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¿Condenados a la posdemocracia?

Posdemocracia, autoritarismo o revolución democrática

En el Norte global, las tendencias más significativas son la posdemocracia y el autoritarismo. Estas tendencias también se manifiestan en el resto del mundo, pero a menudo coexisten con escenarios de colapso. La posdemocracia12 es un sistema en el que, en apariencia, nada cambia con respecto a la democracia occidental clásica: se siguen organizando elecciones libres, el Poder Judicial es independiente, los derechos individuales son respetados. La fachada es la misma, pero el poder real está en otra parte. Las decisiones son tomadas por las direcciones de las grandes corporaciones transnacionales, los mercados, las agencias de calificación, las organizaciones internacionales y los organismos tecnocráticos. Esta es la tendencia dominante en la actualidad. La destitución de Dilma Rousseff lleva a Brasil por esta vía. Aunque Francia o eeuu están ampliamente instalados en la posdemocracia (la decisión de la Corte Suprema estadounidense de aceptar que el dinero pueda fluir sin límites en las campañas políticas constituye, de alguna manera, su constitucionalización13), también se manifiestan fuertemente en ellos tendencias autoritarias.

El autoritarismo implica una profunda remodelación de la fachada: existen elecciones, pero la competencia electoral está sesgada; las libertades (de expresión, de asociación, de tránsito, de prensa, etc.) se ven disminuidas por leyes restrictivas; la justicia es menos independiente. El autoritarismo se nutre del miedo al enemigo interior y exterior y de una xenofobia que pesa sobre los inmigrantes y los extranjeros. Es la dirección que han tomado los gobiernos ruso, húngaro, polaco y turco y que se puede percibir en otras partes, como en Ecuador o Venezuela por ejemplo –aunque sin xenofobia particular–, inclusive en la India de Narendra Modi. En el Sudeste asiático, varios regímenes no democráticos ya tienen modelos de este tipo o se dirigen a ellos mediante una liberalización muy controlada.

Globalmente, la coyuntura de mediados de la década de 2010 es bastante preocupante. En comparación con la década anterior, las experiencias gubernamentales portadoras de innovaciones democráticas son significativamente escasas. Muchos países están atrapados en espirales regresivas y los Estados fallidos se multiplican. Los movimientos sociales aún no han conseguido inclinar las relaciones de poder en un sentido más democrático y corrientes abiertamente reaccionarias han ganado las calles y las plazas.

Hay que decirlo con fuerza: en el Norte global, así como en el Sur global, los tiempos de las pequeñas reformas han pasado. Solo con mayores pasos hacia adelante se podrán evitar los escenarios de posdemocracia y autoritarismo, o incluso el colapso. La mutación debe ser de una importancia similar a aquella que, en Europa, permitió la afirmación en pocas décadas del movimiento obrero, del sufragio universal, de los partidos de masas y del Estado de Bienestar. Debe ser incluso más radical, pues para ser exitosa no puede limitarse al marco nacional. Es necesario democratizar radicalmente la democracia en todas las escalas para contrarrestar el capitalismo financiero globalizado, para responder a los desafíos ecológicos, para plantear, por último, la cuestión de la justicia social a escala transnacional.

Hay que reconocer que la magnitud de la tarea es colosal. No obstante, esta perspectiva no constituye un deseo ilusorio. Es una «utopía realista»14, un horizonte inalcanzable en tanto tal pero hacia el que es posible dirigirse desde hoy. Puede apoyarse en numerosas innovaciones a escala local o más raramente nacional, que hasta ahora no han conseguido aglutinarse en una corriente coherente; en los movimientos de masas, especialmente del tipo de Occupy Wall Street, 15-m en España, el Movimiento de los Girasoles en Taiwán o el del Pase Libre en Brasil; en los partidos y tendencias políticas involucrados en una auténtica renovación de sus prácticas y sus programas; en los movimientos que defienden la justicia social y otros que militan por la justicia de género o la igualdad racial. Es necesaria una verdadera revolución democrática. Una revolución de un nuevo tipo. Esta no se encarnará en una gran jornada electoral o en la toma por la fuerza del poder del Estado, en un líder único o en un partido que logre hacer la síntesis de todas las luchas. Pasa por múltiples vías, constitucionales y sociales; por reformas institucionales y por la desobediencia civil; por la experimentación de otras formas de vida, aquí y ahora; por la postulación de nuevos bienes comunes. Se necesita la creación de coaliciones dúctiles y amplias, que permitan la convergencia de actores diversamente estructurados y la defensa de objetivos en parte heterogéneos. Solo así se puede cambiar la lógica de la gobernanza en las sociedades contemporáneas. Este es probablemente el desafío más difícil, pero no es imposible. Las batallas ecológicas que se llevan a cabo en el ámbito internacional implican, por ejemplo, coaliciones móviles y a múltiples escalas entre ong, algunos Estados (tales como los de las pequeñas islas gravemente afectadas por el aumento del nivel del mar), redes de ciudades, empresas especialmente avanzadas en la reconversión de energía, centros de investigación académica, sindicatos que han tomado partido por afrontar resueltamente los límites del productivismo y del extractivismo. Estas coaliciones ganan puntos cuando son lo suficientemente sólidas y potentes como para promover alternativas creíbles y movilizar a la opinión pública internacional a su favor.

Las tendencias que impulsan esta revolución democrática de un nuevo tipo son ciertamente minoritarias. Sin embargo, son reales y, como cantaba Chico Buarque, «mañana necesariamente será otro día». Lo que es seguro es que los discursos que a menudo se escuchan en América Latina según los cuales tal o cual país debe ser reformado para lograr la normalidad democrática son completamente insostenibles. Su presupuesto es que la normalidad democrática corresponde a la democracia liberal que se desarrolló en los países del Norte durante varias décadas. Pero esta normalidad nunca existió. En su conjunto, este modelo no era universalizable, tenía muchos aspectos sombríos y siempre ha coexistido con algunos que también contenían en grados diversos tendencias emancipadoras y otros que reafirmaban la dominación social y política. Las dinámicas democráticas han sido siempre híbridas, mestizas, plurales. Actualmente, la democracia liberal se queda sin aire en los mismos países donde fue inventada. ¿Por qué habría que imitarla? El siglo xxi no se anuncia como el final de la historia, sino como una época agitada. Se experimentarán numerosas transformaciones. Tal vez para peor. Pero nada permite afirmar que lo mejor quede automáticamente excluido.

  • 12.

    Colin Crouch: Posdemocracia, Taurus, Madrid, 2004.

  • 13.

    Citizens United v. Federal Election Commission, 558 us 310, 2010.

  • 14.

    Erik Olin Wright: Construyendo utopías reales, Akal, Madrid, 2014.