Tema central

Cuatro claves para leer América Latina

En la actualidad, tanto la tesis del regionalismo desafiante como la de la cooperación Sur-Sur parecen ser más una suerte de wishful thinking que prácticas económicas y comerciales realmente existentes de los diferentes gobiernos progresistas latinoamericanos. Por un lado, la tesis comenzó a ser relativizada a raíz del pasaje a una Unasur de «baja intensidad»11, signada por el final de los grandes liderazgos regionales (la muerte de Chávez y de Néstor Kirchner y el fin del mandato de Luiz Inácio Lula da Silva, tres líderes que apostaron fuertemente a la integración regional) y, a partir del surgimiento de nuevos alineamientos regionales de carácter más aperturista (como la Alianza para el Pacífico) en 2011, con la participación de países como Chile, Colombia, Perú y México. Por otro lado, la firma de convenios o acuerdos unilaterales entre China y varios gobiernos latinoamericanos en los últimos años (muchos de los cuales comprometen a sus economías por décadas) están lejos de ser la excepción. Al contrario, constituyen una regla bastante generalizada en los últimos tiempos, lo cual, en lugar de afianzar la integración latinoamericana, no hace más que potenciar la competencia entre los países de la región como exportadores de commmodities. En suma, pese a la apertura de un espacio regional latinoamericano, la competencia económica entre países y la confirmación de una relación comercial privilegiada con China, basada en la demanda de commodities y en la vertiginosa consolidación de un intercambio desigual, parecerían estar marcando la emergencia de nuevas relaciones de dependencia, cuyo contorno se estaría definiendo al calor de las negociaciones unilaterales que aquel país mantiene con cada uno de sus socios latinoamericanos.

El regreso de los populismos infinitos

Más allá de las diferencias evidentes, son varios los gobiernos progresistas que ilustran configuraciones políticas vinculadas a los populismos clásicos del siglo xx (1940-1950). Así, las inflexiones políticas que adoptaron los gobiernos de Chávez en Venezuela (1999-2013), Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina (2003-2007 y 2007-2015, respectivamente), Rafael Correa en Ecuador (2007-2017) y Evo Morales en Bolivia (desde 2006), todos ellos en países con una notoria y persistente tradición populista, habilitaron el retorno del populismo en sentido fuerte. Entiendo el populismo como un fenómeno político complejo y contradictorio, que presenta una tensión constitutiva entre elementos democráticos y elementos no democráticos. Esta definición propone una óptica crítico-comprensiva y se aparta del tradicional uso peyorativo y descalificador del concepto12, que predomina en el ámbito político-mediático, donde se reduce el populismo a una política macroeconómica (despilfarro o gasto social) y a la demagogia y al autoritarismo político (déficit republicano), y se dejan de lado, interesadamente, otros componentes. Así, en consonancia con otros análisis como el de Gerardo Aboy Carlés, propongo pensar el populismo a partir de la coexistencia de dos tendencias contradictorias: «la ruptura fundacional (que da paso a la inclusión de lo excluido), pero también la pretensión hegemónica de representar a la comunidad como un todo (la tensión entre plebs y populus; esto es, entre la parte y el todo)»13. Esa tensión constitutiva de los populismos hace que estos traigan a la palestra, tarde o temprano, una perturbadora pregunta, en realidad, la pregunta fundamental de la política: ¿qué tipo de hegemonía se está construyendo en esa tensión peligrosa e insoslayable entre lo democrático y lo no democrático, entre una concepción plural y otra organicista de la democracia, entre la inclusión de las demandas y la cancelación de las diferencias?

Así, mi hipótesis es que durante el ciclo progresista hemos asistido a una reactualización de la matriz populista. En la dinámica recursiva, esta fue afirmándose a través de la oposición y, al mismo tiempo, de la absorción y el rechazo de elementos propios de otras matrices contestatarias –la narrativa indígena-campesina, diversas izquierdas clásicas o tradicionales, las nuevas izquierdas autonómicas–, que habrían tenido un rol importante en los inicios del «cambio de época». Desde el punto estrictamente político, asistimos a un populismo de alta intensidad14, en el cual coexiste la crítica del neoliberalismo con el pacto con el gran capital; procesos de democratización con la subordinación de los actores sociales al líder; la apertura a nuevos derechos con la reducción del espacio del pluralismo y la tendencia a la cancelación de las diferencias, entre otros. A esto hay que agregar que, a diferencia de los populismos conservadores o de derecha que se expanden en la actualidad en Europa y eeuu, los populismos latinoamericanos del siglo xxi fomentaron la inclusión social, de la mano de un lenguaje nacionalista y a la vez latinoamericanista, y no de la xenofobia o el racismo.

Ahora bien, mientras que el proceso venezolano se instaló rápidamente en un escenario de polarización social y política (1999-2002), en Argentina la dicotomización del espacio político aparece recién a comienzos en 2008, a raíz del conflicto del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner con las patronales agrarias por la distribución de la renta sojera, y se exacerba a límites insoportables en los años siguientes. En Bolivia, la polarización signó los comienzos del gobierno del mas, en la confrontación con las oligarquías regionales; sin embargo, esta etapa de «empate catastrófico» se clausura hacia 2009, para abrir luego a un periodo de consolidación de la hegemonía del partido de gobierno. En esta segunda etapa se rompen las alianzas con diferentes movimientos y organizaciones sociales contestatarios (2010-2011). Esto es, la inflexión populista se opera en un contexto más bien de ruptura con importantes sectores indigenistas. Para la misma época, Rafael Correa inserta su mandato en un marco de polarización ascendente que involucra tanto a los sectores de la derecha política como –de modo creciente– a las izquierdas y los movimientos indigenistas. El afianzamiento de la autoridad presidencial y la creciente implantación territorial de Alianza País tuvieron como contrapartida el alejamiento del gobierno respecto de las orientaciones marcadas por la Asamblea Constituyente y su confrontación directa con las organizaciones indígenas de mayor protagonismo (como la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, conaie) y los movimientos y organizaciones socioambientales que habían acompañado su ascenso.

  • 11.

    Nicolás Comini y Alejandro Frenkel: «Una Unasur de baja intensidad. Modelos en pugna y desaceleración del proceso de integración en América del Sur» en Nueva Sociedad No 250, 3-4/2014, disponible en www.nuso.org.

  • 12.

    Propongo una óptica crítico-comprensiva, que retoma los diferentes elementos que constituyen el fenómeno populista no solo como matriz político-ideológica, sino sobre todo en tanto régimen político. He desarrollado extensamente el tema en Debates latinoamericanos. Indianismo, desarrollo, dependencia y populismo, Edhasa, Buenos Aires, 2016 y en Del cambio de época al fin de ciclo. Extractivismos, gobiernos progresistas y movimientos sociales, Edhasa, Buenos Aires, en prensa.

  • 13.

    G. Aboy Carlés: «Las dos caras de Jano. Acerca de la relación compleja entre populismo e instituciones políticas» en Pensamento Plural vol. 7, 7-12/2010, disponible en http://pensamentoplural.ufpel.edu.br/edicoes/07/02.pdf.

  • 14.

    Aníbal Viguera establece dos dimensiones para definir el populismo: una, según el tipo de participación, y la otra, según las políticas sociales y económicas («‘Populismo’ y ‘neopopulismo’ en América Latina» en Revista Mexicana de Sociología vol. 55 No 3, 7-9/1993). En función de este tipo ideal, propongo distinguir entre un populismo de baja intensidad, de carácter unidimensional (estilo político y liderazgo, que puede coexistir con políticas neoliberales), y un populismo de alta intensidad, que ensambla estilo con políticas sociales y económicas que apuntan a la inclusión social. He abordado el tema en el capítulo final de la segunda parte de Debates latinoamericanos, cit.