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Cuatro claves para leer América Latina

Lejos ya de aquellas caracterizaciones que al inicio del cambio de época aludían a un «giro a la izquierda», en 2017 la reflexión sobre el retorno de los populismos en América Latina inserta a la región en otro escenario político, más pesimista, que trae a la luz la tensión constitutiva que los recorre. Desde el punto estrictamente político, la actualización del populismo de alta intensidad afirma un modelo de subordinación de los actores sociales (movimientos sociales y organizaciones indígenas) y apunta a la cancelación de las diferencias, lo que pone de relieve la amenaza a las libertades políticas o su cercenamiento. Por otro lado, el retorno del populismo de alta intensidad y el final del ciclo progresista aparecen asociados. Así, desde el punto de vista económico y más allá de los manifiestos de buenas intenciones, se observa que el extractivismo actual no condujo a un modelo de desarrollo industrial o a un salto de la matriz productiva, sino a una reprimarización y a mayores conflictos socioterritoriales. A esto hay que sumar el fin del llamado «superciclo de los commodities»15, lo que algunos vinculan sobre todo a la desaceleración del crecimiento en China. La mayoría de los gobiernos latinoamericanos no están bien preparados para la caída de los precios de los productos primarios y ya se observarían consecuencias en la tendencia a la caída en el déficit comercial16. Dicho de otro modo, los países latinoamericanos exportan mucho a China, pero esto no alcanza para cubrir el costo de las importaciones desde ese país. Todo ello conllevará no solo más endeudamiento, sino también una exacerbación del extractivismo, es decir, una tendencia al aumento de las exportaciones de productos primarios a fin de cubrir el déficit comercial, con lo cual se ingresaría en una suerte de espiral perversa (multiplicación de proyectos extractivos, aumento de conflictos socioambientales, desplazamientos de poblaciones, entre otros). No es casual por ello que se anuncien nuevas exploraciones en zonas de frontera o en parques naturales (en Bolivia, Venezuela, Ecuador, Argentina, entre otros).

Por último, el neoextractivismo abrió una nueva fase de criminalización y violación de los derechos humanos. En los últimos años, fueron numerosos los conflictos socioambientales y territoriales que lograron salir del encapsulamiento local y adquirir una visibilidad nacional. Lo que resulta claro es que la expansión de la frontera de derechos (colectivos, territoriales, ambientales) encontró un límite en la expansión creciente de las fronteras de explotación del capital en busca de bienes, tierras y territorios, y tiró por la borda aquellas narrativas emancipatorias que habían levantado fuertes expectativas, sobre todo en Bolivia y Ecuador. Para decirlo de otro modo, el fin del boom de los commodities nos confronta a la consolidación de la ecuación «más extractivismo/menos democracia», que ilustran los contextos de criminalización de las luchas socioambientales y el bastardeo de los dispositivos institucionales disponibles (audiencias públicas, consulta previa de poblaciones originarias, consulta pública), escenario que hoy comparten tanto gobiernos progresistas como aquellos otros conservadores o neoliberales.

Fin de ciclo y posprogresismos

En la actualidad, los progresismos realmente existentes parecen haber entrado en una fase final, ilustrada por el giro conservador que adoptaron dos de los países más importantes de la región: Argentina y Brasil, a lo cual hay que añadir la crisis generalizada que atraviesa el gobierno venezolano. Cabe aclarar que la crisis no se debe solo a factores externos (el fin del superciclo de los commodities y el deterioro de los índices económicos), sino también a factores internos (el aumento de la polarización ideológica, la concentración de poder político, el incremento de la corrupción). Ciertamente, con los años y a medida que los regímenes se fueron consolidando, la concentración y la personalización del poder político impidieron la emergencia y la renovación de otros liderazgos, al tiempo que alentaron formas de disciplinamiento y de obsecuencia que socavaron cualquier posibilidad de pluralismo político dentro de los diferentes oficialismos. Esto incluye tanto a organizaciones y movimientos sociales –que otrora tenían agenda propia y se caracterizaban por su accionar contestatario– como a intelectuales, académicos y periodistas –otrora defensores del derecho a la disidencia y del pensamiento crítico–. El tema no es menor y nos confronta a un problema recurrente en la historia política latinoamericana, que golpea de lleno el ciclo progresista y termina, lamentablemente, por darle forma definitiva: el hiperliderazgo y, a través de ello, la tendencia de los gobernantes a perpetuarse en el poder o, por lo menos, a buscar permanecer longevamente en él.

Por otro lado, el fin de ciclo y el eventual giro político se insertan en un escenario mundial muy perturbador, marcado por el avance de las derechas más xenófobas y nacionalistas en Europa, así como por el inesperado triunfo del magnate Donald Trump en eeuu. Todo ello augura importantes cambios geopolíticos, que además de producir un empeoramiento del clima ideológico internacional, en el cual las demandas antisistema de la población más vulnerada se articulan con los discursos más racistas y proteccionistas, impactarán de modo negativo en la región latinoamericana, en un contexto global de mayor desigualdad.

Asimismo, podría decirse que, pese a la sobreutilización de la hipótesis conspirativa, el giro conservador está vinculado, en gran parte, a las limitaciones, mutaciones y desmesuras de los gobiernos progresistas. Sin embargo, no todo es ilusión conspirativa: en América Latina, los procesos de polarización política habilitaron la vía más espuria del golpe parlamentario y aceleraron con ello el retorno a un escenario claramente conservador. Esto sucedió al menos en tres casos: con Manuel Zelaya en Honduras (2009), con Fernando Lugo en Paraguay (2012) y, sin duda, el más resonante de todos, con el impeachement contra la presidenta de Brasil Dilma Roussef en 2016, a quien sucedió su vicepresidente Michel Temer, del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (pmdb). Tampoco es posible reducir los progresismos existentes a una pura matriz de corrupción, como pretenden algunos, bastardeando la categoría «populismo» o utilizándola en un sentido unilineal y olvidando los componentes democráticos de los cuales fueron portadores. Ciertamente, al inicio del ciclo, todos los progresismos implicaron la potenciación de un lenguaje de derechos (sociales, colectivos, económicos, culturales) y abrieron un espacio a diferentes políticas de democratización. Pero entre 2000 y 2016, mucha agua corrió bajo el puente. La mirada retrospectiva nos obliga a reconocer que no es lo mismo hablar de «nueva izquierda latinoamericana» que de «populismos del siglo xxi». En el pasaje de una caracterización a otra, algo importante se perdió, algo que evoca la evolución hacia modelos de dominación de corte tradicional, basados en el culto al líder, su identificación con el Estado y la búsqueda o aspiración de perpetuarse en el poder. No por casualidad, hacia el final del ciclo, el evidente desacoplamiento entre progresismos e izquierdas habilitaría la reintroducción de categorías recurrentes como las de populismo y transformismo, que irían permeando una parte importante de los análisis críticos contemporáneos.

El agotamiento y el fin del ciclo progresista nos confrontan con un nuevo escenario, cada vez más desprovisto de un lenguaje común. Por un lado, es cierto que, sin apelar a retornos lineales, los actuales gobiernos de Brasil y Argentina recrean núcleos básicos del neoliberalismo, a través, entre otras cosas, de políticas de ajuste que favorecen abiertamente a los sectores económicos más concentrados, así como del endurecimiento del contexto represivo. Sin embargo, la emergencia de una suerte de «nueva derecha» es todavía la excepción, no la regla. Por otro lado, todo parece indicar que estamos asistiendo al inicio de una nueva época, de carácter más expoliatorio en términos de derechos a escala regional, que augura más incertidumbre y menos pluralidad, en un contexto internacional ya marcado por grandes cambios geopolíticos. Se abre así un nuevo escenario a escala global y regional más atomizado e imprevisible, que marca el fin de ciclo del progresismo como lingua franca, aunque atravesado por múltiples protestas sociales. Este seguramente será el punto de partida para pensar el posprogresismo que se viene.

  • 15.

    Otaviano Canuto: «The Commodity Super Cycle: Is This Time Different?» en Ecomomic Premise No 150, 6/2014.

  • 16.

    Joan Martínez Alier: «Sudamérica, El triunfo del post-extractivismo en el 2015» en La Jornada, 21/2/2015.