Tema central

Cuatro claves para leer América Latina

La crítica al desarrollo y el modelo extractivo

La segunda clave de época, estrechamente ligada a la anterior, es la crítica a la visión hegemónica de desarrollo, que en la actualidad aparece asociada al modelo extractivo-exportador. Hay que tener en cuenta que ha habido enfoques críticos de la visión hegemónica del desarrollo en América Latina desde el comienzo de la discusión sobre los límites del crecimiento6, pasando por los debates sobre el desarrollo sustentable y los análisis en términos de «postdesarrollo»7.

Sin embargo, una nueva etapa se abrió hacia el año 2000, con el ingreso al «Consenso de los Commodities» y la posterior crítica al (neo)extractivismo, que instala un nuevo cuestionamiento a la ideología del progreso, ilustrada en la actualidad por la expansión de megaproyectos extractivos (megaminería, explotación petrolera, nuevo capitalismo agrario con su combinación de transgénicos y agrotóxicos, megarrepresas, grandes emprendimientos inmobiliarios, entre otros). Más allá de sus diferencias internas, estos modelos presentan una lógica extractiva común: gran escala, orientación a la exportación, ocupación intensiva del territorio y acaparamiento de tierras, amplificación de impactos ambientales y sociosanitarios, preeminencia de grandes actores corporativos transnacionales y tendencia a la democracia de baja intensidad. Asimismo, el boom de los commodities y sus ventajas comparativas fueron afirmando un acuerdo cada vez más explícito acerca del carácter irresistible de la dinámica extractivista, lo cual obturaría la posibilidad de un debate de fondo sobre las alternativas al modelo extractivo-exportador.

Una consecuencia de ello ha sido el proceso de «ambientalización de las luchas», en términos de Enrique Leff, visible en la emergencia de diferentes movimientos socio-eco-territoriales, rurales y urbanos, indígenas y de carácter multiétnico, orientados contra sectores privados (corporaciones, en gran parte transnacionales) así como contra el Estado (en sus diferentes escalas y niveles). En la dinámica del conflicto, parte de estos movimientos sociales tienden a ampliar y radicalizar su plataforma representativa y discursiva incorporando otros temas, tales como el cuestionamiento a los modelos de desarrollo, y ponen así en crisis incluso la visión instrumental y antropocéntrica de la naturaleza.

Así, a diferencia de épocas anteriores en las que lo ambiental era una «dimensión» más de las luchas, en los últimos 15 años asistimos a una resignificación de la problemática que postula una mirada integral de la crisis socioecológica en clave de paradigma civilizatorio. En esa línea, estamos ante la emergencia de un pensamiento político radical, que apunta a una nueva racionalidad ambiental y a una visión posdesarrollista materializada en nuevos conceptos y lenguajes.

Regionalismos, geopolítica y nuevas dependencias

Hay una tercera clave, de índole también histórica, que plantea una reactualización de las relaciones de dependencia bajo el signo del extractivismo. En la actualidad, asistimos a importantes cambios geopolíticos, manifiestos en el fin del mundo unipolar y en la configuración de un esquema oligopólico de poder, ilustrado por la emergencia de nuevas potencias globales, entre ellas, la República Popular China. En este marco, la cuestión de la sucesión hegemónica y la posibilidad de que China devenga un nuevo hegemón suscitan hoy intensos debates historiográficos y políticos.

Una primera cuestión se refiere a la presencia económica de China en la región latinoamericana. Hacia el año 2000, China no ocupaba un lugar privilegiado como destino de exportaciones u origen de importaciones de los países de la región. Sin embargo, a comienzos de la segunda década del nuevo milenio, fue desplazando como socios comerciales de la región a Estados Unidos, a países de la Unión Europea y a Japón. En 2013 ya ocupaba el primer lugar como proveedor de las importaciones de Brasil, Paraguay y Uruguay; el segundo en el caso de Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Honduras, México, Panamá, Perú y Venezuela; y el tercero para Bolivia, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. En el caso de las exportaciones, en 2015 era el primer destino de Brasil y Chile, y el segundo de Argentina, Colombia, Perú, Uruguay y Venezuela8.

Por supuesto, lo más notorio no es la vinculación –inevitable y necesaria, por cierto– con China, sino el modo en que esta se viene operando. Dentro del campo progresista, la interpretación predominante es que la relación con China habría ofrecido la posibilidad de ampliar los márgenes de autonomía de la región en relación con la hegemonía estadounidense9. En ese marco, para algunos, la relación con China adquiere un sentido político estratégico, de cooperación Sur-Sur. Sin embargo, el intercambio con China es claramente asimétrico: mientras que 84% de las exportaciones de los países latinoamericanos a China son commodities, 63,4% de las exportaciones chinas a la región son manufacturas. Esta asimetría se ha ido traduciendo en un proceso de reprimarización de las economías latinoamericanas, visible en la reorientación hacia actividades primario-extractivas con escasa generación de valor agregado.

La segunda cuestión importante en términos geopolíticos es el alcance del regionalismo autónomo latinoamericano, uno de los tópicos más reivindicados por los gobiernos progresistas. Bien podría decirse que a partir de 2000 asistimos, en palabras de Jaime Preciado Coronado, a la emergencia de un «regionalismo latinoamericano desafiante»10 en clave antiimperialista, crítico de la tradicional hegemonía estadounidense. El gran hito de este nuevo regionalismo fue la Cumbre de Mar del Plata (Argentina), de 2005, cuando los países latinoamericanos dijeron «no» al Área de Libre Comercio de las Américas (alca), promovida por eeuu, y crearon la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (alba) bajo el impulso del carismático Hugo Chávez. En la línea latinoamericanista se pergeñaron proyectos ambiciosos, entre ellos, la creación de una moneda única (el sucre) y el Banco del Sur, que sin embargo no prosperaron, en parte debido al escaso entusiasmo de Brasil, país que a raíz de su rol de potencia emergente juega en otras ligas globales. La creación de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en 2007 y, posteriormente, de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en 2010 –inicialmente como foro para procesar los conflictos de la región dejando fuera a Washington– jalonan ese proceso de integración regional. Sin embargo, todo esto estuvo lejos de evitar que, con posterioridad, eeuu firmara tratados de libre comercio de forma bilateral con varios países latinoamericanos.

  • 6.

    Donella H. Meadows, Dennis L. Meadows, Jorgen Randers y William W. Behrens iii: Los límites del crecimiento. Informe al Club de Roma sobre el predicamento de la humanidad, fce, Ciudad de México, 1972.

  • 7.

    Arturo Escobar: «El postdesarrollo como concepto y práctica social» en Daniel Mato (coord.): Políticas de economía, ambiente y sociedad en tiempos de globalización, Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 2005.

  • 8.

    M. Svampa y Ariel Slipak: «China en América Latina: Del Consenso de los Commodities al Consenso de Beijing» en Ensambles No 3, 2015.

  • 9.

    Esto ya habría sucedido durante la Guerra Fría respecto a la Unión Soviética, aun si hoy no existe una polarización ideológica semejante.

  • 10.

    J.A. Preciado Coronado: «Paradigma social en debate; aportaciones del enfoque geopolítico crítico. La Celac en la integración autónoma de América Latina» en Martha Nelida Ruiz Uribe (coord..): América Latina en la crisis global: Problemas y desafíos, iuit-Clacso-Alas-udt, Ciudad de México, 2013.