Tema central

¿Condenados a la posdemocracia?

La situación del Sur global es más heterogénea. En los países emergentes, el capitalismo salvaje y el establecimiento de los Estados de Bienestar bastante modestos coexisten en tensión. El contraste más significativo se establece entre los países en los que las clases dominantes tienen un proyecto real de desarrollo y aquellos donde los Estados (formalmente autoritarios o democráticos) están en manos solo de los sectores depredadores. Que los regímenes sean formalmente democráticos o autoritarios no constituye, en este plano, una diferencia decisiva. La pobreza estructural y las tensiones de cualquier orden dan lugar a mayores crisis, guerras, incluso al colapso de los Estados. Las migraciones a gran escala solo son una de sus consecuencias.

El nuevo orden mundial «provincializa9» el Norte global y su modelo político. Provoca allí crisis de identidad que se expresan de forma más o menos pronunciada dependiendo del país. El Brexit, la elección a la Presidencia de Donald Trump y el ascenso de la extrema derecha xenófoba en Europa forman parte de los efectos difractados. Ahora bien, en Europa y más aún en eeuu, las respuestas para hacer frente a la crisis y renovar la democracia han sido en general cosméticas. Se han limitado a medidas oportunistas o a reformas marginales. Ello ha contribuido al cortocircuito acentuado de los partidos respecto de los movimientos ciudadanos y la mayoría de la población.

Al mismo tiempo, la cuestión ecológica plantea un desafío radicalmente nuevo para la democracia. Ha modificado nuestra escala temporal y geográfica. Se trata de encontrar mecanismos y dinámicas para representar a las generaciones futuras, algo que las elecciones y su enfoque en el corto plazo no son capaces de hacer. Y si el viejo lema «pensar globalmente, actuar localmente» todavía tiene pertinencia, una parte importante de las acciones a llevar a cabo y de las regulaciones a poner en práctica atañe a la gobernanza global.La democracia se ha instalado en el Estado-nación. A este le tomó siglos imponerse en Europa y se extendió con las independencias en América desde finales del siglo xviii y en el resto del mundo en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la gobernanza global implica un cambio de escala comparable al que se dio entre las ciudades Estado de la Antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento, y los Estados-nación de gran tamaño de la Edad Moderna. Se sitúa mucho más allá de la democracia representativa y la soberanía popular y opera en redes de actores de estatus muy diversos: los Estados, y en particular los de los países más poderosos, siguen desempeñando un papel importante, pero junto con coaliciones de firmas transnacionales, alianzas de gobiernos locales, organizaciones internacionales tecnocráticas como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (fmi) y, en menor medida, organizaciones no gubernamentales (ong) como Greenpeace, grupos antiglobalización, sindicatos obreros, Vía Campesina, iglesias, etc.

La extendida tesis que sostenía que el desarrollo económico permitiría la creación de clases medias numerosas y que estas, a su vez, favorecerían el desarrollo de las democracias liberales es ideológica y poco creíble. Como demuestra la historia, las clases medias no son naturalmente «democráticas» y pueden adoptar orientaciones políticas muy diversas. Es significativa la evolución de las nuevas democracias surgidas desde la década de 1980 en América Latina, África, Corea del Sur o Taiwán. Por un lado, estas entraron rápidamente en crisis, se encuentran casi siempre muy alejadas de un poder real del pueblo y plantean muchas desilusiones. En la mayoría de los países de la ex-Unión Soviética o en Egipto evolucionaron hacia sistemas autoritarios. Por otra parte, estas nuevas democracias adoptan formas que se separan del modelo liberal clásico. En la India, la introducción de cuotas para la representación de las castas bajas (las llamadas Other Backward Classes, obc) había dado lugar a una democratización social de la política en las décadas de 1980 y 199010, pero una ola nacionalista y autoritaria desde entonces ha tomado la posta. En América del Sur, en medio de la movilización política de los sectores populares, la ola de democratización que había puesto fin a las dictaduras desembocó en muchos países en la constitucionalización de nuevos derechos sociales y ecológicos, en la introducción de importantes dimensiones de democracia directa y participativa y en el reconocimiento de una ciudadanía multiétnica. En pocas palabras, estos procesos desmintieron a los defensores de un modelo liberal considerado perfecto y delinearon los rasgos de un neoconstitucionalismo prometedor11. Sin embargo, este movimiento quedó gradualmente estancado en la gestión de Estados ampliamente corruptos o en el autoritarismo de dirigentes más o menos carismáticos. En total, hay muy pocas nuevas democracias donde el sistema político liberal sea estable y donde se pueda contar con elevados índices de satisfacción en la población.

En este contexto, la gran mayoría de las fuerzas de izquierda a escala mundial oscilan entre dos polos. El primero se adapta al neoliberalismo y al productivismo o simplemente se contenta con compensar sus efectos. Se coloca como defensora del gobierno representativo, acompañado en el mejor de los casos de una democracia participativa que solo incide en cuestiones secundarias y que no permite desarrollar contrapoderes, y en el peor cae en un elitismo reivindicado que critica la irracionalidad de la democracia directa y de las corrientes catalogadas con la etiqueta peyorativa de «populistas». El segundo polo sueña con un imposible regreso a los Estados-nación soberanos, a los partidos de masas, al productivismo keynesiano y al extractivismo. A menudo, esta orientación toma tintes autoritarios, nacionalistas y xenófobos y pasa por la búsqueda de un líder carismático capaz de encarnar a las masas. Puede ser de derecha o de izquierda. Las fuerzas que logran volverse hacia un futuro democrático que esté en sintonía con los desafíos del siglo xxi son globalmente minoritarias.

  • 9.

    Dipesh Chakrabarty: Provincializing Europe: Postcolonial Thought and Historical Difference, Princeton University Press, Princeton, 2000.

  • 10.

    Christophe Jaffrelot y Sanjay Kumar (eds.): Rise of the Plebeians? The Changing Face of Indian Legislative Assemblies, Routledge, Nueva Delhi, 2009.

  • 11.

    Guillermo Lousteau, Xavier Reyes, Pedro Salazar e Ignacio Covarrubias: El nuevo constitucionalismo latinoamericano, The Democracy Papers No 5, Inter American Institute for Democracy, agosto de 2012.