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Cómo influyen las redes sociales en las elecciones

Propaganda social

Un fenómeno lindante con los social bots que ha surgido en los últimos años es el género de la propaganda social (social propaganda): se trata de la influencia política más o menos encubierta que se ejerce con las redes sociales y en ellas. Como es posible publicar en forma anónima, con un pseudónimo o a través de testaferros, las redes sociales terminan siendo un paraíso político perfecto para los profesionales de la propaganda. Los archivos de Edward Snowden revelaron la existencia del Grupo de Búsqueda e Inteligencia contra Amenazas (Joint Threat Research and Intelligence Group, jtrig). Esta agrupación, perteneciente a la Central de Inteligencia del gobierno británico, trabaja manipulando la red. Noticias falsas, falsas acusaciones con sus correspondientes informes de víctimas, encuestas o votaciones online alteradas: las actividades son de lo más pérfidas y están ampliamente diversificadas. Los instrumentos de los británicos fueron descubiertos; los de los rusos recién comienzan a perfilarse.

Eso resulta relevante porque en las democracias occidentales las elecciones están sujetas a la influencia de los medios y de la propaganda social. Y porque la Rusia de Vladímir Putin se ha puesto del lado del autoritarismo de derecha. No solo otorgándole créditos al Frente Nacional francés, sino también por su cercanía política con Trump, con Alternativa para Alemania (afd, por sus siglas en alemán) y con el Partido de la Libertad de Austria (fpö). La revista Newsweek se pregunta incluso si Putin habría «instalado» a Trump recurriendo a los correos electrónicos de políticos demócratas supuestamente hackeados por fuerzas rusas y apoyando la plataforma de filtraciones y tramas políticas Wikileaks, que entre tanto se ha vuelto favorable a Trump. Y también por el tratamiento en las redes sociales. Irónicamente, esa influencia encubierta sobre otros países sigue un modelo: el de Estados Unidos en épocas de la Guerra Fría. Con las redes sociales, ese «juego» se torna cada vez más complejo y difícil de desentrañar.

La propaganda social utiliza instrumentos como el astroturfing, es decir, crea la ilusión de un apoyo masivo con el objeto de que se sumen apoyos genuinos: la masa ejerce un efecto de atracción, y las redes sociales no están ajenas a esa influencia. Otra estrategia es inundar la red y confundir publicando una variedad de interpretaciones distintas de sucesos reales, inventando otros falsos y agregando verdaderos disparates.

De ese modo, los hechos se hunden en la marea de opiniones, porque entre la «opinión» y la «interpretación de la realidad» existe una zona gris muy difícil de penetrar. Y la desconfianza cada vez mayor hacia los medios tradicionales surte un efecto amplificador: si se supone que no hay «ninguna verdad», la mentira propagandística ocupa un lugar con idénticos derechos que la noticia esclarecedora. Es difícil estimar cuál es el efecto concreto de los distintos instrumentos de la propaganda social. Lo que está comprobado es que la propaganda surte un efecto. Y es probable que esto también valga para sus hermanas, las redes sociales.

Contraesferas públicas

Por último, cabe mencionar como un fenómeno absolutamente positivo el de las contraesferas públicas. El hecho de que cualquiera tenga la posibilidad de publicar en las redes sociales es, a más tardar desde la «teoría de la radio» de Bertolt Brecht, un sueño más bien de la izquierda: una contraopinión pública que se mueve por fuera de las regulaciones y las reglas mediáticas burguesas; que no está obligada a seguir los mandatos editoriales del mercado ni las dependencias políticas de los medios públicos. Esto, en principio, es bueno y tiene un efecto vivificante. Los blogs, las cuentas de Twitter, los canales de YouTube y las páginas de Facebook crean una esfera periodística que hace avanzar a la sociedad. Aquí la influencia política es una bendición, más allá de la clasificación de las opiniones en conservadoras o progresistas. Pero lamentablemente hay dos tendencias que confluyen produciendo un viraje.

Por un lado, las redes sociales privilegian el sensacionalismo, la exacerbación y la dramatización, y esto genera una mayor polarización política y emocional de la sociedad. De ese modo, la esfera política, que en la democracia necesita con suma urgencia volverse más racional, se vuelve hiperemocional. La agitación política se convierte en el estado natural; los medios tonos, las contextualizaciones y las relativizaciones pierden terreno o dejan de existir. Y por otro lado, este mundo de agitación mediática, este sensacionalismo de las redes sociales, les resulta mucho más funcional a la derecha y a la extrema derecha que al resto de las fuerzas políticas. Esto es así porque –hay que admitirlo luego del triunfo de Trump–, por grosera o xenófoba que parezca o sea, la derecha ha comprendido mucho mejor cómo funcionan las redes sociales. Y ese es el efecto más fatal de las redes sociales sobre las elecciones.