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Colombia: sorpresas y sobresaltos de la paz

En el plano interno, el presidente buscó el apoyo de los jefes políticos nacionales y locales mediante el tipo de concesiones que muchos de ellos buscan en la vida política: una generosa distribución de contratos y recursos. Este respaldo era importante porque Colombia es un rompecabezas de regiones. Pero esa piñata aumentó la corrupción e incrementó la indisposición de muchos ciudadanos no solo con la Mesa de La Habana sino con el gobierno mismo. La tercera y decisiva apuesta de Santos consistía en que, una vez conseguido el acuerdo con las farc, los colombianos –movidos por el impacto emocional de una paz al alcance de la mano– lo respaldaran masivamente en una consulta popular que dejaría sin argumentos a los círculos más reaccionarios. Por ese motivo –y contra el parecer de muchos–, Santos insistió desde el comienzo de las negociaciones en la necesidad de someter el acuerdo a una refrendación popular. Sin embargo, a medida que el resultado de la consulta parecía más incierto, el gobierno fue realizando ajustes favorables a la refrendación: bajó el umbral de participación para que la consulta fuera válida de 51% a 13%, cambió el referéndum, que planteaba varias preguntas, por un plebiscito al que había que responder «Sí» o «No», la pregunta no mencionó a las farc, dedicó recursos públicos a la propaganda del «Sí», etc. Pero estos reacomodos aumentaron el rechazo de muchos potenciales electores y contribuyeron a estimular la tradicional abstención, que de 51% saltó a 63%.

Al final, el presidente solo logró aplazar por seis años el choque con el sector más refractario de las elites, a cuyas proclamas se habían sumado vastos sectores de una opinión pública influenciada por numerosas iglesias «cristianas» que, buscando ganar espacio político y hasta frenar una reforma tributaria que las pudiera afectar, no vacilaron en denunciar el «enfoque de género» contenido en el acuerdo como una perversa «ideología de género» contra la familia «normal». En realidad, en las más de 1.000 iglesias cristianas de distintas denominaciones hay sectores que valoran el «enfoque de género» del acuerdo porque propicia que personas doblemente victimizadas por la guerra y por su género sean reparadas, pero hay otros que buscan revertir avances en la inclusión y definición amplia de derechos ciudadanos. Los pastores voceros del «No» presentaron 35 propuestas para reformular el acuerdo: siete no tienen relación con lo pactado en la Habana, 16 son aclaraciones o peticiones de inclusión de sus víctimas, el resto apoya a otros voceros del «No» y trata de obtener privilegios para sus iglesias.

Si se quiere, la estrategia del presidente apunta más lejos: en política, Santos es un demócrata institucionalista, y de esa posición hace parte su búsqueda de la paz con las guerrillas; pero, al mismo tiempo, es un liberal que impulsa un modelo de mercado muy poco regulado que ahonda las desigualdades. En ese punto, se identifica con Uribe, pero con una importante diferencia, inaceptable para el ex-presidente. Inspirado por su concepción política y en contravía de su visión económica, Santos pretende intervenir el campo impulsando medidas indispensables si se quiere consolidar la paz: actualizar el catastro rural, gravar las tierras, establecer un fondo con las que han sido ilegalmente adquiridas o con baldíos del Estado, devolver a los campesinos los predios que les fueron usurpados, dotar de tierra a los más pobres y apoyar la producción comunitaria. En suma, normalizar el campo colombiano, tarea obstruida repetidas veces a lo largo del siglo xx por el poder terrateniente más conservador.

Si esta era la compleja estrategia del gobierno, el ex-presidente ha mantenido un solo objetivo preciso, aunque vaya acomodando el lenguaje y sus propuestas a los vaivenes de la opinión pública: desconocer la existencia del conflicto, marcar a las farc como narcoterroristas, someter a sus jefes a confinamiento así sea en colonias agrícolas y, sobre todo, vedarles la participación política. Durante el primer gobierno de Santos, Uribe se mostró como declarado enemigo de la negociación. Estimuló el malestar entre altos mandos militares, terratenientes y empresarios y lanzó rumores sobre supuestas reformas a las fuerzas militares pactadas con las farc, filtró informaciones en contra de la seguridad nacional, espió la Mesa de La Habana, insistió en una presunta «venezolanización» de Colombia, etc. Pero cuando Santos planteó la segunda campaña presidencial como una disyuntiva entre paz y guerra y recibió el respaldo electoral del país, todos los enemigos del proceso se declararon amigos de la paz. La paz negociada se transformó así en el piso compartido por todos los colombianos. Uribe acogió pronto el lema pero le añadió una cuña: paz, sí, pero «sin impunidad», dos palabras en las que incluía todos sus reclamos. La consigna era contagiosa. A casi todos los colombianos les habrían gustado sanciones más fuertes para las farc, pero eso no ha sido posible en ningún acuerdo de paz. La frase era además falsa. En el acuerdo suscrito no hay impunidad, sino una justicia basada en la reparación a las víctimas a partir de la verdad sobre lo sucedido y en acciones en beneficio de los territorios afectados, y no en la mera venganza carcelaria en contra de los victimarios. En cualquier caso, el rechazo nacional a las farc, reforzado por esa consigna y por numerosas falacias, ganó la batalla del plebiscito.

Tras el triunfo del «No», el primer intento de Uribe –al que quizás no ha renunciado– fue dilatar las discusiones con el gobierno. Pero muy pronto los jóvenes comenzaron a realizar continuas y multitudinarias movilizaciones para reclamar «¡Acuerdo ya!» entre las comisiones del gobierno, representantes del «No» y las farc. En la medida en que esas manifestaciones se mantienen activas, Uribe se unió a la consigna estudiantil añadiéndole un inciso: «con cambios profundos» (¿e inviables?) y convocó a los partidarios del «No» a marchar por separado, buscando tal vez que sus seguidores jóvenes se distancien de las marchas unitarias y que la opinión se confunda con la situación. Pero su llamamiento tuvo escaso eco.