revistas), todavía son elementos que operan como filtros relevantes. Esto se vincula no solo con el capital acumulado por la publicación impresa en general, y por algunos nodos (editoriales, periódicos) en particular, sino también con el hecho de que uno instintivamente supone que una actividad cuyos costos son más elevados moviliza filtros más exigentes. Y esto sugiere algunas cuestiones interesantes a la izquierda, dado que, aunque la digitalización ha permitido una explosión en la producción y circulación de textos críticos o militantes, la propiedad de los medios de atribución de capital simbólico no ha cambiado tanto.

  • 1.

    Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (dirs.): Historia de la lectura en el mundo occidental, Taurus, Ciudad de Mèxico, 2006.